PROVERBIOS DE ERMITAÑO 17




El siervo inútil, pobre y humilde, 
vive como despreocupado de las cosas de este mundo.

 

Esta sabiduría interior, fruto de la vida de oración, de la vida en el Espíritu, parece una locura para nuestra época. Despreocuparse de las cosas de este mundo suena mal. Se interpreta como una falta de compromiso y de interés por la realidad; sobre todo una omisión acerca de tantas causas que necesitan que nos involucremos. Sin embargo, no significa lo que se presume, este proverbio de ermitaño.

Es que quien ha gustado más de lo que se ofrece en este mundo, percibe que las cosas temporales son justamente transitorias, pasajeras. Diría San Pablo: “la escena de este mundo que pasa”. Así, el contemplativo extasiado, embelesado y pleno en cuanta primicia de Gloria y de Eternidad se le regala por el encuentro con Dios, en la Alianza viva en Amor con Él, se pregunta: ¿cuánto vale el mundo? Sí, el mundo, tan bella creación de Dios y apenas un reflejo del mundo futuro prometido. El mundo en el sentido de las circunstancias humanas, repleto de tantas preocupaciones no exentas de obsesiones y ajetreos, se sopesa al fin fútil, vano y superficial, frente al inmenso tesoro de Gloria que nos aguarda.

Por tanto, el contemplativo recupera la concepción de la historia y del mundo como el escenario de una peregrinación. El camino del hombre en tránsito a la Casa del Padre, a la Bienaventuranza eterna, a la Comunión definitiva, a la Jerusalén Celeste. No se descompromete con la historia, quiere que en la historia se exprese la epifanía del Reino de Dios con todo su poder, y sin embargo, sabe que ese Reino solo será pleno mucho más allá de este mundo.

Pues como avisé, por la Gracia de la experiencia mística o contemplativa, en primicia y adelanto ya ha gustado, olfateado, saboreado y tocado algo de lo que viene y será perpetuo. Tan lleno de gozo, con tanta vivacidad nueva, percibe que cuanto se ofrece en este mundo en realidad son sombras, apenas sombras del inmenso tesoro de la Luz inextinguible que espera por delante.

Quizás habría que recuperar un poco, con los matices que le hagan falta a la sensibilidad contemporánea, la idea de que en cierto modo estamos como exilados, en el destierro, intentando alcanzar nuestra Patria. “Volver al Paraíso”, diría alguien; o como San Felipe Neri ante las tentaciones mundanas: “yo prefiero el Paraíso”. ¡Nos esperan cosas más grandes, Dios mismo! ¡La Eternidad, la Gloria y la Comunión en su Amor!

Es normal que la historia y las cosas de este mundo parezcan desabridos para quien algo ya ha gustado de cuanto está por delante. El contemplativo, el varón y la mujer hondos en el Espíritu, el místico, aquí tienen su gran capacidad y fuerza como su cruz y fragilidad. ¿Cómo interesarse por las cosas de este mundo cuando ya se les ha anticipado una vislumbre del Cielo en lo alto? Quien de alguna forma ha experimentado toques y avances de la Gloria, de la Alianza definitiva, mira este mundo con un amor relativo. Lo mira como una escalera, esperando que sirva lo más pronto posible para encontrarse con Cristo. “Lo que quiero –diría San Pablo-, es estar con Cristo en su Gloria”.

El contemplativo vive “como” despreocupado de las cosas de este mundo. Ese “como” expresa el punto justo que reza la Liturgia: “que bajo tu guía providente usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos”. El místico siempre será en el mundo y también en la Iglesia, una profecía –a menudo demasiado incomoda- que señala hacia el horizonte escatológico.

 

 

PROVERBIOS CON LUZ DE AMOR Someterse a todos




 

1.      Sometido a todos por amor a Ti.

 

2.      Absorto en la Cruz, como metido en ella, escuché estas palabras de labios del Señor Amado: sometido a todos por amor de Dios.

 

3.      ¿Quién puede hacerse pobre como Dios, que humilde y manso, se hace en el amor atento y sujeto a todos?

 

4.      ¿Quién puede como el Señor Jesús mantenerse en paz, en profunda búsqueda de concordancia con todos, y a la vez marcar con firmeza el camino?

 

5.      ¿Quién puede como Él amar a los enemigos? ¿Quién como Cristo puede seguir sembrando amor en tierra estéril hasta hacerla fecunda?

 

6.      ¿Qué mueve el corazón a tan alto morir? ¿Qué atrae al alma a pasar por la dolorosísima Cruz? Sin duda, el desposorio con su Amado.

 

PROVERBIOS DE ERMITAÑO 16




Lo que intencionalmente se oculta, puede ser oscuro; lo que la fe humilde vive en lo escondido, suele ser demasiado luminoso.

Lo que está oculto, lo puede estar por diversos motivos.

A veces, intencionalmente oculto por nosotros. Porque nos avergonzamos, tenemos mala conciencia, sabemos que no es de Dios ni bueno para los demás o quizás tememos quede expuesta nuestra fragilidad. En fin, hay mucho oculto en nosotros, en nuestro corazón. Ojalá no lo hubiere y fuésemos transparentes. Sin embargo, hay cosas ocultas intencionalmente porque las negamos, escondemos y no aceptamos. Nos dicen incluso que pueden existir mecanismos inconscientes de negación y ocultamiento que operan en nosotros producto de cierta defensa que hace nuestra propia psique, ya que no podríamos admitir nuestra realidad personal sin angustia. Lo oculto no deja empero de ser parte de nuestra identidad, dinamismo e historia. Hay cosas ocultas pues que son oscuras y que hay que sacar a la luz para que sanen, sean liberadas y lleguemos a ser serenamente translúcidos.

Pero hay otro tipo de ocultamiento, el de la vida escondida en la fe humilde. Yo suelo decir que las cosas de la alcoba matrimonial deben quedar en la alcoba matrimonial. Y no estoy hablando de la relación íntima entre un varón y una mujer. Partiendo de esa analogía me refiero a esa relación profunda, secreta y amorosa entre Dios y el alma, el Señor y nosotros. Ese lenguaje único y personal del amor queda allí, en lo interior. Y desde allí oculto en fe humilde, irradia. Suele ser luminoso, trasciende sin necesidad de explicitarlo o publicitarlo. Sin dar explicaciones, ese vínculo de amor con Dios se trasunta. Lo hace en nuestras obras, decisiones, temperamento, forma de vivir y de ser. Allí en ese fondo escondido donde vivimos el amor con Dios, allí se produce una luz potente que irradia y transforma.

 


 

PROVERBIOS CON LUZ DE AMOR Madurar para el Reino

 



1.      Maduro para el Reino, corazón y vida.

 

2.      Si estoy maduro para el Reino, estoy maduro en el amor, es decir, desposado a mi Señor, en concordia con todo lo creado.

 

3.      Gimo y sufro el desamor que me hiere: volver a volcarme en mí y no acabar de volcarme en Él.

 

4.      ¡Ay Jesús, dame ya un corazón como el tuyo que lata al unísono con el corazón del Padre!

 

5.      ¡Que todos mis deseos me conduzcan a Ti!

 

6.      Madúrame, Señor Amado, haciendo pasar mi corazón y mi vida por entero por aquella fuente que hace crecer en el amor: tu Cruz.

 

7.      ¡Dame amor tuyo para dar! ¡Dame amor tuyo sin medida que no me permita volver atrás en este doloroso y dulce parto de madurar para el Reino!

 

8.      ¡Dame tu amor que madura, oh fiel Esposo, el corazón y la vida!

 

Los profetas y su vigencia hoy. Una mirada de síntesis (3)

 



Tercer tiempo

 

Finalizando nuestro recorrido nos hemos introducido en tierras de exilio junto a Ezequiel e Isaías II-III. Ambos profetas nos han ayudado a comprender con fe y esperanza la situación y a descubrir cómo perseverar en los caminos de Dios.

El gran Ezequiel cual centinela del Señor, auténtico vigía y por ello como maestro de novicios del Pueblo, nos ha guardado para mantener la identidad cuando parecía que todo se había perdido. Con los signos de la Alianza caídos, sin rey ni tierra ni templo: ¿cómo sostener la fe? La respuesta de Dios será: “Yo te he elegido y he decidido estar donde tú te encuentres, Pueblo mío”. Para que esto sea posible debe grabarse esa Alianza Nueva por el Espíritu en el interior del hombre.

Debe realizarse pues un proceso virtuoso cuya primera instancia será quitar las basuras adheridas al corazón. Se trata de la purgación interior que extirpará de raíz toda idolatría para que el Señor sea el único absoluto de la vida. No es posible sin el reconocimiento del pecado como realidad personal y la aceptación humilde de la propia responsabilidad. Un cambio de mentalidad que solo será viable asumiendo que el Dios Santo nos quiere santos. El profeta pues alentará una urgente y encendida conversión.

Entonces, tras la purificación, Dios recreará su Alianza, con su Espíritu la grabará en el corazón humano, interiorizará su Ley de Gracia. El Pueblo será el Nuevo Templo donde el Señor habite. Y además le enviará a su Mesías-Pastor-Sacerdote, verdadero y definitivo Rey que lo conduzca. Así el Pueblo inhabitado por la Gloria divina, configurado a su Santidad, regresará a la tierra con un proyecto del todo Teocéntrico, un anhelo de fidelidad y de permanecer establemente como el Pueblo de su Señor.

A Isaías II-III, ya más en el contexto del fin del exilio y la vuelta a la patria, le tocará ser el profeta que anuncie el consuelo y la pronta liberación. En este sentido Dios se manifiesta como el Señor de la historia: todos los pueblos y sus líderes están bajo su mano y nada sucede sin que Él misteriosamente lo conduzca. Un día decidió que Israel marchase al exilio, lo entregó a sus enemigos pues en su Sabiduría dispuso esta pedagogía para su conversión; decretó el destierro como herramienta de purificación y maduración que terminase de hacer posible que su Pueblo permaneciese fiel a la Alianza. Y un día decidió poner fin a esa dolorosa experiencia y de pronto, como si nada y sin intervención humana precedente, abrió caminos de liberación y restauración. Porque Él convierte los caminos escabrosos en llanos y abre maravillosos horizontes nuevos cuando todo parece cerrado y sin salida. Es el Señor.

De hecho, el retorno desde Babilonia hacia la Tierra de Promisión se describe como una triunfante y jubilosa procesión religiosa. Mas en este clima de algarabía y esperanza no faltan dos detalles inquietantes:

1.      el misterioso Siervo de Yahvéh -verdaderamente discípulo-, quien obra la redención pero a través de su propio sufrimiento y sacrificio expiatorio;

2.      la frustración frente a un proyecto que no termina de hacer pie en la historia pero que permite descubrir la Salvación como una realidad del todo futura, definitiva y por tanto, escatológica.

Sin duda se sostiene  una idea central desde el primer Isaías: la Salvación de Dios es universal e Israel es el Pueblo Elegido como instrumento y testigo de este benevolente designio divino.

 

Sé santo porque Yo tu Dios Soy Santo

 

Con esta sentencia, tan propia del cuño de la tradición sacerdotal, quiero cerrar mi último opúsculo. Ya lo he propuesto con insistencia previamente: la actual hora de la Iglesia peregrina se puede sin duda interpretar bajo el paradigma del exilio. Y a mí ver personal es la tarea de Ezequiel la que hoy nos urge emprender y transitar.

Porque la Iglesia hace tiempo camina desorientada en un mundo que cambia aceleradamente y que tal vez la recibe mucho menos de cuánto ella quiere ofrecerse. Y el equilibrio en la relación parece perdido. La consagrada fórmula “estar en el mundo sin ser del mundo” no encuentra un punto de eficaz ejecución por polarizaciones internas del cuerpo eclesial.

Hay quienes contemplando “semillas del Verbo” se pasan de optimistas, lo quieren bautizar todo y terminan cayendo en una ingenua fascinación por el mundo que acaba absorbiendo a la Iglesia y diluyendo su identidad. Y entonces se denuncia el drama de un modernismo progresista que ha logrado finalmente infiltrarse e infectarnos.

Hay quienes contemplando las “semillas de Satanás” se pasan de pesimistas, quieren rechazarlo todo como peligroso o contaminante y terminan erigiendo un purismo que levanta muros defensivos pero dificulta establecer un diálogo evangelizador con el mundo al que postulan sin distinciones como el enemigo. La identidad de la Iglesia permanece clara pero se vuelve inoperante. Y entonces se denuncia el drama de un anti-modernismo conservador que vive nostálgicamente en el pasado y no logra aceptar el paso propio de los procesos de la historia.

Ambas dinámicas así caricaturizadas, aun teniendo sus elementos de verdad, permanecen puramente humanas y en un nivel  escasamente natural. Les falta una “mirada desde arriba”, el eje trascendente que podría expresarse así: “la obra es de Dios”. No sin ti, Iglesia, pero primariamente obra suya tanto tu identidad como la Salvación del mundo. Es erróneo partir de una relación entre dos: Iglesia-mundo. El vínculo es tríadico: Dios-Iglesia-mundo. Sin Dios en medio, pero también por debajo cual fundamento y por encima cual horizonte, nunca podrán encontrarse aquellos dos. Su encuentro no tiene sentido sino en su Señor.

Estoy convencido que la Iglesia contemporánea, siempre deambulando en el exilio del mundo y de la historia, debe constantemente volverse hacia su Dios que no la abandona y camina con ella. No es en la exterioridad visible, cuantificable y fáctica donde hallará las respuestas que busca. Sino allí donde reina invisible el misterio bajo las sanadoras unciones de la pobreza y el silencio. La purificación se exige siempre, necesaria e ineludible. Conversión, cambio de mente y corazón. Debe el Pueblo configurarse a su Señor, dejar que lo inhabite, cultivar fecunda Alianza en Amor. Solo entonces, unida a su Señor y Esposo en sagradas nupcias celebradas en el desierto, la Iglesia esposa lo verá todo claro con Luz nueva, bajo la Gracia de su Amado.

Entonces su identidad y misión –las cuales coinciden-, las poseerá serenamente. Comprenderá aquello que le ha escuchado a Él: “serás mi sacramento universal de Salvación”. El Pueblo convocado por la unidad virtuosa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo será Asamblea de adoración y alabanza que transita cual jubilosa procesión por la historia hacia una estable y excedente Gloria eterna. Y caminará invitando a todos los hombres a sumarse al gozo de la Liberación y a las realidades nuevas y definitivas que el buen Dios nos tiene preparadas en su Casa.

¿Cuál es la clave pastoral pues que nos urge vislumbrar? “Pueblo mío, sé santo, porque Yo tu Dios soy Santo. ¡Únete a Mí!”

 

PROVERBIOS CON LUZ DE AMOR Depender de Dios

 



1.      Dependo de Ti, Señor. ¡Qué verdad tan simple y profunda, donde brillan la libertad y la paz!

 

2.      Su amor engendra obediencia que no ata aprisionando ya que enlazando libera. ¡Qué libertad tan noblemente ejercida la que decide entregarse enteramente a la voluntad de su Señor! Su amor pacifica.

 

3.      ¿Qué podrá turbar el alma unida a su Amado?

 

4.      Depender de Ti, Señor, quiere decir que te amo y que tanto me amas que no podría vivir sin Ti.

 

5.      ¿Si no respirara tu amor cómo latiría mi corazón? ¿Si no me abandonara a Ti cómo se abriría el camino? ¿Acaso no son tus manos creadoras las más amantes?

 

6.      Ponerme en Ti para crecer en mi vocación, pues desde siempre me has llamado a ser en Ti.

 

7.      Dependo de Ti a causa de tu elección por mí sellada en Encarnación, Eucaristía y Cruz.

 

8.      ¡Depender de Ti: cuánta dulzura y cuánto consuelo! Saber en la fe que Tú, Altísimo Señor, Dios Bueno y Único, saldrás fiador por mí.

 

9.      Depender de Ti es vivir ya venciendo toda muerte. ¡Dependo de Ti!

 

PROVERBIOS DE ERMITAÑO 15




Cualquier estímulo intentando persuadirte que no es necesario ser santo, sabrás inmediatamente que no procede del Espíritu de Dios y que te privará de Eternidad.

 

Lo propio del Espíritu de Dios, del Espíritu Santo, justamente es santificar. Por tanto cualquier negación de la santidad, quizás la sugerencia de que la santidad no es necesaria, o una propuesta de mitigación que argumente que la santidad no es para todos o al menos no es tu camino, simplemente no puede venir del Espíritu de Dios que es Espíritu santificador. Y de seguir esos impulsos, sea cual fuese su procedencia –de tu interior, de la cultura del mundo en el que vivimos o inclusive de algunos ambientes eclesiales-, de adherirte a esas mociones, te irás privando de Eternidad. Te llevarán a una vida mediocre y no olvides que en el Cielo solo hay santos.

Sabemos que la Iglesia reconoce a algunos hermanos nuestros, los canoniza, los propone como ejemplo, además de contar con ellos como intercesores. ¡Y habrá tantos otros que ya habitan en la Jerusalén Celeste, en la Gloria del Padre! Pero ciertamente junto a Dios en la Eternidad solo hay santos. No hay forma de entrar al Cielo sin ser santo. Si lo quieres mejor, lo expreso así: solo gozan de la Gloria quienes se han dejado santificar por el Dios totalmente Santo. Pues la Salvación que esperamos es una eterna convivencia con el Santo de los santos, el absolutamente Santo que es Dios.

Y si profesamos en la fe que la Vida del mundo futuro, de la Eternidad y de la Gloria, es comunión con el Santo, aseveramos luego que solo podrán entrar en comunión con el Santo los santos. ¡Qué comunión imperfecta e ingrata resultaría de lo que es disímil, tanto menos fructuosa cuanto más sea la diferencia que separa a los que intentan unirse! La comunión solo es posible para los semejantes y hemos sido creados a Imagen y Semejanza Suya pues para la Comunión, para asemejarnos en Gracia y unirnos a Él.

Y por eso rezamos por los difuntos y los encomendamos en la Santa Misa, rogando al Señor que el itinerario que han transitado aquí en la tierra, les haya permitido en Gracia madurar aquella santidad requerida para la comunión gozosa y laudatoria de los santos con el Santo en el Cielo. O si están en ese estado misterioso que llamamos Purgatorio, purgación de amor, la plegaria de la Iglesia en caridad ayude a que terminen su tránsito hacia la Gloria. ¿Qué es el Purgatorio sino maduración en santidad, alcance de esa santidad necesaria para la comunión plena con Dios?

¡Es el camino, solo hay uno, el de la santidad! Por eso todo impulso o movimiento en contrario no procede de Dios y no conduce a Dios. No tengas por inofensiva o leve cualquier propuesta –venga de donde venga- que niegue o desaliente la aspiración a santidad que el Espíritu de Dios insufla en todo hombre. Ese estímulo es en verdad peligrosísimo y mortal pues te aleja del Cielo o te lo cierra. No olvides que en la Gloria junto al Santo solo hay santificados por su Amor.

 

EL DISCERNIMIENTO ESPIRITUAL

 

 
 



La vida en Cristo, no se trata solo de un vínculo personal (que podría terminar en un “espiritualismo”, en un intimismo emocionalista desencarnado), sino de un concreto modo de vivir al estilo del Señor. Unirse a Cristo y vivir en Él es obrar como Él. “Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él.” (1 Jn 2, 5-6)

 

OBRAR EN CRISTO = DISCERNIR LA VIDA EN EL ESPÍRITU

 

Discernir significa distinguir, y no se me ocurre acción más apropiada para ejemplificarlo que el pasar las substancias por un tamiz o colador. El objetivo del discernimiento espiritual es descubrir la voluntad de Dios sobre mi vida y tal vez podría sintetizarse en esta pregunta fundamental: ¿Qué haría Jesús en mi lugar? Obviamente, a la raíz del discernimiento está el amor a Dios, el deseo de ser fiel, de llevar una vida santa. Hay momentos más cruciales y decisivos de la vida donde el discernimiento espiritual se hace evidentemente necesario; sin embargo, el cristiano que aspira a una vida espiritual madura, constante y sin fisuras, debería recurrir siempre a él.

 

Algunos criterios básicos y reglas de discernimiento

 

1)   El discernimiento espiritual es un Don del Espíritu Santo. Por lo tanto hay que pedírselo a Dios en la oración. Pedirle la Sabiduría que proviene de su Espíritu. Ayuda siempre a realizar un buen discernimiento hallarse en gracia de Dios.

 

2)   El discernimiento espiritual supone manejar algunas reglas o criterios básicos. La Sagrada Escritura es una fuente privilegiada de criterios. Además, a lo largo de dos milenios, en la Iglesia muchos maestros espirituales nos han dejado pautas de discernimiento aprendidas en el transcurso de su propio seguimiento de Cristo.

 

3) El discernimiento espiritual necesita ser confrontado y confirmado. Por lo tanto, nunca se hace enteramente solo; tal actitud es un engaño. No basta ser iluminado por el Espíritu y manejar bien las reglas; todo discernimiento debe ser confrontado y confirmado por la Iglesia. La mediación eclesial se llama en este caso dirección o acompañamiento espiritual. Se trata de recurrir con periodicidad a un hermano experimentado de modo que, en la presencia de Dios, él o ella puedan confirmar el modo de caminar tras las huellas de Jesús y hacer las sugerencias o correcciones necesarias. Hay que evitar 2 extremos:

a) Recurrir al director espiritual para tomar cada decisión puntual: tal actitud sería insostenible prácticamente y, por supuesto, inmadura y excesivamente dependiente.

b) No tener acompañante, privatizar la Vida que Dios me dio por medio de la Iglesia, el acostumbrado yo me las arreglo solo. Esta actitud nos deja fuera del cuidado pastoral de Jesús por medio de los hermanos, o expresa la resistencia y rebeldía a la obediencia pastoral.

 

4) En la vida espiritual experimentamos 2 tiempos o movimientos básicos: consolación y desolación.

Tiempo de consolación: No hay dificultades en la relación personal con Dios. Hay gusto y deseo por la oración, necesidad del encuentro. Se tiene claridad y firmeza en la decisión de seguir a Jesús. Es un tiempo donde prima la paz y la alegría interior, el buen ánimo y el deseo de santidad, la búsqueda de lo que agrada al Señor. Claro que pueden haber también situaciones difíciles y dolorosas, pero no obstaculizan la relación con Dios, se las vive con Él y desde Él.

· La consolación nos mueve a inflamarnos más en el amor de Dios, a convertirnos del pecado, a buscar la voluntad del Señor.

· La consolación de 1º grado viene ciertamente de Dios porque no hallamos causa que la preceda.

· La consolación de 2º grado tiene causa precedente y debe ser discernida a la hora de tomar decisiones pues puede estar mezclada con mal espíritu o proceder engañosamente de él. (El enemigo se disfraza de ángel de luz: propone al comienzo una intención devota que agrada al alma para sacar de ella algún mal hacia el final).

· Se debe vivir con humildad meditando en la maravilla que es la gracia de Dios, sin autoglorificaciones o presunciones humanas (tentación de centrarnos en nosotros y en nuestra fuerzas) sino como pobres agradecidos del don que se nos hace.

· Se debe preparar para la próxima desolación meditando sobre cómo se la superará. Es tiempo propicio para tomar decisiones pues nos mueve más el buen Espíritu.

Tiempo de desolación: La relación con Dios se hace dificultosa y estéril. Es tiempo de desierto. Falta el deseo por la oración. A veces parece que Dios se ausenta o se queda callado. A veces esa experiencia de sequedad espiritual o de vacío nos impulsa a alejarnos de Él, a escaparnos de su Presencia. Hay confusión, duda, angustia, temor u otros sentimientos que nos desestabilizan. El alma está oscura y turbada, triste y perezosa, sin esperanza y tocada por la desconfianza, e inclinada hacia lo bajo. Nos encontramos frente a una crisis-prueba de fe o frente a una situación de tentación. Las causas de este tiempo pueden ser:

a) Situaciones de vida difíciles de aceptar que me colocan en crisis, en rebeldía con Dios.

b) Producto de la mediocridad de la vida espiritual o de una situación de pecado no superada o de un embate de tentaciones que no son rechazadas.

c) Dios nos pone a prueba para fortalecer nuestro amor y deseo de seguimiento, o para que valoremos que dependemos de él y de su gracia.

d) Un don de Dios que prepara un crecimiento en la vida espiritual. (En este último caso hay notables diferencias con la descripción que precede de la desolación. Aquí no se encuentra en crisis la relación con Dios sino el modo de presentarse Dios a la persona. Si hay confusión es resultado de la novedad, del cambio en el estilo de la comunicación. Sin embargo quedan en pie el deseo del encuentro con Él, la voluntad de seguimiento y la confianza de que esta esterilidad o aparente ausencia provienen de Él, de su pedagogía y que son para nuestro crecimiento. Se hace realidad en la vida contemplativa y en las purificaciones infusas.)

En los tres primeros casos no es tiempo propicio para tomar decisiones nuevas pues es tiempo donde nos mueve más el mal espíritu. Se deben sostener las decisiones tomadas en tiempo de consolación. Se debe evitar la tendencia al aislamiento y recurrir con prontitud a la comunidad y al director espiritual a quienes hay que obedecer.

· La desolación nos inclina a separarnos de Dios y de la comunidad hacia el pecado.

· En la tentación la regla básica es resistir, fortalecer la voluntad y luchar hasta rechazarla. Si así lo hacemos salimos fortalecidos, crecemos en fidelidad. Tiempo de prueba que se debe soportar con paciencia.

· Nos ayuda a conocernos y a valorar la hondura y firmeza de nuestras convicciones evangélicas.

· Cuando hay tentación en el reverso hay una gracia que el enemigo nos quiere arrebatar. Bien discernida puede ser un camino para descubrir o valorar una gracia puntual.

 

5) El discernimiento espiritual supone distinguir de dónde vienen las mociones interiores y hacia dónde me llevan. “Moción interior” designa todo impulso, pensamiento, estado de ánimo, sentimiento o emoción que nos invita a actuar de cierto modo. Dichas mociones tienen 3 fuentes de procedencia: nuestra propia naturaleza, el mal espíritu y el Espíritu de Dios. Sólo debemos obrar según aquellas mociones que vienen de Dios y que nos llevan a Él. Es clave el discernimiento, porque a veces no todo lo que parece provenir de Dios o llevarnos a Él, proviene efectivamente de Él. Hay engaños muy sutiles que sólo descubre quien ya se encuentra muy experimentado en el discernimiento. Por eso a veces nos pasa que creyendo hacer un bien la cosa termina mal. Discernir es un aprendizaje para descubrir lo que es de Dios de lo que no lo es. Intentemos alguna ejemplificación didáctica.

· Cuando andamos ganados por el mal espíritu, de pecado en pecado, el buen Espíritu nos mueve al arrepentimiento y a la conversión.

· Cuando andamos en gracia el mal espíritu puede movernos a escrúpulos o remordimientos falsos, a desesperarnos o a pensar que no es posible la santidad; nos desanima y pone obstáculos para crecer. El buen Espíritu nos alienta y anima.

· El enemigo se hace fuerte cuando condescendemos y se debilita cuando lo resistimos.

· El enemigo nos ataca por dónde estamos más débiles y desguarnecidos.

· El buen Espíritu produce alegría y gozo y remueve turbaciones y tristezas.

· El mal espíritu produce engaños, nos quiere turbar y hacer desconfiar.

· El buen Espíritu tiende a tocarnos suave y profundamente en el centro del alma.

· El mal espíritu tiende a ser bullicioso y movilizar las capas más superficiales (pensamientos y sentimientos).

· Las mociones del buen Espíritu en el principio, medio y fin nos inclinan al bien y a crecer hacia un bien mayor.

· Aunque comience bien, si en el medio o en el fin se percibe algún mal o se tiende a decrecer en el bien o el alma se distrae de Dios y se conturba es señal de que la moción proviene del mal espíritu.

· Discernir las mociones nos ayuda a conocer cómo actúa la gracia y cómo la tentación, capitalizando la experiencia para que nos ayude a discernir mejor en el futuro.

 

6) El discernimiento espiritual es un camino de conocimiento y aceptación de la propia persona. Nadie puede seguir a Jesús e intentar vivir a su estilo sin clarificar cuáles son sus capacidades y sus limitaciones, sin medir sus fuerzas, sin contar con su temperamento y con las condicionantes de su propia historia de vida. Por eso a veces el discernimiento se torna crudo: hay que aceptarse, hay que abrazarse, hay que amarse. No se puede caminar hacia la santidad queriendo ser otro que uno jamás podrá ser. Hay que poner la propia persona bajo la mirada de Jesús para que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos en vez de vivir quejándonos o decepcionándonos por lo que no podemos ser. Dios sabe quienes somos y quienes podemos llegar a ser; nosotros, muchas veces, nos auto-engañamos.

 

7) El cristiano obra por la fe y no por ideas o sentimientos. El cristiano actúa de acuerdo a lo que cree y no solo a lo que siente o piensa. En tiempo de desolación esta regla es vital para sobrevivir: aprender a obrar por convicción. No se hace el bien cuando se tiene ganas, ni se cultiva la vida espiritual cuando se tiene gusto. Se obra y se ora en relación con una Persona, con Jesucristo y nadie abandona a quien dice amar cuando las cosas no parecen andar como uno lo espera: tal amor sería o poco o falso. Discernir es aprender a vivir desde un nivel más profundo que los estados de ánimo, sentimientos, emociones, ideas u opiniones. Discernir es aprender a vivir desde la fe.

 

8) El Dios que se comunica y que gesta comunión no puede sugerirnos vivir a escondidas y aislados. Una de las grandes tentaciones de la vida espiritual es apartarse de Dios y de la comunidad. Cuando la moción interior nos induce a no compartir la vida con los hermanos, a no sacar a la luz nuestra situación de opresión interior o de pecado, a abandonar la relación con Dios en tiempo de esterilidad o a no acercarnos a la comunidad en tiempos de desolación, cuando nos hace creer que a Dios y a la Iglesia uno sólo puede acercarse cuando está bien y sin dificultades, cuando nos pinta el cuadro de que Dios y la comunidad nos van a rechazar debido a nuestras limitaciones o pecados y que sólo nos queda por delante el camino de quedarnos solos, esa moción no es de Dios. Seguirla nos conducirá a una situación peor: nuestra Vida en el Espíritu enfermará, agonizará y morirá. Tal situación sólo se salva haciendo lo contrario a lo sugerido, poniéndose bajo la luz de Dios, de la comunidad y del director espiritual.

· El enemigo desea actuar manteniéndose secreto y escondido pero huye cuando denunciamos la tentación a la que nos somete.

 

9) Se discierne para cuidar la gracia recibida y sus frutos. No se trata de que Dios nos regale con abundancia y nosotros derrochemos alocadamente. Discernir es aprender a cuidar la gracia recibida en tiempo de consolación de modo que no nos falte en tiempo de desolación. Cuando llegue el tiempo de la prueba y de la contradicción mejor es que nos encuentre firmes en Dios. Quien sabe cuidar lo que Dios le da no se quiebra ante la prueba sino que sale airoso, entero y crecido en gracia.

 

10) El discernimiento es un aprendizaje continuo. Nunca se termina de aprender a discernir: a) porque la Vida en el Espíritu crece y nos coloca frente a gracias y experiencias nuevas, b) porque nosotros mismos y las circunstancias de nuestra vida también cambian, c) porque no siempre aprendemos de los errores y podemos volver a repetirlos. El discernimiento espiritual es como una capitalización de experiencias a base de ensayo y error. A menudo la situación es comparable con otra ya vivida y eso nos facilita comprenderla. Cuanto más se ejercita el discernimiento mejor se discierne.


Los profetas y su vigencia hoy. Una mirada de síntesis (2)

 


Segundo tiempo

 

Un segundo momento en nuestro trayecto lo atravesamos junto al profeta Jeremías. Obviamente no desconocemos a otros profetas contemporáneos de este período. Todos han vivido un tiempo convulsionado y violento. Se han intercalado lapsos de intensa Reforma religiosa propiciada por el movimiento Deuteronomista y avalada por algunos monarcas, como también lapsos de monarcas más proclives a la cultura pagana y por ende permeables a todo tipo de prácticas idolátricas.

La caída del Reino del Norte bajo Asiria ha dejado al Reino del Sur como la única concreción de Israel en cuanto Pueblo elegido, reforzando el fervor nacionalista, la teología del único Templo en Jerusalén y la preeminencia de la dinastía davídica. Pero el decaimiento de Asiria que ha permitido un tiempo sin presiones externas rápidamente muta hacia el crecimiento vigoroso de Babilonia bajo cuya amenaza Judá sufrirá doble asedio y deportación.

Jeremías se levantará como el gran profeta de este período. Su vocación personal estará signada por la doble experiencia de la interioridad y del sufrimiento. La crisis será el hábitat constante de su profecía. Sobre todo con su propia vida dará testimonio de fidelidad a Dios en medio de las tribulaciones y persecuciones a las que de continuo será sometido. Se mostrará como quien joven y débil es capaz de ser instrumento de la obra purificadora del Señor, quien quiere plantar y desarraigar, edificar y destruir. Y podrá hacerlo justamente desde una profunda interioridad, por su actitud de ponerse delante de Dios cara a cara con desgarradora sinceridad. Y la gracia divina le sostendrá, una y otra vez lo relanzará a una misión conflictiva y polémica. Dios por el ministerio de Jeremías encarará a su Pueblo, le gritará la verdad que no quiere escuchar y lo llamará a una profunda conversión de corazón.

Ciertamente la Alianza pisoteada y rota por el persistente pecado del Pueblo será  restablecida como Alianza Nueva grabada y sellada en el corazón. Alianza nueva y Espíritu nuevo. Todo un proceso de interiorización de la Ley. Es hora de superar una práctica religiosa formalista y exterior que tenía resabios tanto de magia como de superstición y que no favorecía la responsabilidad personal; reemplazándola por una mística del vínculo personal con el Señor, por una espiritualidad en fuerte clave vocacional que permitirá también sustentar el paso necesario e ineludible por el sufrimiento purificador.

Ya en la vocación de Isaías la Santidad de Dios suponía la purgación del Pueblo como Resto Fiel. Ahora en Jeremías cada persona entiende que la Redención es inseparable de un proceso personal que supondrá fidelidad en el sufrimiento, a causa del misterio de iniquidad que se opone al plan de Dios y que cada hombre tendrá batalla en su interior. Su propio camino vocacional introducirá el misterioso sufrimiento expiatorio del Siervo de Yahvé y permitirá vislumbrar el designio escondido de un Mesías inmolado y oferente.

Sin duda la profecía de Jeremías constituye un crucial tiempo de gracia, una verdadera bisagra y salto de nivel en términos de espiritualidad. El Pueblo entero y cada hombre son llamados a una relación nueva y sincera con Dios, a un cara a cara marcado por la fidelidad y la conciencia de responsabilidad, a un amor maduro que se entregue sin reserva a su Señor, dispuesto pues a todo por Él y con Él.

 

No rescatarás sin poner tu propio cuerpo

 

La Cruz. Siempre la misma piedra de escándalo. ¿Por qué la Cruz? ¿No podríamos diseñar una Salvación sin ella? ¿Por qué debe quedar entrelazado, mientras peregrinamos en la historia, el amor al sufrimiento? ¿No existe algún camino para ascender a la cumbre de la Alianza que no requiera purificación alguna? ¿Por qué la exigencia de renuncia y entrega de la propia vida? ¿Por qué el Resucitado se aparece exhibiendo imprudentemente las llagas y heridas de su Pascua? ¡Escóndelas! ¡No las soportamos! ¡Solo deseamos olvidar la Cruz!

¡Cuán ignorantes somos aún de la ciencia y locura y sabiduría de la Cruz de Cristo! No acabamos de aceptar en toda su hondura el misterio del Amor que vence al misterio de la iniquidad. Hay cristianos que dudan de la existencia del Maligno y otros que no creen en la doctrina del pecado original. Hay cristianos que siguen esperando que Dios nos salve enteramente desde fuera y sin nosotros, como otros que postulan una suerte de salvación irrestricta y automática sin concurso de la libertad del hombre sino tan solo por la decisión unilateral de un omnipotente determinismo divino. Pero en el fondo son solo las excusas anestésicas de un inmenso mecanismo de negación. No queremos ver ni aceptar la realidad pues siempre termina en el misterio de la Cruz.

Y entonces, si el nihilismo que proclama la nada y el absurdo resulta demasiado angustiante y no es un camino fácilmente aceptable para estos cristianos ni para las amplias mayorías humanas que necesitan un final feliz para la historia, ¿qué opción habrá? Aparece aquí la oportunidad para una “religión globalista de la pos-verdad”, consumible a la carta y hasta con amplias opciones de diseño individual. Entre sus mayores prestaciones cuenta con la ausencia de antinaturales dogmatismos y con su capacidad de ofrecer una flexible, confortable y privatizada relatividad sin culpa. Por supuesto su mayor eficacia se orienta a disolver la absolutez de Jesucristo y remover para siempre el insoportable universo de la Cruz.

Es por eso que admiro tanto a Jeremías. Él se animó a ser sincero consigo mismo y gritarle a Dios cara a cara su amargura y el deseo de huir de tanto sufrimiento inentendible. Pero también fue valiente para seguirle sosteniendo la mirada y no cerrarse a sus palabras. Casi diríamos que luchó con Dios pero también que se dejó vencer. No pudo ni quiso rechazar el Fuego que le quemaba y encendía desde el hondo y secreto interior. Aceptó aquel Fuego impetuoso con todas sus irreversibles consecuencias. Una y otra vez resolvió aquella encrucijada en el sentido de la entrega de sí mismo a Dios, en el sentido de una fidelidad con apertura al Misterio que le sobrepasaba. Grabó el Señor una Alianza Nueva en su corazón, cambiado de piedra a carne, por su Espíritu. “Jeremías, no rescatarás sin poner tu propio cuerpo”. Y de esa manera le convirtió, por un amor sufriente para redención, en profecía viva del inesperado Mesías elevado en Cruz.

Dime tú Iglesia, ¿acaso has olvidado lo que los Apóstoles y Santos Padres bien reconocían y enseñaban? Dime tú cristiano, que has recibido la Nueva y definitiva Alianza – y por tanto gozas ya en primicias la plenitud de sus bienes-, ¿no te avergüenza que un profeta de la primera economía –quien aún esperaba lo que a ti se te ha manifestado- comprenda y viva más adecuadamente el misterio de la Salvación? No, no es hora de excusas sino del coraje de una vida teologal bien fundada. ¡Que la esperanza le sostenga la mirada a su Dios! ¡Que la fe preste oído obediente a su Palabra! ¡Que el amor se arroje confiado y se ponga enteramente entre sus manos! Y el Padre entonces nos dirá: “¡Configúrate a mi Hijo, pues a imagen y semejanza suya te he creado!” Soplará como siempre sorpresivo el Espíritu que resuelve encrucijadas. Y volverá a resonar la voz del Padre: “¡Aquí la Cruz, abrázala, abrázala!”

 

 


EVANGELIO DE FUEGO 30 de Julio de 2026