DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 64

 




EL EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES SEGÚN LA CARIDAD (II)

 

 

“Y ahora, hermanos, supongamos que yo vaya donde ustedes hablándoles en lenguas, ¿qué les aprovecharía yo, si mi palabra no les trajese ni revelación ni ciencia ni profecía ni enseñanza? Así sucede con los instrumentos de música inanimados, tales como la flauta o la cítara. Si no dan distintamente los sonidos, ¿cómo se conocerá lo que toca la flauta o la cítara? Y si la trompeta no da sino un sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?” 1 Cor 14,6-8

 

Es pues, de sentido común, tu practicidad apostólica queridísimo San Pablo.

 

“Así también ustedes: si al hablar no pronuncian palabras inteligibles, ¿cómo se entenderá lo que dicen? Es como si hablaran al viento. Hay en el mundo no sé cuántas variedades de lenguas, y nada hay sin lenguaje.  Mas si yo desconozco el valor del lenguaje seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro para mí. Así pues, ya que aspiran a los dones espirituales, procuren abundar en ellos para la edificación de la asamblea. Por tanto, el que habla en lengua, pida el don de interpretar. Porque si oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi mente queda sin fruto.” 1 Cor 14,9-14

 

No se trata de no aspirar a los dones espirituales sino de ordenarlos al bien de la comunión y al servicio de la asamblea. El don de lenguas puede ser una experiencia consoladora para quien lo recibe y ejercita pero… ¿qué bien le aporta a los demás? Lo que San Pablo está delicadamente señalando es que puede haber un uso egocéntrico de los dones espirituales, una autosatisfacción narcisista en las sombras. ¿O acaso no hemos descubierto en nosotros mismos y en los demás que a veces caemos en la tentación de una suerte de ostentación y exhibición de los dones de Dios? Queremos mostrarlos y que se vea que somos portadores de los mismos. No es aquí la caridad quien regula su ejercicio, la caridad que permanece humilde y si es posible prefiere actuar discretamente y casi en lo escondido; sino la autoestima quien manda. Ya no se orientan a la edificación de los hermanos sino a la autocomplacencia y al deseo de reconocimiento.

Observemos cómo San Pablo insiste sobre la inteligibilidad en la comunicación de los dones, es decir, que su ejercicio aporte sentido e incluso pueda tener valor docente. Y entonces, ¿por qué aquella comunidad se sentía tan fascinada y cotizaba tan alto el don de lenguas? En principio esto sigue sucediendo en las contemporáneas “manifestaciones carismáticas” del Espíritu. Uno ha conocido grupos y movimientos de oración en común que se inclinan a creer que si el don de lenguas se hace presente es signo inequívoco de la acción del Espíritu Santo; a la par piensan que si no se “derrama” aún el Espíritu Santo no nos unge y suele interpretarse que las personas se resisten a su operación. Un tal discernimiento es simplista e inmaduro y depende del gusto preponderante por lo extraordinario. Lo extravagante e inusual sorprende y causa admiración a muchos como a otros los espanta y atemoriza.

 

“Entonces, ¿qué hacer? Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente. Porque si no bendices más que con el espíritu ¿cómo dirá «amén» a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del no iniciado, pues no sabe lo que dices? ¡Cierto!, tu acción de gracias es excelente; pero el otro no se edifica. Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos ustedes; pero en la asamblea, prefiero decir cinco palabras con mi mente, para instruir a los demás, que 10.000 en lengua.” 1 Cor 14,15-19

 

Ciertamente en nuestros días, claramente volcados al emocionalismo religioso, la palabra inteligente y el discurso correctamente articulado y lleno de sentido, no suelen ser lo más habitual. Mas bien imperan los gestos, los slogans y todo tipo de recursos de alto impacto afectivo que movilicen, sensibilicen y exalten los ánimos. Por eso ésta consideración paulina es tan importante –más allá del caso específico del don de lenguas- para nosotros hoy. Cuando tendamos a creer que lo único importante en la oración y el culto es lo que se “siente” intentemos equilibrar la situación. Como personas somos tanto una realidad afectiva como racional. En cada quien esta ecuación adopta correspondencias y preponderancias diversas pero no se puede ni quitar la inteligencia ni negar la pasión. No se trata de elevar una plegaria inteligible pero fría y complicada o una cargada de sensibilidad pero caótica y superficial. Se trata de elevar una plegaria desde mi persona integrada de cara al Señor y por su Gracia que ordena, sana y eleva. Se trata de hacer de mi misma persona una plegaria viva en el Espíritu.

En este sentido me permito esta aclaración: en la experiencia mística cristiana ni la inteligencia ni la afectividad son negadas pero ciertamente son purificadas y elevadas para ser capaces del lenguaje misterioso y donado de la Unión con Dios. Por eso orar en el Espíritu y con Él es ingresar en un terreno inefable donde es tanta la riqueza contemplada y tan excedente el encuentro vivido que también inteligencia y afectividad se postran humildemente, y en Gracia perciben más allá de lo esperable y entran descalzas en una Comunión más allá claro del lenguaje humano.

 

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