Escritos espirituales y florecillas de oración personal. Contemplaciones teologales tanto bíblicas como sobre la actualidad eclesial.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 66
EL
TESTIMONIO APOSTÓLICO
“Les
recuerdo, hermanos, el Evangelio que les
prediqué, que han recibido y en el cual permanecen firmes, por el cual también
son salvados, si lo guardan tal como se lo prediqué... Si no, ¡habrían creído
en vano! Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que
Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y
que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y
luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de
los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a
Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció
también a mí, como a un abortivo.” 1 Cor 15,1-8
¡Impresionante
lucidez, San Pablo, la que el Señor te ha concedido! Encaminándote hacia el
final de tu epístola, quieres volver a remarcar lo que es verdaderamente
esencial y nos recuerdas lo verdaderamente importante y crucial. Nos recuerdas
el Evangelio que nos ha sido predicado y en el que hemos creído. Pero también
nos adviertes con fuerza que debemos permanecer firmes en él y guardarlo fielmente
tal cómo nos ha sido predicado por los primeros testigos escogidos por Dios.
En
nuestros días cabe una salvedad, pues al escuchar el término “Evangelio”
nosotros automáticamente pensamos en ese género literario del Nuevo Testamento
escrito en cuatro versiones consideradas canónicamente inspiradas, las de los
santos Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sin embargo en rigor, cuando San Pablo
escribe sus cartas, lo más seguro es que esas obras todavía no se hallen
publicadas como hoy las conocemos sino en proceso de formación. ¿A qué se
refiere pues el Apóstol entonces con “Evangelio”?
Resumidamente
para San Pablo, el Evangelio es el Misterio escondido en Dios y que ha sido
revelado para nuestra Salvación: Jesucristo. Y en el centro de la fe en
Jesucristo el acontecimiento de la Pascua, de su muerte y resurrección “por
nosotros” y concretamente “por nuestros pecados”. Y que todo esto había sido
anunciado y preparado proféticamente por el mismo Dios: “según las Escrituras”.
Además que el Señor resucitado y victorioso se ha aparecido a numerosos
testigos.
En
la Iglesia hoy conocemos como “kerygma o primer anuncio” esta predicación
intensa del Señor de la Pascua que posibilita el inicio de la fe. En la Iglesia
hoy advertimos que frente a un mundo crecientemente secularizado, en ambientes
ampliamente descristianizados y en una comunidad de fe marcada dramáticamente
por la apostasía, es urgente volver a realizar este primer anuncio de modo
vigoroso y encendido. ¿Tendremos hoy la fe necesaria para esta tarea? En la
Iglesia hoy solemos presentar el Evangelio como un elenco de pautas morales
acerca de las cuales también establecemos –so pretexto de falsa Misericordia-
multiplicidad de atenuaciones y dispensas que parecen a veces llegar a
convalidar el pecado. ¿Pero realmente nos atreveremos a intentar provocar un
encuentro decisivo con el Señor Jesucristo que le cambie la vida a las personas?
¿Más aún, en la Iglesia hoy todos o la gran mayoría de los discípulos hemos vivido
este encuentro con el Crucificado-Resucitado que nos ha transformado
radicalmente?
“Pues
yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber
perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y
la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que
todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Pues bien,
tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que han creído.” 1 Cor 15,9-11
¡Cuánta
humildad San Pablo en tus palabras! Como Apóstol te consideras un abortivo y el
último de todos porque anteriormente has perseguido a la Iglesia de Dios. ¡Qué
actitud penitencial sostenida en el tiempo la tuya, este constante pedir perdón
arrepentido por tu pecado! Pero también, ¡cuánto agradecimiento y confianza en
el Señor! “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido
estéril en mi.” Así el Apóstol como testigo, junto al resto del colegio
apostólico, se muestra como un hombre transformado, regenerado y rescatado por
el encuentro con Jesucristo y por obra de la gracia divina que ha acogido y
guardado con fidelidad. Entonces con credibilidad puede exhortarnos a nosotros
a recorrer el mismo camino de redención.
En
la Iglesia hoy, empero, a veces me pregunto si tenemos fe en la gracia de Dios.
Me sucede cuando escucho a media voz o abiertamente que el Evangelio no puede
ser vivido por todos o percibo que se intenta adaptarlo al espíritu de la época,
no traduciéndolo sino morigerándolo y quizás traicionándolo. ¿Un Evangelio a
nuestra medida y no a la medida de Dios es la tentación que sigue vigente?
“Pero nadie, por muy justificado que esté,
debe considerarse libre de la observancia de los mandamientos; nadie debe usar
ese dicho precipitado, prohibido por los padres bajo anatema, de que los
mandamientos de Dios son imposibles de observar para quien está justificado.
Porque Dios no manda imposibilidades, sino que, al mandar, te amonesta tanto a
hacer lo que puedes como a orar por lo que no puedes, y te ayuda para que
puedas ser capaz; cuyos mandamientos no son gravosos; cuyo yugo es suave y su
carga ligera. Porque quienes son hijos de Dios aman a Cristo; pero quienes lo
aman , como él mismo testifica, guardan sus mandamientos; lo cual, sin duda,
con la ayuda divina, pueden hacer. Porque, aunque en esta vida mortal los
hombres, por muy santos y justos que sean, a veces caen en pecados al menos
leves y cotidianos, también llamados veniales; sin embargo, no por eso dejan de
ser justos. Porque ese grito del justo: « Perdónanos nuestras ofensas», es
humilde y verdadero; Por lo tanto, los justos mismos deberían sentirse más
obligados a andar por el camino de la justicia, pues, habiendo sido ya
liberados de pecados, pero hechos siervos de Dios, pueden, viviendo sobria,
justa y piadosamente, seguir adelante por medio de Jesucristo, por quien han
tenido acceso a esa gracia.”
CONCILIO DE TRENTO, Sesión
VI Sobre la Justificación, Capítulo XI Sobre la observancia de los mandamientos
y sobre su necesidad y posibilidad.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 65
EL
EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES SEGÚN LA CARIDAD (III)
Augusto
Pablo, santo Apóstol del Señor, continuamos ahondando pues en tus orientaciones
caritativas.
“Hermanos,
no sean niños en juicio. Sean niños en malicia, pero hombres maduros en juicio.
Está escrito en la Ley: Por hombres de lenguas extrañas y por boca de extraños
hablaré yo a este pueblo, y ni así me escucharán, dice el Señor. Así pues, las
lenguas sirven de señal no para los creyentes, sino para los infieles; en
cambio la profecía, no para los infieles, sino para los creyentes. Si, pues, se
reúne toda la asamblea y todos hablan en lenguas y entran en ella no iniciados o
infieles, ¿no dirán que están locos? Por el contrario, si todos profetizan y
entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos.
Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en
tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre ustedes.”
1 Cor 14,20-25
Con
juego dialéctico afirmas que para los no creyentes el don de lenguas puede ser
una señal, un llamado de atención o un motivo de curiosidad que los acerque.
Para el creyente no le aporta nada nuevo, pues ya conoce y ha experimentado el
poder de Dios. A la par notas que el don de lenguas –como todo lo
extraordinario- puede conducir a reacciones diversas: mientras a unos les sirve
de señal que introduce, a otros les aleja y espanta en su manifestación ininteligible.
Por tanto a todos, creyentes y no creyentes, les conviene más el don de
profecía, esa palabra ungida en el Espíritu que abre y discierne los corazones,
que enseña la Voluntad divina y hace audible y comprensible en la comunidad de
fe la Palabra Santa del mismísimo Señor.
No
puedo evitar realizar esta aplicación a nuestros días –como ya he dicho- tan
marcadamente emocionalistas. Análogamente a estas manifestaciones carismáticas
que estamos considerando, a menudo en nuestras iniciativas de evangelización
cobra gran relevancia el elemento con el cual se quiere captar la atención,
atraer y seducir. El “gancho o anzuelo” en términos coloquiales o en términos
retoróricos, la “captatio benevolentiae”. Una cierta espectacularidad parece
necesaria para iniciar el diálogo con quien se mueve por lo extraordinario,
novedoso o emocionalmente intenso. No tengo objeciones al respecto pues Dios
también usa lenguajes más sensibles al comienzo de una experiencia espiritual,
tanto para indicar su Presencia a quien no está acostumbrado a tratarlo como
para ofrecer aquellos consuelos que alienten el inicio del caminar.
Podría
ser dificultoso claro, si nuestro modo de proceder se emparejase a las
estrategias de venta o se inclinara a la manipulación. Pero ciertamente lo más
riesgoso y habitual en nuestros días es que después de ese elemento atrayente y
estimulante, no suele introducirse ninguna palabra profundizadora, ninguna
enseñanza transformadora, ningún proceso de purificación y maduración. El emocionalismo
y la búsqueda de un constante estado de bienestar y confort, hacen de la “crisis”
un tabú innombrable. La necesidad de atravesar “el desierto y la noche” –clásicas
imágenes espirituales-, es rechazada y se exacerban los esfuerzos por
introducir incesantes estímulos para que la persona “se mantenga arriba y no
decaiga”. Se trata de una espiritualidad tipo “adictiva” que ni propone ni
permite un verdadero proceso de crecimiento y maduración.
En
clave de analogía diríamos: en nuestro tiempo solo “se habla en lenguas”
llamativas y extravagantes pero la dimensión de la palabra profética que trae
el lenguaje de la conversión permanente y de la Cruz o se ignora o se oculta.
“¿Qué
concluir, hermanos? Cuando se reunen, cada cual puede tener un salmo, una
instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero
que todo sea para edificación. Si se habla en lengua, que hablen dos, o a lo
más, tres, y por turno; y que haya un interprete. Si no hay quien interprete,
guárdese silencio en la asamblea; hable cada cual consigo mismo y con Dios. En
cuanto a los profetas, hablen dos o tres, y los demás juzguen. Si algún otro
que está sentado tiene una revelación, cállese el primero. Pues pueden
profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados. Los
espíritus de los profetas están sometidos a los profetas, pues Dios no es un
Dios de confusión, sino de paz.” 1 Cor 14,26-33
Todo
está dicho y no queda sino relevar la constante insistencia paulina en ejercer
los dones espirituales para el bien y edificación de todos según la Caridad.
Tal vez algunas indicaciones de orden acerca de intervenir rotativamente y por
turno puedan a algunos parecerles exageradamente normativas y racionales. Estoy
seguro que no faltará quien diga que es un intento de aprisionar y contener la
libre manifestación del Espíritu. Mi experiencia personal en grupos y asambleas
de oración con este estilo más espontáneo y carismático, es que bajo pretexto
de libertad suele surgir una confusa anarquía. En el fondo rigen los
protagonismos, la exhibición, un excesivo personalismo y variadas “contaminaciones”
por inmadureces psicológicas, morales o espirituales. En cambio cuando las
personas que participan en la asamblea de oración tienen recta intención de
buscar la alianza con Dios y fraterna, cuando son humildes y anteponen el bien
del prójimo y el de la comunidad al propio, soy testigo que el Espíritu Santo
apoya y profundiza esas motivaciones genuinas y logra conducir a todos hacia un
misterioso latir al unísono, hacia una serenidad que fluye en desbordante gozo
interior y hacia una comunión que nadie afirmaría que es fruto primario de
nuestra acción sino regalo, o sea don de Dios en medio nuestro.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 64
EL
EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES SEGÚN LA CARIDAD (II)
“Y
ahora, hermanos, supongamos que yo vaya donde ustedes hablándoles en lenguas,
¿qué les aprovecharía yo, si mi palabra no les trajese ni revelación ni ciencia
ni profecía ni enseñanza? Así sucede con los instrumentos de música inanimados,
tales como la flauta o la cítara. Si no dan distintamente los sonidos, ¿cómo se
conocerá lo que toca la flauta o la cítara? Y si la trompeta no da sino un
sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?” 1 Cor 14,6-8
Es
pues, de sentido común, tu practicidad apostólica queridísimo San Pablo.
“Así
también ustedes: si al hablar no pronuncian palabras inteligibles, ¿cómo se
entenderá lo que dicen? Es como si hablaran al viento. Hay en el mundo no sé
cuántas variedades de lenguas, y nada hay sin lenguaje. Mas si yo desconozco el valor del lenguaje
seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro para mí.
Así pues, ya que aspiran a los dones espirituales, procuren abundar en ellos
para la edificación de la asamblea. Por tanto, el que habla en lengua, pida el
don de interpretar. Porque si oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi mente
queda sin fruto.” 1 Cor 14,9-14
No
se trata de no aspirar a los dones espirituales sino de ordenarlos al bien de
la comunión y al servicio de la asamblea. El don de lenguas puede ser una
experiencia consoladora para quien lo recibe y ejercita pero… ¿qué bien le
aporta a los demás? Lo que San Pablo está delicadamente señalando es que puede
haber un uso egocéntrico de los dones espirituales, una autosatisfacción
narcisista en las sombras. ¿O acaso no hemos descubierto en nosotros mismos y
en los demás que a veces caemos en la tentación de una suerte de ostentación y
exhibición de los dones de Dios? Queremos mostrarlos y que se vea que somos
portadores de los mismos. No es aquí la caridad quien regula su ejercicio, la
caridad que permanece humilde y si es posible prefiere actuar discretamente y
casi en lo escondido; sino la autoestima quien manda. Ya no se orientan a la
edificación de los hermanos sino a la autocomplacencia y al deseo de
reconocimiento.
Observemos
cómo San Pablo insiste sobre la inteligibilidad en la comunicación de los
dones, es decir, que su ejercicio aporte sentido e incluso pueda tener valor
docente. Y entonces, ¿por qué aquella comunidad se sentía tan fascinada y
cotizaba tan alto el don de lenguas? En principio esto sigue sucediendo en las
contemporáneas “manifestaciones carismáticas” del Espíritu. Uno ha conocido
grupos y movimientos de oración en común que se inclinan a creer que si el don
de lenguas se hace presente es signo inequívoco de la acción del Espíritu
Santo; a la par piensan que si no se “derrama” aún el Espíritu Santo no nos
unge y suele interpretarse que las personas se resisten a su operación. Un tal
discernimiento es simplista e inmaduro y depende del gusto preponderante por lo
extraordinario. Lo extravagante e inusual sorprende y causa admiración a muchos
como a otros los espanta y atemoriza.
“Entonces,
¿qué hacer? Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré
salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente. Porque si no
bendices más que con el espíritu ¿cómo dirá «amén» a tu acción de gracias el
que ocupa el lugar del no iniciado, pues no sabe lo que dices? ¡Cierto!, tu
acción de gracias es excelente; pero el otro no se edifica. Doy gracias a Dios
porque hablo en lenguas más que todos ustedes; pero en la asamblea, prefiero
decir cinco palabras con mi mente, para instruir a los demás, que 10.000 en
lengua.” 1 Cor 14,15-19
Ciertamente
en nuestros días, claramente volcados al emocionalismo religioso, la palabra
inteligente y el discurso correctamente articulado y lleno de sentido, no suelen
ser lo más habitual. Mas bien imperan los gestos, los slogans y todo tipo de
recursos de alto impacto afectivo que movilicen, sensibilicen y exalten los
ánimos. Por eso ésta consideración paulina es tan importante –más allá del caso
específico del don de lenguas- para nosotros hoy. Cuando tendamos a creer que
lo único importante en la oración y el culto es lo que se “siente” intentemos
equilibrar la situación. Como personas somos tanto una realidad afectiva como
racional. En cada quien esta ecuación adopta correspondencias y preponderancias
diversas pero no se puede ni quitar la inteligencia ni negar la pasión. No se
trata de elevar una plegaria inteligible pero fría y complicada o una cargada
de sensibilidad pero caótica y superficial. Se trata de elevar una plegaria
desde mi persona integrada de cara al Señor y por su Gracia que ordena, sana y
eleva. Se trata de hacer de mi misma persona una plegaria viva en el Espíritu.
En
este sentido me permito esta aclaración: en la experiencia mística cristiana ni
la inteligencia ni la afectividad son negadas pero ciertamente son purificadas
y elevadas para ser capaces del lenguaje misterioso y donado de la Unión con
Dios. Por eso orar en el Espíritu y con Él es ingresar en un terreno inefable
donde es tanta la riqueza contemplada y tan excedente el encuentro vivido que
también inteligencia y afectividad se postran humildemente, y en Gracia perciben
más allá de lo esperable y entran descalzas en una Comunión más allá claro del lenguaje humano.
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