UNA
FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (I)
“Ahora
bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo
algunos entre ustedes que no hay resurrección de los muertos?” 1 Cor 15,12
Querido
San Pablo, por favor enséñanos sobre el valor esencial de la Resurrección de
Cristo para nuestra fe.
“Si
no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó
Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también su fe. Y somos convictos de
falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a
Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los
muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, su fe
es vana: están todavía en sus pecados. Por tanto, también los que durmieron en
Cristo perecieron. Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza
en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no!
Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.” 1
Cor 15,13-20
Al
parecer, en aquella comunidad cristiana de Corinto se vivía una situación
extraña: algunos no creían en la resurrección de los muertos. Esto no significa
que no creyeran en la resurrección de Cristo. ¿A qué se debe esta dificultad?
Recordemos que ya entre los judíos había discenso sobre el tema de la
resurrección, por ejemplo entre fariseos y saduceos. De hecho, la fe en la
resurrección es un tema bastante tardío del Antiguo Testamento, que ha ido
madurando lentamente y que aún en el tiempo de Jesús, no carece de cierto tono
de novedad. En el caso de los corintios, tal vez sea el ambiente cultural
helenista, que conocía la doctrina de la inmortalidad del alma pero que tendía
a despreciar la carne-cuerpo como un elemento decadente, el obstáculo. Podemos
traer a la memoria la narración de la predicación de San Pablo en Atenas: lo
escuchaban y seguían su discurso hasta que comenzó a predicar el kerygma pascual
y al oír hablar de “resurrección de los
muertos” simplemente se fueron despreciándolo como un loco o uno que dice
tonterías. Y sin embargo, también ahora el Apóstol con su profunda sabiduría
atisba otra problemática: si bien no niegan directamente la resurrección de
Cristo, sino pueden concebir la resurrección de la carne, ¿cómo estarán
entendiendo la Encarnación y por tanto la Salvación?
Si
Cristo no resucitó, porque los muertos no resucitan, ¿en qué sentido se ha
hecho el Hijo de Dios hombre? Su carne-corporalidad que no merece ser
rescatada, ¿en verdad fue asumida? El Apóstol ya está enfrentando desviaciones
doctrinales que se manifestarán muy pronto como el docetismo, que considerará
la Encarnación como una mera ilusión, apariencia o ropaje del Verbo, quien no
puede morir porque es Dios inmortal.
Más
aún, si no asumió nuestra carne y la redimió, sino cargó sobre su humanidad de
Cordero de Dios nuestros pecados y los expió en el sacrificio de la Cruz, ¿cómo
entender la Salvación? O el pecado no pertenece a la dimensión del alma y no
afecta inteligencia-voluntad, por tanto solo referido a la carne-corporalidad
desaparece con la degradación de la materia y liberación del elemento
espiritual, concibiendo al alma como un elemento impecable y por tanto sin
necesidad de ser salvado por Dios sino apenas de ser liberado naturalmente de
la carne-materia. O si no resucitó, no venció el pecado que conduce a la muerte
y por tanto seguimos esclavos del pecado y sin Salvación.
Como
verán, ya se asoman los grandes errores o herejías cristológicas que la Iglesia
deberá afrontar en el futuro. Estas confuciones desvirtúan la fe en la Encarnación
y en la Salvación. Pero además San Pablo advierte que afectan al ámbito de la
escatología. “Y si Cristo no resucitó, su
fe es vana: están todavía en sus pecados. Por tanto, también los que durmieron
en Cristo perecieron. Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra
esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!”
Es
notable la íntima conexión que existe entre nuestra forma de comprender el
Misterio de Cristo y el misterio del hombre. Si no hay resurrección, de nuevo, ¿cómo
concebimos la Gloria, el Reino de los Cielos, la Bienaventuranza Celeste, la
Vida Eterna? O la realidad temporal es algo despreciable de lo cual debemos
escapar para que el alma inmortal quede libre de ataduras terrenas o
simplemente solo existe esta existencia histórica y no hay ningún mundo futuro
después de la muerte. Comprendemos la complejidad de la problemática que el
Apóstol San Pablo intuye se asoma en aquellas anomalías de Corinto.
La
cuestión no es menor y reviste una seria elaboración intelectual y precisión en
el uso del lenguaje. La Iglesia ya ha definido dogmáticamente estas cuestiones,
enseñando la recta fe en Cristo y en la salvación del hombre. En el Credo rezamos
“creo en la resurrección de la carne” pero, ¿qué significa para nosotros? No está
nada claro para mí cuál es la comprensión que el cristiano promedio tiene
acerca de la fe en la resurrección. Supongo que en principio rige una
aceptación de la victoria sobre la muerte. Sin embargo las confusiones y ambigüedades
doctrinales a nivel de la cristología y la antropología parecen evidentes hoy.
Ciertamente sería prudente al menos recurrir al catecismo de la Iglesia Católica
y seguir profundizando en el conocimiento de nuestra fe.
De
pronto y a un nivel más experiencial, simplemente veo como vivimos y rezamos
muchos cristianos contemporáneos. Nunca levantamos la mirada y no parece haber
trascendencia. Verdaderamente nuestra fe parece limitada al horizonte mundano e
inmanente. ¿Creemos en el Cielo y anhelamos la Gloria de la Jerusalén celeste?
¿Nos interesa la salvación eterna de nuestra persona y la de nuestro prójimo o
solo nos concentramos en las vicisitudes temporales? ¿Cómo entendemos hoy la
Resurrección del Señor? ¿O solo creemos en Él para esta vida histórica? Si
fuese así San Pablo nos diría que somos dignos de compasión.


.jpg)



