Escritos espirituales y florecillas de oración personal. Contemplaciones teologales tanto bíblicas como sobre la actualidad eclesial.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 55
UN
CASO DE FINEZA DE CONCIENCIA POR LA CARIDAD
“«Todo
es lícito», mas no todo es conveniente. «Todo es lícito», mas no todo edifica. Que
nadie procure su propio interés, sino el de los demás. Coman todo lo que se vende
en el mercado sin plantearse cuestiones de conciencia; pues del Señor es la
tierra y todo cuanto contiene. Si un infiel los invita y ustedes aceptan, coman
todo lo que les presente sin plantearse cuestiones de conciencia. Mas si
alguien les dice: «Esto ha sido ofrecido en sacrificio», no lo comas, a causa
del que lo advirtió y por motivos de conciencia. No me refiero a tu conciencia,
sino a la del otro; pues ¿cómo va a ser juzgada la libertad de mi conciencia
por una conciencia ajena?” 1 Cor 10,23-29
Estimadísimo
San Pablo, creo que ya hemos abundado suficientemente en el tema de los
alimentos y los criterios para su ingesta. Me sorprende qué tanto te dedicas a
ello y sin duda es consecuencia de la efervescencia que la temática tenía entre
aquellos cristianos contemporáneos tuyos. Sin embargo quiero rescatar el
testimonio que nos ofreces de una conciencia libre, pura, simple y regida por
la caridad.
Retomando
la contra-argumentación ya conocida, al “todo es lícito” respondes con tu “no
todo es conveniente ni edifica”. Quisiera resaltar ahora este principio que
proviene de la intención de ejercitar una auténtica caridad fraterna: “Que
nadie procure su propio interés, sino el de los demás”. Aquí nos brindas una de
las claves principales para vivir el amor: el descentramiento. En términos
psicoanalíticos diríamos hoy que se trata de romper con el narcisismo. Cuando
modernamente hablamos de egocentrismo, afirmamos que ese yo personal se vuelve
sobre sí y se erige como centro del mundo y medida de valoración de todas las cosas.
Toda la realidad se percibe en función y a conveniencia o no de las necesidades
y apetencias del yo. Resulta pues evidente que si solo balanceo: “mis
necesidades”, “mis proyectos”, “mis problemas”, “mis heridas”, “mis deseos” y
la lista continúa… me ubico preponderantemente en una perspectiva unitaria que me
dificulta registrar la presencia de tantos otros “yo personales” con su propia
dinámica. Por eso la sabiduría popular proclama que “hay que saber salirse de
uno mismo para ponerse en los zapatos del otro”.
San
Pablo nos lo enseña en cristiano: procura orientarte primero a responder al
interés de los demás que al tuyo propio, anteponiendo el querer de tu hermano a
tu querer. ¡Esto es una violentísima revolución interior! Y sin duda un ir
contra la corriente de la mentalidad mundana. Es la conversión al amor divino,
a la Caridad. Lo diré sin rodeos: es el lenguaje de la Encarnación del Verbo
que despojándose, desciende para hacerse uno de tantos; lenguaje que es llevado
a su manifestación más lograda al ascender a la Cruz. El otro lenguaje, el de
volcarse encorvado retornando sobre sí mismo para autoproclamarse el centro de
todo, con la pretensión de que todos vivan en función del yo, no es sino el
idioma mezquino de un amor propio absolutizado, cuya fuente última sin duda es la insinuación
diabólica.
Luego,
retomando el problema de que lo comerciado para consumo en el mercado público
pudo haber sido ofrecido en cultos paganos, invitas a una conciencia que tenga
libertad, madurez en la libertad por la fe: como ya afirmaste, “los ídolos u
otros dioses no existen”, solo hay un solo Dios y Señor, Creador y Dueño de
cuanto es. Aquella oblación por tanto fue nula e inválida pues se hizo ante
nadie, no se configuró como acto sagrado, pues esas divinidades son “inventos
puramente humanos”.
Ahora
bien, como ya advertimos en tu enseñanza a los romanos y también a los
corintios, el desafío se presenta no con la propia conciencia sino con la de
los demás. Puede presentarse también con la conciencia propia de un cristiano,
si se trata de una conciencia poco formada, inmadura, frágil o escrupulosa por
demás. Pero a ti, querido Apóstol, te importa iluminar el caso en la relación
con los demás, discerniendo un oportuno ejercicio de la caridad.
Por
eso presentas el caso puntual de un no creyente que invita a un cristiano a una
comida. Pues entonces que el hermano actué con simplicidad y pureza de
conciencia, sin ponerse a investigar de donde provienen los alimentos y sin
plantear reticencias con una escrupulosidad que malogre el encuentro con el
anfitrión; ya que no solo introduciría la incomodidad sino que también podría
inducir a mala conciencia y error de juicio al infiel. Porque si sugiere el
cristiano que lo ofrecido a los ídolos paganos y comerciado en el mercado, no
puede comerse, le daría a entender al no creyente que en verdad existen otras
divinidades o lo expondría a una mala conciencia sobre su actuar que lo
llevaría a la culpa pero no a la libertad del amor. Dicho más fácil: el otro no
tenía ningún problema y el cristiano le siembra en su conciencia una
problemática que ni si quiera es correcta. En el fondo está centrándose en su
propia conciencia débil y faltando a la caridad con la conciencia del otro.
“Que coma todo lo que le presenten”.
Mas
como tu caridad es tan grande, San Pablo, apuntas a otra sutileza. Ahora el
caso es que quien ofrece los alimentos explícitamente asegura que ha sido sacrificado
a los ídolos. La perspectiva cambia. Si lo comes sin más, ¿que se infiere de
ello? El que te ha invitado podría pensar que tú también participas y adhieres
a aquellos cultos o que admites la existencia de aquellos dioses. Entonces
rechazarlos, en principio, te daría la oportunidad tanto de explicitar un testimonio
de tu fe en Cristo y acerca del único Dios verdadero como tu rechazo de las
falsas divinidades. Evidentemente quedará por delante cómo realizar esta
abstención con caridad y para edificar al infiel. Pero si sabiendo que eres
libre de comer porque los ídolos no existen descuidas el interés por la
conciencia de tu anfitrión que te lo ha advertido, ni te muestras humilde ni
ejerces la caridad con él.
¿Ven
cuánta fineza de conciencia por caridad? Sin embargo me temo que muchos
cristianos de hoy se sentirían desconcertados y embrollados, les parecería
compleja y difícil la resolución del caso presentado. ¿Es que la resolución es
compleja o que la caridad aún inmadura no puede percibir los matices de
delicadeza con el otro tan necesarios para amar?
“Si
yo tomo algo dando gracias, ¿por qué voy a ser reprendido por aquello mismo que
tomo dando gracias? Por tanto, ya coman,
ya beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios. No den
escándalo ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios; lo mismo que yo,
que me esfuerzo por agradar a todos en todo, sin procurar mi propio interés,
sino el de la mayoría, para que se salven.” 1 Cor 1,30-33
Finalmente,
expresando tu madurez y libertad de conciencia y tu exquisita caridad, nos
propones estos dos principios rectores: “hacer todo para la Gloria de Dios” y
no buscar el propio interés sino el del prójimo “para que se salve”. La
glorificación de Dios y la salvación del prójimo son los principios
fundamentales de la caridad. Caridad con Dios adorándolo y dándole culto, configurándose
a su Voluntad. Caridad hacia los hermanos favoreciendo su salvación eterna. Tan
simple, tan puro, tan libre y tan maduro es el camino del cristiano. Así sea en
nosotros hoy y en el futuro también como lo ha sido antaño en el testimonio de
la muchedumbre incontable de los santos. Amén.
DIALOGO VIVO CON SAN PABLO 54
LA MESA DEL SEÑOR
VERSUS LA MESA DE LOS DEMONIOS
Apóstol
San Pablo, siempre íntegro en la fe… ¡cúanta contundencia en tus planteos!
“La
copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo?
Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un
solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.” 1 Cor 10,16-17
La
Eucaristía, sacramento memorial de la Pascua de Cristo, ofrece, posibilita y realiza
la comunión con Dios y la comunión fraterna. Notemos simplemente como esta
comunión se opera mediante el sacrificio. La bendición que hacemos sobre la
copa con el vino, como toda bendición implora que se derramen los dones divinos,
y esto en continuidad con la Sangre derramada en la Cruz por Cristo, inmolación
y efusión que es fuente de toda bendición. El pan que partimos no es sino la
acción litúrgica que evoca y actualiza el Cuerpo del Señor traspasado y abierto
que quiere recibirnos entregándose a nosotros sin reserva.
La
Cruz que pende sobre los presbiterios de tantos templos y descansa en el centro
de sus altares es la continua exhortación a concentrarnos en el centro y
fundamento del Misterio de la Salvación que se celebra en cada Eucaristía. La
Eucaristía es el sacramento de la Pascua del Señor, nuestro Redentor y
Salvador.
Tras
la epíclesis con la cual se invoca al Espíritu Santo con la imposición de manos
sobre las ofrendas de pan y vino y luego de realizar el sacerdote los gestos y pronunciar
las mismísimas palabras del Señor en la última cena, todo ha cambiado y ha
escalado de nivel superlativamente: Dios está presente, real y substancialmente
bajo estas especies. Por eso se proclama: “Este es el Misterio o Sacramento de
la Fe”. O también puede proponerse: “Este es el Misterio de la Fe, Cristo nos
redimió” y “Este es el Misterio de la fe, Cristo se entregó por nosotros”. A lo
cual se responde en ese mismo orden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.
¡Ven Señor Jesús!”, o: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este
cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”, y finalmente: “Salvador
del mundo, sálvanos, que nos has liberado por tu cruz y resurrección”.
Pronto
llegará, previo al rito de comunión, el gesto de la fracción del pan acompañado
por la aclamación: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad
de nosotros y danos la paz”. ¿Qué duda pues queda que estamos participando de un
sacrificio de comunión y que vamos a consumir la Víctima ofrecida en rescate
nuestro? Sin embargo es posible que nuestra percepción de lo que celebramos no
sea tan aguda como es de esperar.
Lo
que San Pablo intenta hace dos mil años es evitar el peligro de celebrar el
sacramento sin conciencia de su sacralidad, transformándolo quizás en una
comida más al estilo de lo cotidiano. (Ya veremos próximamente como este
peligro se había concretado en unas celebraciones eucarísticas confusas y con
excesos más semejantes a comilonas mundanas.) Si ese pan y esa copa de vino no
remiten por la fe al Cuerpo y la Sangre, al Cordero Pascual… ¿qué estamos
haciendo y ante quién?
Algunos
me dirán hoy que sobre muchos o pocos presbiterios y altares ya no hay Cruz. Otros
me dirán que todo se ha reducido a una comida fraternal, a un estar
festivamente juntos. Ciertamente observo que demasiado frecuentemente nuestras
Eucaristías contemporáneas han puesto en su centro la dimensión horizontal del
encuentro comunitario y han debilitado el ejercicio de levantar la mirada a lo
alto, hacia la Cruz elevada donde Cristo atrae a todos hacia sí y desde la cual
derrama bendición y crea comunión. Lo enuncio sin poder profundizar el tema: ha
entrado en crisis el valor del Sacrificio. No queremos mirar el Sacrificio del
Cordero de Dios o solo hacerlo los que se animen el Viernes Santo. Menos
deseamos darnos cuenta que nos está invitando a unirnos a Él en sacrificio de
amor entregando nuestra propia vida. Entonces: ¿qué celebramos en nuestras Eucaristías?
y ¿cuál es nuestra fe sobre la Pascua?
“Fíjense
en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en
comunión con el altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que lo inmolado a los ídolos es algo? O
¿que los ídolos son algo? Pero si lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a
los demonios y no a Dios! Y yo no quiero que entren en comunión con los
demonios. No pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios. No
pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O es que
queremos provocar los celos del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que él?” 1 Cor
10,18-22
Aventuro
que es posible que no recuerdes este texto paulino y quizás nunca lo hayas
escuchado. ¿Alguien te ha predicado sobre él? Es verdad que son expresiones tan
complejas como osadas. ¿Cómo se ofrece sacrificio a los demonios y cómo se
entra en comunión con ellos? El apóstol está señalando a la participación en
los cultos idolátricos, a la adoración de las falsas divinidades paganas y a
los ritos engañosos de las religiones que no adhieren al Único Dios Verdadero.
¡Tremendo rechazo experimentaría hoy San Pablo frente a la actual moda de un
diálogo interreligioso más cercano al sincretismo relativista!
Si
quieren podríamos extender el argumento así: ¿podemos celebrar a la vez la
Eucaristía y vivir en comunión con ese mundo que se entrega a la seducción del
Príncipe de las tinieblas? ¿No puede sucedernos que intentemos participar al
mismo tiempo de dos mesas que se excluyen? ¿Ofrecemos sacrificios en el altar
del Dios Trinitario o en el altar del dios del mundo o hasta quizás en ambos?
Cuando
hablamos tanto pero tanto de Cristo y el Anti-Cristo y de horizontes
apocalípticos (tema al que nuestro tiempo se acerca con morbo estrafalario), no
nos percatamos que podríamos también entonces hablar de Eucaristía y Anti-Eucaristía,
de culto Divino o culto demoníaco, de Sacrificio o Anti-Sacrificio y de ofrenda
de comunión y anti-ofrenda de ruptura. ¿Qué es sino el culto satanista y la
llamada “misa negra”? Es la otra mesa, la anti-mesa de los demonios. Y no cabe
duda de que corren días en los cuales resurgen vigorosos los hechiceros, las
brujas y una caterva de esbirros oscuros. Crece en el orbe la fascinación
esotérica al mismo tiempo que nuestras Eucaristías cristianas aparecen frágiles,
superficiales y poco concurridas.
¿Cómo
interpretar esta realidad, con qué clave? La tradición bíblica sapiencial nos
advertiría de los dos caminos por delante; la tradición joánica nos presentaría
dicotomías como Luz-tinieblas o Vida-muerte y San Ignacio de Loyola nos
predicaría sobre las dos banderas. Que se retomen los antiguos cultos paganos y
se abandone el culto al Único Dios, ¿quizás no está indicando que no pocos
cristianos transitan una doble vida, intentando participar a la vez de una
doble mesa? No será quizás una real participación en cultos demoníacos, pero
hay tantas veladas y engañosas formas de sacrificar la vida en los altares del
mundo y consumir la falsa anti-comunión que ofrece el Adversario.
Me
sigo pues con urgencia y caritativa inquietud preguntando: ¿qué fe estaremos
expresando y ante quien estaremos celebrando verdaderamente hoy nuestras tibias y deslucidas Eucaristías?
¡Volvamos a religarlas al sacrificio de Cristo!
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 53
EXHORTACIÓN
A PERSEVERAR HASTA LA META
Estimado
padre y hermano, augusto San Pablo, atleta de Dios, ¡que bien nos hace tu
exhortación fuerte y cruda para que no abandonemos la carrera iniciada hacia
Cristo!
“¿No
saben que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el
premio? ¡Corran de manera que lo consigan! Los atletas se privan de todo; y eso
¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así
pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando
golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que,
habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado.” 1 Cor 9,24-27
“Corran
de manera que consigan el premio.” ¿Y cuál es el premio, me preguntas? Lo sabes
bien: Jesucristo es nuestro premio, la comunión plena e inextinguible con Él y
con su Padre en el Espíritu Santo, la Vida Eterna que es participación consumada
en la Gloria de Dios.
A
veces pienso que aquella primera generación cristiana experimentaba a un tiempo
la potente y asombrosa novedad del Evangelio como el peligro real que los
amenazaba –de corriente agazapado e inminente-, el alto riesgo que significaba
seguir a Cristo. El contexto no permitía tibiezas y todo discípulo rápidamente
era formado en la espiritualidad martirial y en el anhelo escatológico.
Podríamos
discutir si ese contexto adverso no se ha estado reproduciendo en nuestros días
con creciente evidencia. Probablemente la diferencia que hallemos es que no son
tantos los cristianos que aspiran a un premio en el horizonte escatológico,
sino que más bien están cooptados por la efímera temporalidad, viviendo cabisbajos,
embotados en la escena de este mundo que pasa. La cultura del bienestar y el confort
accesibles por consumo y la ilusión de los paraísos terrenales tampoco ayudan
evidentemente, por lo contrario desestimulan el desarrollo de la dimensión
ascética. ¿Han dejado un importante número de cristianos de correr la carrera?,
¿ya no hay una meta ardua por alcanzar enfrente?, ¿solo existe también para
ellos cuanto se ofrece disponible en el mundo?
El
Apóstol a sus contemporáneos les daba el ejemplo del atleta y del púgil,
quienes se entrenan disciplinadamente y someten a un duro adiestramiento su
cuerpo. Sabedores de la corona a la que aspiran no corren como si nada a lo
tonto sino que buscan ganar, no dan golpes en el aire sin más sino que intentan
ser certeros para salir victoriosos. Y San Pablo habla de sí mismo para que
vean sus discípulos al maestro y padre que los engendró en la fe dar ejemplo de
perseverancia.
Ya
no quisiera abundar y repetirme en el olvido casi absoluto que la Iglesia de
nuestro tiempo ha hecho de la dimensión ascética y de las prácticas
penitenciales. ¿Así desentrenados y en mala forma queremos correr la carrera y
pelear el combate? Sería realmente absurdo.
“No
quiero que ignoren, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube
y todos atravesaron el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y
el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la
misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la
roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios, pues
sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura
para nosotros para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron.” 1 Cor
10,1-6
¡Cuánto
realismo pastoral y educativo! Yo al menos escucho en el transfondo al Señor Jesús
anunciando: “muchos son los llamados pero pocos los elegidos” y “el camino es
angosto, la puerta estrecha”. ¿No te gusta que te lo recuerde? Mi querido
hermano, tú como yo al ponernos a intentar vivir el Evangelio –más temprano que
tarde- hemos descubierto que es tan alto, grande y luminoso que parece fuera de
nuestro alcance y no en pocas propuestas. Sin el auxilio de la Gracia y sin un
fiel y permanente ejercicio de conversión y purificación simplemente no
podremos sostener la vida cristiana. No debemos engañarnos más ni permitir que
nos engañen. La carrera es larga y el combate es rudo, y después de incontables
pero parciales triunfos en un solo momento podemos perderlo todo.
Me
doy licencia para recrear el pasaje paulino. Egipto es la esclavitud del pecado
de la que hemos sido rescatados por el Bautismo. La peregrinación por el
desierto es esta vida terrena, histórica y finita. La tierra prometida es el
Cielo. Pues entonces podría resonar así:
“No quiero que ignoren,
hermanos, que también otros cristianos estuvieron todos bajo la voz de Dios en
su Palabra y cruzaron el puente de la conversión; y todos fueron bautizados en Cristo,
por el Espíritu Santo y el agua; y todos comieron el mismo alimento espiritual,
el Cuerpo del Señor; y todos bebieron la misma bebida espiritual, la Sangre del
Señor. Pero aún así quizás no todos fueron del agrado de Dios, pues algunos de
sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto de este mundo ya que sus almas
retornaron a las cadenas del pecado.”
Estoy
seguro –así lo demuestran las fuentes- que muchos santos han predicado con este
estilo sus sermones. Tristemente hoy se oye poco tan incómoda pero caritativa
exhortación entre nosotros.
“No
se hagan idólatras al igual de algunos de ellos, como dice la Escritura:
«Sentóse el pueblo a comer y a beber y se levantó a divertirse.» Ni forniquemos como algunos de ellos
fornicaron y cayeron muertos 23.000 en un solo día. Ni tentemos al Señor como
algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes. Ni murmuren
como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador. Todo esto
les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la
plenitud de los tiempos. Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga. No
han sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá
sean tentados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la tentación les dará modo de poderla
resistir con éxito. Por eso, queridos, huyan de la idolatría. Les hablo como a prudentes. Juzguen ustedes
lo que digo.” 1 Cor 10,7-14
La
actitud de la Iglesia que peregrina a inicios del siglo XXI quizás podría describirse
con esta simpática pero aterrorizadora frase: “están bailando, bebiendo y
festejando en la cubierta del Titanic”. ¿Será una exageración? Lo que antes era
pecado ahora parece convalidarse bajo pretexto de compasión. La salvación se
ofrece automática e inclusiva sin necesidad alguna de conversión, sin un proceso
intenso de purificación y crecimiento. Ya no son necesarias por tanto las medicinas
penitenciales, los sacramentos son relativos y han sido sobrestimados, la
Sagrada Escritura puede reescribirse en traducciones más ajustadas al espíritu
de la época y el cultivo del trato con Dios por la oración resulta una pérdida
del valioso tiempo que debemos dedicar a los avatares del mundo. Prefiero
equivocarme por exagerado pero igual que San Pablo no quisiera que Dios me
regañara por no haber dado la voz de alarma, ya que me ha puesto en el atalaya –al
decir del profeta Ezequiel-. No sea que sea cierto que algún cristiano corra
desmotivado sin querer llegar a la meta o se encuentre dando golpes y golpes al
puro aire. Dios no lo permita. Mejor dicho, nosotros no lo permitamos.
PRIMER LIBRO GRATUITO
escribiéndome a mi email
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 52
FUNDAMENTACIÓN Y DEFENSA
DE SU MINISTERIO APOSTÓLICO (II)
Continuemos,
querido San Pablo, con la defensa del ministerio que te ha sido encomendado.
“Mas
yo, de ninguno de esos derechos he hecho uso. Y no escribo esto para que se
haga así conmigo. ¡Antes morir que...! Mi timbre de gloria ¡nadie lo eliminará!
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber
que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por
propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago
forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi
recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al
derecho que me confiere el Evangelio.” 1 Cor 9,15-18
“Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio!” ¿A quién de nosotros no se nos ha
presentado esta famosa sentencia, ya para argumentar la misión evangelizadora
de la Iglesia ya para invitarnos a vivir el carácter propio del bautismo
madurado en la confirmación?
De
hecho el Apóstol presenta esta urgente necesidad que se le impone y este deber
que tan íntimamente le incumbe como la corona que detenta celosamente: “Mi timbre de gloria ¡nadie lo eliminará!”
Y su testimonio personal asume un lenguaje extremo: “Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado.” Se
trata de estar como forzado por una conciencia imperiosa de su llamado y por un
santo apasionamiento que da cuenta de la llama divina que le inflama en Gracia
y a la cual se entrega fielmente sin reservas.
Permítanme
los lectores que trace un paralelo con el profeta Jeremías, quien en otro
contexto, en un momento de crisis vocacional, lleno de angustia y frustración a
causa de las numerosas contradicciones y sufrimientos que le ha traído su
ministerio, también puede experimentar esta quemazón abrasadora: “Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni
hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón algo así como fuego
ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.”
Jer 20,9
San
Pablo nos deja sintetizada esta pasión vehemente que se encuentra en el centro
de su identidad apostólica con la maravillosa fórmula: “Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente”.
¡Pidamos
pues al Señor, roguemos insistentemente que encienda en toda la Iglesia y en
nosotros mismos este fuego para que arda inextinguible! ¿O acaso no es esto Pentecostés:
una efusión imparable y potente del Espíritu Santo en su Iglesia para desatar en
el mundo una quemazón misionera y una pasión evangelizadora que llegue a todos?
¿Y hasta que extremos del amor nos empujará?
“Efectivamente,
siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que
pueda. Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que
están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley - aun sin estarlo - para ganar a
los que están bajo ella. Con los que están sin ley, como quien está sin ley
para ganar a los que están sin ley, no estando yo sin ley de Dios sino bajo la
ley de Cristo. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me
he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser
partícipe del mismo.” 1 Cor 9,19-23
A
veces me han llegado interpretaciones de este pasaje que enfatizan reductiva y superficialmente
la “versatilidad pastoral”, como si lo importante fuese saber adaptarse para
dialogar con el mundo, lograr ser flexible para impostarse según los cánones de
la cultura vigente y el espíritu de una época. Incluso tal vez haciendo que el
mismo Evangelio de Dios se rinda a las más extrañas contorsiones. Sin embargo
es del todo evidente que la llave de esta perícopa la hallamos en el repetido
verbo “ganar”. San Pablo hace todo cuanto hace para “ganarlos para el Evangelio”.
Afirma: “para ganar a los que más pueda”.
Y en osada expresión: “Me he hecho todo a
todos para salvar a toda costa a algunos.” Ganarlos para salvarlos y
salvarlos a toda costa. Se acerca a todos con gran disponibilidad a compartir
su situación para sacarlos de esa situación y acercarlos al Evangelio de la
Salvación en Cristo.
No
tengo dudas que la Iglesia peregrina de comienzos del siglo XXI debe sacudirse
pronto los límites que ciertas ideologías mundanas han querido imponerle.
Anunciar el Evangelio nunca es una discriminación excluyente ni un discurso de
odio, tampoco debe avergonzarse ni pedir timorata permisos porque tan solo esta
amando y amando según Dios que es el Amor. Si el Evangelio de Jesucristo señala
pecados no es una agresión sino un colirio y un cauterio. Si el Evangelio pide
conversión no es una demanda autoritaria que no comprende mi situación sino una
invitación a la sanación y a encontrar el verdadero rumbo. Debemos recordarnos
que no hay mayor Caridad que la Iglesia pueda hacerle a la humanidad que
proponerle aceptar y adherirse al Señor Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
Profesar la fe en Jesucristo como el único Salvador del mundo, pues no hay otro
Nombre que nos haya sido dado, no es fanatismo sino simplemente amor.
Creo
que San Pablo en el fondo nos dice algo así: ¿Amas a tu hermano? ¿Amas a la
humanidad según Dios la ama? Pues entonces intentas, por todos los medios que
sean santos, ganarlos para el Evangelio.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 51
FUNDAMENTACIÓN Y DEFENSA
DE SU MINISTERIO APOSTÓLICO (I)
Admirado
Apóstol, ¿qué te han escrito?, ¿a qué se debe tu respuesta? Sin duda te
enfrentas a tus detractores que se niegan a reconocer tu ministerio apostólico
o que no comprenden el modo en el cual lo ejerces.
“¿No
soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?
¿No son ustedes mi obra en el Señor? Si para otros no soy yo apóstol, para ustedes
sí que lo soy; pues ¡ustedes son el sello de mi apostolado en el Señor! He aquí
mi defensa contra mis acusadores.” 1 Cor 9,1-3
Tus
preguntas iniciales, de carácter retórico, intentan ganar a los oyentes en tu
favor. Insinúas las respuestas: soy libre, soy apóstol, he visto al Señor
Resucitado y ustedes son el fruto de mi predicación apostólica y mi servicio
misionero. Si yo, Pablo, no hubiese llegado a ustedes hoy no habría quizás Iglesia
en Corinto.
Pero
además parece que quienes no te reconocen te acusan de usufructuar
indebidamente del ministerio.
“¿Por
ventura no tenemos derecho a comer y beber? ¿No tenemos derecho a llevar con
nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor
y Cefas? ¿Acaso únicamente Bernabé y yo estamos privados del derecho de no
trabajar?” 1 Cor 9,4-6
Ahora
entonces debes defender que tienes derecho al sustento por el servicio sin
reservas al anuncio del Evangelio y a la formación y desarrollo de las
comunidades cristianas.
“¿Quién
ha militado alguna vez a costa propia? ¿Quién planta una viña y no come de sus
frutos? ¿Quién apacienta un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño? ¿Hablo
acaso al modo humano o no lo dice también la Ley? Porque está escrito en la Ley
de Moisés: «No pondrás bozal al buey que trilla.» ¿Es que se preocupa Dios de
los bueyes? O bien, ¿no lo dice expresamente por nosotros? Por nosotros ciertamente
se escribió, pues el que ara, en esperanza debe arar; y el que trilla, con la
esperanza de recibir su parte. Si en ustedes hemos sembrado bienes
espirituales, ¡qué mucho que recojamos de ustedes bienes materiales! Si otros
tienen estos derechos ustedes, ¿no los tenemos más nosotros? Sin embargo, nunca
hemos hecho uso de estos derechos. Al contrario, todo lo soportamos para no
crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo.” 1 Cor 9,7-12
Es
interesante que al tiempo que reclamas tu derecho a ser auxiliado en tus
necesidades por la comunidad para poder dedicarte enteramente a la propagación
y consolidación de la fe en Cristo, como en la Iglesia se hace con el resto de
los que son reconocidos como Apóstoles del Señor, también das testimonio que
has renunciado libremente muchas veces a esta prerrogativa para que se vea con
mayor transparencia la gratuidad con la que anuncias el Evangelio.
Debo
decir, sin embargo, que en otras comunidades cristianas agradeces y hasta
solicitas su ayuda. ¿Por qué aquí en Corinto recibir auxilios materiales puede
ser un obstáculo a la labor apostólica? Aventuro mi interpretación: se trata de
una ciudad verdaderamente populosa e importante, rica en recursos y plaza
apetecible para todo predicador ambulante, ya de otras religiones, ya de
diversas escuelas filosóficas. Debían ser numerosos quienes ofrecían doctrinas
a cambio de remuneración. Como debía ser habitual acomodar el mensaje al gusto
del cliente, por así decirlo, para obtener la mejor paga. Y tú no quieres que
disminuya tu credibilidad ni que tu empeño sea asociado al afán de lucro, pues
de percibirse así tu ministerio terminaría resultando un obstáculo para que por
la fe puedan adherir a la Verdad de Cristo que no cambia, que permanece y que es
tan plena como definitiva.
“¿No
saben que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar,
del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que
predican el Evangelio vivan del Evangelio.”
1 Cor 9,13-14
Creo
oportuno recordar que el sostenimiento del culto y de los ministros se trata de uno de los preceptos de la Iglesia.
Leemos en el Código de Derecho Canónico:
Canon 222 §1. Los
fieles cristianos están obligados a ayudar a las necesidades de la Iglesia, a
fin de que ésta disponga de lo necesario para el culto divino, para las obras
de apostolado y de caridad, y para el decoroso sustento de los ministros.
Canon 281 § 1. Los
clérigos dedicados al ministerio eclesiástico merecen una retribución
conveniente a su condición, teniendo en cuenta tanto la naturaleza del oficio
que desempeñan como las circunstancias del lugar y tiempo, de manera que puedan
proveer a sus propias necesidades y a la justa remuneración de aquellas
personas cuyo servicio necesitan.
§ 2. Se
ha de cuidar igualmente de que gocen de asistencia social, mediante la que se
provea adecuadamente a sus necesidades en caso de enfermedad, invalidez o
vejez.
Obviamente
también se exhortará a los ministros a llevar un estilo de vida acorde a un
decoroso sustento, evitando cualquier vanidad u opulencia y entregando cuanto
exceda lo necesario y haya recibido de la Providencia, al servicio de la
Iglesia y al auxilio de los pobres como cualquier otro cristiano.
Me
permito una digresión o ampliación del alcance del tema. Sin duda es un tópico
pendiente y difícil de tratar el de la evangelización de los bienes, pues del
Señor los recibimos y a su servicio los dedicamos. La mayor parte de los
cristianos católicos no aceptarían la imposición del diezmo como lo hacen otras
confesiones cristianas, aduciendo que se trata de una doctrina bíblica. Las
colectas y limosnas en la Santa Misa y por intenciones de difuntos y otras
suelen ser exiguas. Hay conciencia de que el clérigo debe vivir austeramente y
no poseer demasiados bienes personales. Así se lo exige y es fuente de
escándalo quien no se ajusta. Pero no hay tanta conciencia de que el laico,
aunque reciba sus ingresos por un trabajo remunerado o por emprendimientos
económicos personales, no queda exento de vivir de un modo mesurado, sin
vanidades ni opulencias, y abierto a ser generoso con la Iglesia y con los
pobres.
¿Qué
es verdaderamente necesario para el sustento? ¿Qué exceso puede ser
escandaloso? ¿Cuál es mi criterio de austeridad y sobriedad de vida? ¿Qué
placeres y comodidades lícitamente me permito? ¿Cuánto dedico a la limosna?
Estos interrogantes y otros quizás debieran estar más presentes en la
conciencia de todos nosotros, clérigos y laicos.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 50
EL
ÍDOLO NO ES NADA
Apóstol
Pablo, al introducir la presente sección avisábamos que responderías a
cuestiones planteadas por la comunidad en dos grandes temas: ya hemos tratado la
práctica ascética de abstinencia sexual en el matrimonio y el valor tanto de la
virginidad como de las nupcias, y ahora tocaremos suscintamente la problemática
de la ingesta de alimentos sacrificados a los ídolos. Lo haremos brevemente
pues ya hemos elaborado este dilema en los numerales 25-26 al comentar el
capítulo 14 de la carta a los Romanos, que en verdad es cronológicamente
posterior al presente texto de corintios y donde te has explayado en una serie
de criterios que constituyen un pequeño tratado sobre el ejercicio de la
caridad fraterna.
“Ahora
bien, respecto del comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que el ídolo no
es nada en el mundo y no hay más que un único Dios. Pues aun cuando se les dé
el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud
de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre,
del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor,
Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros.” 1 Cor 8,4-6
¡Menudo
tema y tan actual se nos abre! Fortísima expresión apostólica: “El ídolo no es nada en el mundo y no hay
más que un solo Dios”. Sabemos que todo el Antiguo Testamento, sobre todo a
través de los Profetas, es una constante invectiva contra la idolatría. De
hecho era considerada como el pecado más grave y tratada analógicamente como
una prostitución, un abandono del Dios Único y Verdadero, una ruptura y
traición a la Alianza para entregarse “fornicariamente” a la seducción de los
falsos dioses que no eran sino una invención humana.
Diría
en principio que esta óptica con matices se mantuvo durante los dos primeros
milenios de la Iglesia Católica. En términos clásicos hay un solo Dios
verdadero y por tanto una sola religión verdadera. Hay una sola Revelación de
Dios plena y acabada en Jesucristo y solo en la adhesión de fe a esta comunicación
de Dios acerca de Sí mismo y del camino a recorrer por el hombre hay certeza de
Salvación.
Todos
los matices en estos dos milenios han surgido por el ejercicio de la caridad y en
pos de una convivencia pacífica. Obviamente hemos dejado de predicar y
organizar cruzadas militares y guerras santas pero no por eso hemos admitido
que las otras religiones fueran verdaderos caminos de salvación. Por iniciar un
diálogo propositivo hemos quizás facilitado el reconocimiento inicial de
aspectos comunes en torno al bien del prójimo y a valores saludables para la
vida social, lo cual no supuso dejar de anunciar a Jesucristo como el único
Salvador, Dios e Hijo de Dios, enviado por la Encarnación y propiciador de
rescate y redención por su Pascua. Así hemos podido distinguir en el diálogo inter-religioso
una evidente mayor proximidad con el Judaísmo y una mayor distancia con el
Islam. Con estas religiones tenemos al menos el punto de contacto por la fe en
un Dios único o el carácter monoteísta, ciertas Escrituras Santas y tradiciones
comunes y una tremenda e infranqueable divergencia: su no aceptación de
Jesucristo y de la Revelación del Dios Trinitario, solo por señalar lo más
crucial. La lista de discrepancias supera por mucho lo que puede ser común.
Ni
hablar del resto de las religiones de algún modo politeístas y con doctrinas
absolutamente incompatibles con la fe cristiana. La Iglesia durante casi dos
milenios ha tenido claro que verdadera caridad era proponer la conversión a
aquellos hermanos cuyas creencias eran elaboraciones humanas, incompletas y
limitadas experiencias numinosas de lo divino. Dejarlos en el error era
privarlos de la Salvación a la cual se accede por la fe en la Revelación
cristiana y la incorporación por el Bautismo a la Iglesia para participar de la
Gracia de la Redención o Justificación.
Y
hacia dentro del movimiento cristiano, que lamentablemente ha sufrido cismas,
divisiones dolorosas y rupturas de la unidad querida por el Señor, desde los
primeros siglos se ha mantenido un diálogo apologético para intentar devolver
al seno de la Madre Iglesia a aquellos creyentes que adhiriéndose a la herejía
se apartaban de la comunión o a veces por influencia de contextos políticos,
económicos y culturales habían seguido caminos de desarrollo diverso. Así
también supo discernir y valorar cuando las comunidades separadas conservaban
la auténtica sucesión apostólica, cuando su Bautismo era válido y la común
adhesión a los grandes símbolos o confesiones de fe y a cierto Magisterio
admitido en consenso. Así también en el amplio mundo del diálogo ecuménico hay
mayores acercamientos y mayores distancias en cuestiones de doctrina, de
sacramentos y de disciplina eclesiástica. Y la Iglesia Católica siempre en dos
milenios ha sostenido la intención de que sea reintegrada la unidad como nunca
ha renunciado a la confesión de que solo en la Iglesia Católica subsisten
íntegros y completos todos los medios de Salvación comunicados por su fundador,
Jesucristo.
Ya
ven pues por qué sentenciaba que “menudo tema nos traes”. No es este el momento
de entrar en análisis pero todos percibimos que la sensibilidad ha cambiado y
el discurso también, al menos desde el final del segundo milenio hasta nuestros
días. Como el debate es ya bastante público calculo que todos hemos escuchado
deslizar comentarios críticos de algunos al tratamiento del diálogo
inter-religioso y ecuménico por los documentos pertinentes del Concilio Vaticano
II, a los cuales se les adjudica utilizar algunas expresiones o fórmulas que
pueden dejar lugar a interpretaciones ambiguas; sobre todo una fuerte oposición
de algunos teólogos y entendidos al aparente viraje en la comprensión de la
libertad religiosa. Al mismo tiempo desde otra vereda soplan aires de una gran
tolerancia que a veces bordea el peligro del relativismo religioso y la fusión
sincretista. Se popularizan frases como “al fin y al cabo Dios es el mismo para
todos”, que partiendo de la verdad de un solo único Dios verdadero esconde la
realidad de que no todos lo conciben igual, ni comprenden igual el camino de
redención ni sus medios y que si ese
Dios se ha revelado no puede ser inocuo o insignificante rechazar la
comunicación del Señor. Otros parecen difundir que “todos los caminos conducen
a Dios” partiendo erróneamente de que la búsqueda que el hombre por naturaleza
hace de Dios no pueden ser ni completa ni acertada por sí misma; por lo
contrario es Dios quien busca al hombre y quien le manifiesta el Camino y le
desvela su Misterio excedente.
En
medio de estas confusiones, a veces incluso propiciadas por gestos pastorales
no del todo prudentes y en otras ocasiones corregidas por declaraciones públicas
como la “Dominus Iesus” de la que se cumplen 25 años, polémica y controvertida
en su publicación y que hoy parece imprescindible volver a estudiar.
Sin
duda una cuestión actual y vigente, de alta sensibilidad y de urgente clarificación.
Las expresiones de San Pablo resuenan aún estridentes y potentes: “Sabemos que el ídolo no es nada en el mundo
y no hay más que un único Dios. Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses,
bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de
señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden
todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien
son todas las cosas y por el cual somos nosotros.”
Finalmente
arribamos al planteo sobre los alimentos.
“Mas
no todos tienen este conocimiento. Pues algunos, acostumbrados hasta ahora al
ídolo, comen la carne como sacrificada a los ídolos, y su conciencia, que es
débil, se mancha. No es ciertamente la comida lo que nos acercará a Dios. Ni
somos menos porque no comamos, ni somos más porque comamos. Pero tengan cuidado
que esa su libertad no sirva de tropiezo a los débiles. En efecto, si alguien
te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un templo de ídolos,
¿no se creerá autorizado por su conciencia, que es débil, a comer de lo
sacrificado a los ídolos? Y por tu conocimiento se pierde el débil: ¡el hermano
por quien murió Cristo! Y pecando así contra sus hermanos, hiriendo su conciencia,
que es débil, pecan contra Cristo. Por tanto, si un alimento causa escándalo a
mi hermano, nunca comeré carne para no dar escándalo a mi hermano." 1 Cor
8,7-13
No
abundaremos en el comentario, ya que ampliamente lo hemos tratado como dijimos
en Romanos 14. Quizás solo aportar que no se trataba necesariamente de
participar en comidas sacrificiales paganas ni en eventos organizados por los
cultos paganos, sino probablemente con la costumbre de comercializar públicamente el
excedente de carne de los animales sacrificados; así aquellos cortes se ponían en disponibilidad para el consumo de la
población. Como sea, el Apóstol propone la caridad y el respeto por el proceso
de maduración de la conciencia de los hermanos para no provocar escándalos. La
Caridad pues siempre es la gran clave de interpretación de todo el actuar
cristiano.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 49
LA CIENCIA HINCHA, EL AMOR EDIFICA
“Respecto
a lo inmolado a los ídolos, es cosa sabida, pues todos tenemos ciencia. Pero la
ciencia hincha, el amor en cambio edifica. Si alguien cree conocer algo, aún no
lo conoce como se debe conocer. Mas si uno ama a Dios, ése es conocido por él.”
1 Cor 8,1-3
Iluminadísimo
maestro de la fe, Apóstol Pablo, una vez mas nos encontramos con tu necesidad
de tratar el tema de los alimentos que se consumen y sobre todo de los
sacrificios rituales a los ídolos. Pero antes de realizar tu enseñanza, introduces
unos principios que vale la pena comprender en sí mismos, pues son tan
universales y hondos en sentido que resultan aplicables en múltiples contextos.
1. El
primer principio es: “La ciencia hincha,
el amor edifica”. Es decir, todo saber que no se halla animado por la
virtud teologal de la caridad puede desviarse hacia el orgullo y entonces hacia
la ruptura. Donde no reina el Amor de Dios, irrumpe el pecado.
Y el ejercicio de la
caridad recordemos, tiene un doble destinatario. Porque la caridad cristiana en
primera instancia se vuelve a Dios que nos amó primero. Es pues respuesta al
Don, la acogida y agradecimiento por la Caridad salvífica que Él nos ofrece,
que también nos supone obediencia sin reservas a su Voluntad divina y respuesta
fidelísima a su Gracia. Habitualmente en la Iglesia peregrina de estos tiempos,
hemos reducido la caridad a la dimensión horizontal entre nosotros los
humanos y nos hemos olvidado que la caridad también y principalmente se debe a
Dios.
Además la caridad
cristiana hacia el prójimo bien entendida nos orienta a amarlo como Dios lo ama;
por tanto amar al hermano por Amor de Dios y con Amor de Dios, amarlo para su
salvación, amarlo para la comunión con Dios. Lamentablemente también hemos
reducido la caridad fraterna a una menguada preocupación por las necesidades
temporales y “por la dimensión corpóreo-sensitiva”, descuidando la salvación
eterna de la persona, “la dimensión espiritual” que tiene primacía y sustenta
todo sentido y dirección de la existencia histórica, abriéndola hacia nuestra
vocación a la Gloria.
Sin duda hay que
confortar al prójimo como hizo Jesucristo, saciando su hambre, sanando su
enfermedad, consolándolo en sus múltiples sufrimientos y devolviéndole dignidad
frente a tantas injusticias; sobre todo dándole alimento de Vida Eterna, exorcisándolo
de los demonios que lo perturban y liberándolo del Malo, auxiliándolo para que halle
el camino hacia la Comunión con el Padre que lo busca y le sale al encuentro en
su Hijo y en el Espíritu santificador para la Alianza.
El Amor de Dios pues
edifica. Sin la primacía y la orientación del Amor Divino todo saber humano se
vuelve sobre sí mismo, se desorienta y se infla de amor propio, o sea, de
orgullo y vanagloria. Como toda acción humana desvinculada de la Caridad de
Dios, aunque pretenda presentarse como acción pastoral eclesial, pierde su alma
y su brújula, se deja seducir al fin por la tentación de los paraísos
terrenales y de las ideologías secularizantes. Sin Amor de Dios, todo degenera.
2.
El segundo principio es: “Si alguien cree conocer algo, aún no lo
conoce como se debe conocer. Mas si uno ama a Dios, ése es conocido por él.”
Surge la pregunta: ¿cómo se debe conocer? Creo que todos podemos percibir el trasfondo:
si alguien cree conocer solo por sus propias capacidades humanas debería no
engreírse y al menos aceptar humildemente que su conocimiento permanece
limitado. No quiere afirmarse que no conozca con verdad sino que aún no lo hace
con plenitud, sino en la medida de lo que le fue dado naturalmente. Todos
podríamos aceptar que nuestro conocimiento depende por ejemplo de la agudeza de
nuestra inteligencia, del método utilizado, de las circunstancias personales y
contextos culturales que señalan una perspectiva y otros factores. ¿Quién pues
conoce acabadamente todo cuanto existe? Evidentemente Dios y por tanto, apoyado
en la Sabiduría y Ciencia de Dios, nuestro conocimiento de la realidad alcanza
otra profundidad y madurez. La razón humana por sí misma es capaz de alcanzar
la verdad hasta cierto punto pero, iluminada por la fe mediante la Revelación, es
guiada hacia el Misterio insondable y excedente, hacia la plenitud de la
Verdad.
Empero mi comentario
hasta aquí es demasiado occidental y no debiéramos descuidar la matriz oriental
de la educación paulina: “Mas si uno ama
a Dios, es conocido por él”. ¿Acaso a Dios le falta conocernos y tiene que
seguir haciéndolo? ¿Y qué tiene que ver amar a Dios con conocer? Sucede que el
conocimiento en la cultura semítica tiene más que ver con el intercambio y la
reciprocidad que con un aséptico y distante análisis. El conocimiento pues –sobre
todo a nivel del sentido de la vida y de la razón y orden de ser de cuanto
existe-, es posible en el ámbito de la comunicación y comunión. Por eso también
creo podemos asimilar que el amor –no la emoción psicológica sino la virtud-
sobre todo en los vínculos personales, es fuente de conocimiento verdadero y
agudo.
“Ser conocido por Dios”
supone pues la Alianza en el Amor, la reciprocidad e intercambio con Él que nos
hace participar de su Sabiduría. Si todo queda bajo la Luz del Amor de Dios, la
verdad última es desvelada y todo lo que excede inagotable, cuanto debemos
ubicar en el horizonte del Misterio, puede ser bajo el influjo de la Gracia
sobrenaturalmente saboreado y aquilatado, redescubierto como fuente de saciedad
y gozo.
“La
ciencia hincha, el amor edifica”. Quizás ahora tras este ejercicio de
comprensión también podríamos aseverarlo así: la Ciencia del Amor nos introduce
en la verdad total. O llevando la cuestión un poco más allá: la mística es la
experiencia infusa del encuentro amoroso con el Misterio del Dios que es Amor y la
pregustación de aquella Luz de Gloria con la cual los bienaventurados en la
eternidad conocen a Dios, a sí mismos y a todo como Dios se conoce y nos conoce
con Amor y para el Amor.
-
La vida en Cristo, no se trata solo de un vínculo personal (que podría terminar en un “espiritualismo”, en un intimismo emocionalist...
-
El Pbro. Silvio Dante Pereira Carro nació el 26 de Mayo de 1969 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se graduó como Profesor en Filosof...


