EL
EJERCICIO DE LOS DONES ESPIRITUALES SEGÚN LA CARIDAD (III)
Augusto
Pablo, santo Apóstol del Señor, continuamos ahondando pues en tus orientaciones
caritativas.
“Hermanos,
no sean niños en juicio. Sean niños en malicia, pero hombres maduros en juicio.
Está escrito en la Ley: Por hombres de lenguas extrañas y por boca de extraños
hablaré yo a este pueblo, y ni así me escucharán, dice el Señor. Así pues, las
lenguas sirven de señal no para los creyentes, sino para los infieles; en
cambio la profecía, no para los infieles, sino para los creyentes. Si, pues, se
reúne toda la asamblea y todos hablan en lenguas y entran en ella no iniciados o
infieles, ¿no dirán que están locos? Por el contrario, si todos profetizan y
entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos.
Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en
tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre ustedes.”
1 Cor 14,20-25
Con
juego dialéctico afirmas que para los no creyentes el don de lenguas puede ser
una señal, un llamado de atención o un motivo de curiosidad que los acerque.
Para el creyente no le aporta nada nuevo, pues ya conoce y ha experimentado el
poder de Dios. A la par notas que el don de lenguas –como todo lo
extraordinario- puede conducir a reacciones diversas: mientras a unos les sirve
de señal que introduce, a otros les aleja y espanta en su manifestación ininteligible.
Por tanto a todos, creyentes y no creyentes, les conviene más el don de
profecía, esa palabra ungida en el Espíritu que abre y discierne los corazones,
que enseña la Voluntad divina y hace audible y comprensible en la comunidad de
fe la Palabra Santa del mismísimo Señor.
No
puedo evitar realizar esta aplicación a nuestros días –como ya he dicho- tan
marcadamente emocionalistas. Análogamente a estas manifestaciones carismáticas
que estamos considerando, a menudo en nuestras iniciativas de evangelización
cobra gran relevancia el elemento con el cual se quiere captar la atención,
atraer y seducir. El “gancho o anzuelo” en términos coloquiales o en términos
retoróricos, la “captatio benevolentiae”. Una cierta espectacularidad parece
necesaria para iniciar el diálogo con quien se mueve por lo extraordinario,
novedoso o emocionalmente intenso. No tengo objeciones al respecto pues Dios
también usa lenguajes más sensibles al comienzo de una experiencia espiritual,
tanto para indicar su Presencia a quien no está acostumbrado a tratarlo como
para ofrecer aquellos consuelos que alienten el inicio del caminar.
Podría
ser dificultoso claro, si nuestro modo de proceder se emparejase a las
estrategias de venta o se inclinara a la manipulación. Pero ciertamente lo más
riesgoso y habitual en nuestros días es que después de ese elemento atrayente y
estimulante, no suele introducirse ninguna palabra profundizadora, ninguna
enseñanza transformadora, ningún proceso de purificación y maduración. El emocionalismo
y la búsqueda de un constante estado de bienestar y confort, hacen de la “crisis”
un tabú innombrable. La necesidad de atravesar “el desierto y la noche” –clásicas
imágenes espirituales-, es rechazada y se exacerban los esfuerzos por
introducir incesantes estímulos para que la persona “se mantenga arriba y no
decaiga”. Se trata de una espiritualidad tipo “adictiva” que ni propone ni
permite un verdadero proceso de crecimiento y maduración.
En
clave de analogía diríamos: en nuestro tiempo solo “se habla en lenguas”
llamativas y extravagantes pero la dimensión de la palabra profética que trae
el lenguaje de la conversión permanente y de la Cruz o se ignora o se oculta.
“¿Qué
concluir, hermanos? Cuando se reunen, cada cual puede tener un salmo, una
instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero
que todo sea para edificación. Si se habla en lengua, que hablen dos, o a lo
más, tres, y por turno; y que haya un interprete. Si no hay quien interprete,
guárdese silencio en la asamblea; hable cada cual consigo mismo y con Dios. En
cuanto a los profetas, hablen dos o tres, y los demás juzguen. Si algún otro
que está sentado tiene una revelación, cállese el primero. Pues pueden
profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados. Los
espíritus de los profetas están sometidos a los profetas, pues Dios no es un
Dios de confusión, sino de paz.” 1 Cor 14,26-33
Todo
está dicho y no queda sino relevar la constante insistencia paulina en ejercer
los dones espirituales para el bien y edificación de todos según la Caridad.
Tal vez algunas indicaciones de orden acerca de intervenir rotativamente y por
turno puedan a algunos parecerles exageradamente normativas y racionales. Estoy
seguro que no faltará quien diga que es un intento de aprisionar y contener la
libre manifestación del Espíritu. Mi experiencia personal en grupos y asambleas
de oración con este estilo más espontáneo y carismático, es que bajo pretexto
de libertad suele surgir una confusa anarquía. En el fondo rigen los
protagonismos, la exhibición, un excesivo personalismo y variadas “contaminaciones”
por inmadureces psicológicas, morales o espirituales. En cambio cuando las
personas que participan en la asamblea de oración tienen recta intención de
buscar la alianza con Dios y fraterna, cuando son humildes y anteponen el bien
del prójimo y el de la comunidad al propio, soy testigo que el Espíritu Santo
apoya y profundiza esas motivaciones genuinas y logra conducir a todos hacia un
misterioso latir al unísono, hacia una serenidad que fluye en desbordante gozo
interior y hacia una comunión que nadie afirmaría que es fruto primario de
nuestra acción sino regalo, o sea don de Dios en medio nuestro.

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