DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 63

 




EL EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES 

SEGÚN LA CARIDAD (I)

 

Estimadísimo padre, hermano, maestro, Apóstol San Pablo, tras manifestarnos el misterio de la Iglesia como comunión e invitarnos a considerar la caridad como el gran quicio de la vida comunitaria, ahora nos exhortas a un recto ejercicio de los dones y carismas que Dios nos otorga.

 

“Busquen la caridad; pero aspiren también a los dones espirituales, especialmente a la profecía. Pues el que habla en lengua no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie le entiende: dice en espíritu cosas misteriosas. Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua, se edifica a sí mismo; el que profetiza, edifica a toda la asamblea. Deseo que hablen todos en lenguas; prefiero, sin embargo, que profeticen. Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también interprete, para que la asamblea reciba edificación.”  1 Cor 14,1-5

 

Como ya habíamos anticipado, la comunidad de Corinto disfruta y sufre al mismo tiempo un intenso fenómeno carismático que se hace presente en las asambleas fraternas dedicadas a la oración o incluso quizás también a la Eucaristía. Cuando la comunidad se reúne para ponerse delante de Dios experimenta la acción del Espíritu Santo que como en Pentecostés unge, impulsa, enciende, ilumina y transforma. Sin embargo a San Pablo le parece que aquella experiencia se torna desordenada, quizás algo caótica. ¿Cómo dar criterios que permitan que la asamblea se desarrolle con una armonía en la que todos puedan resultar edificados y al mismo tiempo no imponer una disciplina que apague el Espíritu? Ya nos lo ha dicho en el centro de esta unidad teológica en el capítulo 13: la clave es la caridad.

También adelantamos que hay dos carismas que son muy valorados y que se expresan vigorosamente: el don de lenguas y la profecía. Ciertamente sería arduo intentar describir y reponer exactamente el sentido de estos dones en aquella circunstancia concreta. Accedemos humildemente desde la analogía con la experiencia espiritual de la Iglesia peregrina en tres milenios y en el más contemporáneo ejercicio de la renovación carismática, tanto reformada pentecostal como católica.

El don de lenguas es una comunicación en el Espíritu Santo que desde el orante asciende a Dios. Comúnmente se la ha denominado también “glosolalia”, es decir, la capacidad que tenemos de pronunciar y conectar sílabas en fórmulas ininteligibles. No se trata de hablar otros idiomas que desconocemos (sería posible a nivel infuso tanto esto como hablar nuestro idioma y que cada quien lo comprenda en el suyo, como en el relato de Pentecostés según Hechos). Aquí se nos refiere la aparición de un lenguaje ininteligible, digamos “místico”, un lenguaje para comunicarse con Dios más directo e intuitivo.

El don de lenguas es valioso a nivel espiritual para quien lo recibe, pues básicamente es la experiencia de una nueva libertad para el trato con Dios. Supone un cierto desatarse de moldes prefijados, un dejar el control en manos de las mociones espirituales, un cierto abandonarse y confiarse al Señor y ser regalado por una misteriosa comunicación que engendra en el alma tanto gozo como comunión. Cuando verdaderamente es el Espíritu quien lo derrama se percibe la suavidad de su unción y un contexto de armonía que incluso a veces en una asamblea genera interconexión entre varios orantes que lo ejercen. Pero también puede contaminarse y dar lugar a exaltaciones estruendosas y manifestaciones con tinte de desequilibrio. Lo que el Apóstol quiere marcar es que en el mejor de los casos le aprovecha al orante pero no tanto al resto de los hermanos. Una y otra vez insistirá con el término “edificación” que muestra que la caridad hace bien, produce frutos saludables y crecimiento en la comunión. El don de lenguas según San Pablo, cuando es auténtico y se ejerce según el Espiritu, edifica al orante mucho más que a la asamblea.

En cambio el carisma de profecía es justamente una palabra descendente desde Dios hacia los hombres. ¿A qué llamaban profecía? Difícil saberlo con exactitud. Pero conocemos que la Iglesia primitiva reconocía por ejemplo el ministerio de “profetas itinerantes” que iban de comunidad en comunidad predicando y enseñando. Digamos que tanto en aquel especialísimo carisma –conectado al ministerio apostólico- como en el contexto de la asamblea de oración o litúrgica, la profecía se trata de una “palabra ungida”. Puede tomar múltiples formas y no debe identificarse con éxtasis de videntes místicos. Quizás es una palabra de sabiduría o de consejo, o una palabra de exhortación a la conversión o de promesa de sanación y transformación por la Gracia, incluso una palabra que hace comprensible la historia y su devenir, quizás un discurso vibrante o predicación provocadora. Lo cierto es que la profecía es recibida como una palabra que viene de Dios. En esta palabra humana late y palpita la unción del Espíritu Santo, la voz Divina, la Sabiduría eterna.

Obviamente San Pablo prefiere este carisma por sobre el anterior. Pues aquí esta palabra comprensible -aunque seguramente deberá ser digerida en toda su profundidad-, es una locución cargada de sentido, que anuncia, explica y orienta. Claro que también este don puede contaminarse tanto por la regulación o manipulación interesada –conciente o no- del mensajero, tanto como por sus propias coordenadas personales de recepción y transmisión. Una palabra profética auténtica se reconoce por esa “unción espiritual” que la caracteriza y que le confiere simplicidad, luz y paz. Más allá de su contenido tiende a invitar a la consolación interior, a la libertad para entregarse a Dios y a confiar en su Gracia. Cuando no llega prístina sino embarrada con nuestros ruidos, suele manifestarse extravagante, algo compleja e intrincada, esotérica y pretenciosa. Obviamente provocará mas bien confusión, una insana curiosidad y un temor a lo oculto que limita y amenaza nuestra libertad. Como la verdadera profecía es muy valiosa en cuanto palabra ungida por el Señor, la falsa profecía es tremendamente riesgosa como palabra manipulada por el Demonio.

Volvamos a nuestro eje: la caridad. La caridad edifica. El don de lenguas edifica sobre todo al orante. El de profecía en cambio edifica indirectamente al humilde mensajero pero básicamente se dirige al provecho de la comunidad. En la lógica de Pablo pues en la profecía hay mayor amor. Aunque reconoce que puede darse otro carisma: el de interpretación de lenguas. Si lo recibe el mismo orante u otro hermano en la asamblea, logrando hacer inteligible para todos ese lenguaje místico de comunicación unitiva con Dios y de glorificación de su Señorío, entonces el don de lenguas se emparentaría al de profecía en su capacidad de edificación. Como sea el Apóstol nos invita a aspirar a los dones y carismas espirituales sabiendo que son regalos del Amor de Dios, ejercitándolos rectamente según su Caridad divina para el bien de toda la Iglesia.

 

 

DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 62

 


SI NO TENGO CARIDAD… NADA SOY, NADA APROVECHA

 

 

Ya anticipamos augusto San Pablo, que el misterio de la comunión de la Iglesia solo puede realizarse en, por y para el amor. En el exquisito desarrollo que sigue nos has presentado una de las páginas más bellas del Nuevo Testamento.

 

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” 1 Cor 13,1-7 

 

Verdaderamente no hay mucho por interpretar. Todo don o carisma, por excelente y encumbrado que parezca, no tiene substancia sin amor, sin caridad carece como de su alma, se vacía de sentido a tal punto que no aprovecha sino que estorba, introduce ruido y disturba. Como ya dijimos, lo que Dios dio para el bien de todos, mal ejercitado genera superposiciones, competencias, roces, tironeos, exhibicionismo, luchas por el protagonismo y la centralidad, un sinfín de males.

Al describir entonces las virtudes de una caridad que ejercita los carismas en bien de todo el cuerpo eclesial, nos señalas un horizonte claro de crecimiento como pautas muy concretas para revisar nuestras actitudes.

“La caridad es paciente.” Por tanto, el don que administro y el lugar que ocupo en la Iglesia, debo vivirlos como un proceso que requiere tiempo. Si me apuro o me retraso malograré la intervención. Amar significa acompasarme al ritmo de Dios, unirme al ritmo de paso que propone el Espíritu. Y ante todo darme cuenta que debo respetar el proceso de todos los miembros del Cuerpo. Ser paciente es dejar que el Señor conduzca, esperar a Dios, dejar que Él tenga la iniciativa y secundarlo.

“La caridad es servicial”. ¡Y qué mejor imagen podemos traer que la de Cristo abajándose para lavar los pies a sus discípulos! El carisma que he recibido debe arrodillarse frente al prójimo y frente a toda la comunidad. Un carisma ejercido humildemente tiene la suavidad y la eficacia del amor.

“La caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés.” Lo expresaría así: “el amor hace morir al yo”. Un don que Dios ha dado debe ser vivido según la Pascua del Señor porque de ella ha brotado. Son dones de la Pascua los que tengo entre mis manos. ¿Cómo pretendo hacer uso de ellos sin la Cruz? No me han sido ofrecidos para que me eleve sobre los demás, ni para competir con nadie, ni para pretender que todos pongan sus ojos en mí. Me han sido regalados para que haga donación y ofrenda de mi persona, uniéndome a Jesús en su Sacrificio de Amor. Si los dones del amor no me llevan a amar, simplemente se corrompen. Es verdad que a veces estoy herido y me veo tan pobre y tan poco estimado que quisiera poner en la vidriera los carismas personales para ser reconocido. Pero no, si los uso estando enfermo será enfermo mi ejercicio y enfermará por ello al Cuerpo. Primero deja que el Señor te sane y ordene, luego con libertad bien intencionada despliega los carismas –que en verdad son Suyos- según su plan y no el tuyo.

 “La caridad no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.” El amor obra el bien en la verdad. Cuando me irrito y ando masticando rencor, es que me he puesto por encima de mi hermano y me he sentido lesionado en algo, he visto amenazada mi posición. No soy pobre ni estoy entregado. Me he vuelto sobre mí mismo y me he ubicado en el centro y en lo alto. Es mi falsa omnipotencia herida la que habla por mi enojo.

Y cuando me alegro del mal que sufre otro, es que he puesto a mi hermano por debajo y miro placenteramente que sea inferior a mí, que la vida a él lo degrade y a mí me exalte me resulta ordenado y normal. Nunca he estado pues tan lejos de la Cruz y del Amor.

Lamentablemente a veces disponemos de los dones y carismas de Dios en modo prepotente. Más que ofrecerlos, los imponemos. Si al ejercitarlos no somos recibidos y honrados nos sentimos defraudados y ofendidos. Esa caricia del Espíritu que es un carisma, se ha transformado en mis manos atrofiadas en un arma para competir, distinguirme y vanagloriarme. Lo que fue dado para unir, se vuelve un elemento de división y contraposición. Lo que fue ofrecido para armonizar según el Espíritu, se ha desvirtuado en un factor de disgregación y desencuentro. Si los dones y carismas traen tristeza probablemente habrán sido contaminados de un mal espíritu.

La alegría del amor que se goza al ejercitar los dones y carismas de Dios es ésta: el amor se alegra cuando realiza el bien en la verdad.

“La caridad todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” ¡Que fiesta sería la Iglesia peregrina si lo que hemos recibido del Espíritu Santo realmente nos impulsara a excusar, creer, esperar y soportar. Entonces reinaría el Crucificado victorioso entre nosotros. Ese traspasado del cual brota como de una fuente la corriente inagotable del Espíritu.

 

“La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.” 1 Cor 13,8-13

 

Cuando aún somos inmaduros vivimos los dones y carismas de Dios como si fueran nuestros y en lugar de ponerlos al servicio del bien común los utilizamos para el propio interés. Nuestra inmadurez consiste en no poder salir del amor propio. Nos estamos buscando a nosotros mismos; no al hermano, no a Dios. No hemos podido atravesar las fronteras del yo. ¿A qué “nosotros” entonces podremos aspirar?

Llegada la hora de la madurez pasaremos por la Cruz. Solo al morir a nosotros mismos por amor podremos ser Iglesia. La entrega de la vida en el seguimiento del Señor es la clave indiscutible para vivir rectamente en el Espíritu.

Afirmamos que el amor no pasará jamás. Dios es Amor. Los dones y carismas con los que hemos sido adornados provienen de su Amor y son para amar. Son gracia. Gratuitamente nos han sido concedidos. Apenas los toque el interés se volverán un obstáculo. Mientras los sigamos recibiendo y ofreciendo humildemente serán una escalera para alcanzar el Amor que es comunión; comunión con el Misterio del Dios Amor en el misterio de la Iglesia llamada a participar de su Comunión.

 

 

EVANGELIO DE FUEGO 26 de Enero de 2026