EL
EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES SEGÚN LA CARIDAD (II)
“Y
ahora, hermanos, supongamos que yo vaya donde ustedes hablándoles en lenguas,
¿qué les aprovecharía yo, si mi palabra no les trajese ni revelación ni ciencia
ni profecía ni enseñanza? Así sucede con los instrumentos de música inanimados,
tales como la flauta o la cítara. Si no dan distintamente los sonidos, ¿cómo se
conocerá lo que toca la flauta o la cítara? Y si la trompeta no da sino un
sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?” 1 Cor 14,6-8
Es
pues, de sentido común, tu practicidad apostólica queridísimo San Pablo.
“Así
también ustedes: si al hablar no pronuncian palabras inteligibles, ¿cómo se
entenderá lo que dicen? Es como si hablaran al viento. Hay en el mundo no sé
cuántas variedades de lenguas, y nada hay sin lenguaje. Mas si yo desconozco el valor del lenguaje
seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro para mí.
Así pues, ya que aspiran a los dones espirituales, procuren abundar en ellos
para la edificación de la asamblea. Por tanto, el que habla en lengua, pida el
don de interpretar. Porque si oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi mente
queda sin fruto.” 1 Cor 14,9-14
No
se trata de no aspirar a los dones espirituales sino de ordenarlos al bien de
la comunión y al servicio de la asamblea. El don de lenguas puede ser una
experiencia consoladora para quien lo recibe y ejercita pero… ¿qué bien le
aporta a los demás? Lo que San Pablo está delicadamente señalando es que puede
haber un uso egocéntrico de los dones espirituales, una autosatisfacción
narcisista en las sombras. ¿O acaso no hemos descubierto en nosotros mismos y
en los demás que a veces caemos en la tentación de una suerte de ostentación y
exhibición de los dones de Dios? Queremos mostrarlos y que se vea que somos
portadores de los mismos. No es aquí la caridad quien regula su ejercicio, la
caridad que permanece humilde y si es posible prefiere actuar discretamente y
casi en lo escondido; sino la autoestima quien manda. Ya no se orientan a la
edificación de los hermanos sino a la autocomplacencia y al deseo de
reconocimiento.
Observemos
cómo San Pablo insiste sobre la inteligibilidad en la comunicación de los
dones, es decir, que su ejercicio aporte sentido e incluso pueda tener valor
docente. Y entonces, ¿por qué aquella comunidad se sentía tan fascinada y
cotizaba tan alto el don de lenguas? En principio esto sigue sucediendo en las
contemporáneas “manifestaciones carismáticas” del Espíritu. Uno ha conocido
grupos y movimientos de oración en común que se inclinan a creer que si el don
de lenguas se hace presente es signo inequívoco de la acción del Espíritu
Santo; a la par piensan que si no se “derrama” aún el Espíritu Santo no nos
unge y suele interpretarse que las personas se resisten a su operación. Un tal
discernimiento es simplista e inmaduro y depende del gusto preponderante por lo
extraordinario. Lo extravagante e inusual sorprende y causa admiración a muchos
como a otros los espanta y atemoriza.
“Entonces,
¿qué hacer? Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré
salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente. Porque si no
bendices más que con el espíritu ¿cómo dirá «amén» a tu acción de gracias el
que ocupa el lugar del no iniciado, pues no sabe lo que dices? ¡Cierto!, tu
acción de gracias es excelente; pero el otro no se edifica. Doy gracias a Dios
porque hablo en lenguas más que todos ustedes; pero en la asamblea, prefiero
decir cinco palabras con mi mente, para instruir a los demás, que 10.000 en
lengua.” 1 Cor 14,15-19
Ciertamente
en nuestros días, claramente volcados al emocionalismo religioso, la palabra
inteligente y el discurso correctamente articulado y lleno de sentido, no suelen
ser lo más habitual. Mas bien imperan los gestos, los slogans y todo tipo de
recursos de alto impacto afectivo que movilicen, sensibilicen y exalten los
ánimos. Por eso ésta consideración paulina es tan importante –más allá del caso
específico del don de lenguas- para nosotros hoy. Cuando tendamos a creer que
lo único importante en la oración y el culto es lo que se “siente” intentemos
equilibrar la situación. Como personas somos tanto una realidad afectiva como
racional. En cada quien esta ecuación adopta correspondencias y preponderancias
diversas pero no se puede ni quitar la inteligencia ni negar la pasión. No se
trata de elevar una plegaria inteligible pero fría y complicada o una cargada
de sensibilidad pero caótica y superficial. Se trata de elevar una plegaria
desde mi persona integrada de cara al Señor y por su Gracia que ordena, sana y
eleva. Se trata de hacer de mi misma persona una plegaria viva en el Espíritu.
En
este sentido me permito esta aclaración: en la experiencia mística cristiana ni
la inteligencia ni la afectividad son negadas pero ciertamente son purificadas
y elevadas para ser capaces del lenguaje misterioso y donado de la Unión con
Dios. Por eso orar en el Espíritu y con Él es ingresar en un terreno inefable
donde es tanta la riqueza contemplada y tan excedente el encuentro vivido que
también inteligencia y afectividad se postran humildemente, y en Gracia perciben
más allá de lo esperable y entran descalzas en una Comunión más allá claro del lenguaje humano.

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