UNA
FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (V)
Estimadísimo
y queridísimo San Pablo, concluímos con este diálogo tu enseñanza sobre la
resurrección y nuestro tránsito por tu primera carta a los Corintios.
“¡Miren!
Les revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En
un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues
sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos
transformados.” 1 Cor 15,51-52
Evidentemente,
sabio Apóstol del Señor, te refieres al contexto de la segunda venida gloriosa
de Cristo en el final de los tiempos. Todos los de Cristo serán transformados
por la gracia y participación en su Resurrección. Los muertos resurgirán y los
que queden vivos a su arribo serán también transfigurados. Sabemos que te
refieres a esto, aunque ahora no vayamos a citarlo, pues en una epístola
cronológicamente anterior dirigida a los de Tesalónica, has tratado este tema
bajo las mismas imágenes y de un modo más extenso. ¡Ese sonido de la trompeta!
Es el preludio de la proclamación de una victoria, del ingreso triunfante de
Aquel que vuelve glorioso.
“En
efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad;
y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible
se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces
se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la
victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu
aguijón?” 1 Cor 15,53-55
Al
respecto no queda más que alabar a Dios y experimentar un gran consuelo: para
quienes permanecen unidos a Cristo la muerte ha sido vencida. Si en el Señor
está nuestra vida, Él será Vida nuestra.
Pero
también cabe lamentablemente considerar que nuestros tiempos no destacan por
una serena experiencia de la muerte. Es que hace tiempo los días del hombre se
han ido vaciando de esperanza. Los motivos son diversos: el debilitamiento de
la fe y la escasa elaboración del horizonte escatológico en la predicación,
catequesis y vida del cristiano, probablemente son los más destacados.
Muchos
cristianos contemporáneos viven como todos los demás, concentrados
exclusivamente en la experiencia histórica y sin horizonte de trascendencia.
¡Tan aferrados a esta vida temporal, tan desconocedores de la Vida del mundo
futuro, cómo no sentir terror ante la muerte! Por eso no es nada inusual, como
sacerdote lo sé muy bien, presenciar procesos cada vez más angustiosos de no
pocos bautizados frente a la enfermedad y la muerte propia, las tremendas
dificultades para elaborar el duelo de los que amamos y han partido.
Un
preludio significativo se percibe en una ancianidad vivida de modo poco
virtuoso. ¡Cuántos son los que envejecen amargados y faltos de generosidad;
aferrados a la vida y a la vigencia en el protagonismo, mezquinos y obstaculizadores de las
generaciones que les suceden! ¿Cómo han llegado a esta etapa de su vida
cristiana sin saber entregar la vida y hacerlo con alegría y esperanza? ¿Cuál
es realmente su fe en Cristo? ¿Qué fe tienen en la Pascua, misterio de Cruz y
Resurrección?
“El
aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero
¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor
Jesucristo! Así pues, hermanos míos amados, manténganse firmes, inconmovibles,
progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo no es
vano en el Señor.” 1 Cor 15,56-58
El
pecado y la muerte están correlacionadas. Pero el Señor Jesús ha vencido al
pecado y a la muerte. A lo largo de dos milenios una multitud incontable de
creyentes ha vivido y ha entregado su vida sin reservas al Evangelio, fundados
en esta gozosa confianza. ¡Sumémonos todos nosotros a ellos! Al fin y al cabo
para que el pecado y la muerte sean vencidos en nosotros, triunfo que en
esperanza ya ha sido introducido por el Bautismo, sólo nos resta permanecer en
Cristo, estar en Él, nunca separarnos y cultivar cotidianamente esta bendita
unión con Él! Su Resurrección nos hace participar de su Vida Nueva. Vivir
resucitados pues es vivir santamente. La santidad de vida es la mejor y más segura
forma de enfrentarnos con nuestra próxima muerte corporal. ¡Entonces seremos
transformados y participaremos definitivamente de su Victoria!




