DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 71

 




UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (V)

 

Estimadísimo y queridísimo San Pablo, concluímos con este diálogo tu enseñanza sobre la resurrección y nuestro tránsito por tu primera carta a los Corintios.

 

“¡Miren! Les revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.”  1 Cor 15,51-52

 

Evidentemente, sabio Apóstol del Señor, te refieres al contexto de la segunda venida gloriosa de Cristo en el final de los tiempos. Todos los de Cristo serán transformados por la gracia y participación en su Resurrección. Los muertos resurgirán y los que queden vivos a su arribo serán también transfigurados. Sabemos que te refieres a esto, aunque ahora no vayamos a citarlo, pues en una epístola cronológicamente anterior dirigida a los de Tesalónica, has tratado este tema bajo las mismas imágenes y de un modo más extenso. ¡Ese sonido de la trompeta! Es el preludio de la proclamación de una victoria, del ingreso triunfante de Aquel que vuelve glorioso.

 

“En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” 1 Cor 15,53-55

 

Al respecto no queda más que alabar a Dios y experimentar un gran consuelo: para quienes permanecen unidos a Cristo la muerte ha sido vencida. Si en el Señor está nuestra vida, Él será Vida nuestra.

Pero también cabe lamentablemente considerar que nuestros tiempos no destacan por una serena experiencia de la muerte. Es que hace tiempo los días del hombre se han ido vaciando de esperanza. Los motivos son diversos: el debilitamiento de la fe y la escasa elaboración del horizonte escatológico en la predicación, catequesis y vida del cristiano, probablemente son los más destacados.

Muchos cristianos contemporáneos viven como todos los demás, concentrados exclusivamente en la experiencia histórica y sin horizonte de trascendencia. ¡Tan aferrados a esta vida temporal, tan desconocedores de la Vida del mundo futuro, cómo no sentir terror ante la muerte! Por eso no es nada inusual, como sacerdote lo sé muy bien, presenciar procesos cada vez más angustiosos de no pocos bautizados frente a la enfermedad y la muerte propia, las tremendas dificultades para elaborar el duelo de los que amamos y han partido.

Un preludio significativo se percibe en una ancianidad vivida de modo poco virtuoso. ¡Cuántos son los que envejecen amargados y faltos de generosidad; aferrados a la vida y a la vigencia en el protagonismo,  mezquinos y obstaculizadores de las generaciones que les suceden! ¿Cómo han llegado a esta etapa de su vida cristiana sin saber entregar la vida y hacerlo con alegría y esperanza? ¿Cuál es realmente su fe en Cristo? ¿Qué fe tienen en la Pascua, misterio de Cruz y Resurrección?

 

“El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así pues, hermanos míos amados, manténganse firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo no es vano en el Señor.” 1 Cor 15,56-58

 

El pecado y la muerte están correlacionadas. Pero el Señor Jesús ha vencido al pecado y a la muerte. A lo largo de dos milenios una multitud incontable de creyentes ha vivido y ha entregado su vida sin reservas al Evangelio, fundados en esta gozosa confianza. ¡Sumémonos todos nosotros a ellos! Al fin y al cabo para que el pecado y la muerte sean vencidos en nosotros, triunfo que en esperanza ya ha sido introducido por el Bautismo, sólo nos resta permanecer en Cristo, estar en Él, nunca separarnos y cultivar cotidianamente esta bendita unión con Él! Su Resurrección nos hace participar de su Vida Nueva. Vivir resucitados pues es vivir santamente. La santidad de vida es la mejor y más segura forma de enfrentarnos con nuestra próxima muerte corporal. ¡Entonces seremos transformados y participaremos definitivamente de su Victoria!

 

 

DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 70

 


UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (IV)

 

 “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta.  Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar.” 1 Cor 15,35-38

 

Estimado Maestro de la Fe, Apóstol San Pablo, nos sigues esclareciendo acerca del misterio de la Resurrección. En el fondo de tu enseñanza nos muestras que se trata de una “transformación”. El ejemplo es simple pero contundente: este cuerpo que hoy tenemos y somos en la historia es como un grano que tras ser enterrado produce la planta y los frutos. Nadie viendo un grano por primera vez puede anticipar la planta que llegará a ser. La planta futura ya está en el grano, en su desarrollo el grano desaparece o “muere” bajo la tierra y aflora a la superficie la novedad de la planta y sus frutos. Así este cuerpo mortal y corruptible contiene el cuerpo resucitado pero habrá un proceso de transformación entre este cuerpo terreno y el bienaventurado cuerpo celeste.

En la disciplina teológica conocida como “escatología”, o sea el tratado sobre el final de los tiempos en la segunda venida gloriosa de Cristo y la realidad de la Vida o Bienaventuranza Eterna, suele afirmarse que entre el acá de la historia y el más allá, existe a la vez continuidad y ruptura. Continuidad en el sentido de la misma identidad pero ruptura en cuanto a un proceso de transfiguración novedoso, luminoso, desbordante y sorprendente. Obviamente hay un cambio de nivel y una plenitud o consumación de la imagen y semejanza con Dios en la cual fuimos creados.

Por ejemplo, es interesante ver como en los relatos evangélicos de las apariciones del Señor Resucitado no siempre sus discípulos lo reconocen. Es Él mismo pero su cuerpo ahora destella toda la victoria de la Resurrección y es más capaz de transparentar la Gloria divina del Hijo. Esa carne o cuerpo asumido en la Encarnación junto a un alma humana, unido a la Persona Divina del Hijo-Logos, ahora resucitado parece capaz de realizar apariciones en ambientes cerrados o de estar presente sin dificultades en múltiples lugares y con distintas personas. Causa en quienes lo contemplan el asombro y la necesidad de tocar sus llagas o de verlo ingerir alimentos para dar crédito de su realidad pero también provoca una inmensa alegría y un profundo entendimiento de la envergadura de su victoria sobre la muerte.

 

“No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los cuerpos terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor. Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción;  se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.” 1 Cor 15,39-44

 

No es ahora tiempo de ahondar en cuestiones cruciales del pensamiento cristiano contemporáneo. Me limito a una breve indicación. Solemos afirmar que del medioevo a la modernidad transitamos de una concepción teocéntrica a una antropocéntrica. Diría más, de una primacía escatológica que tenía como fin último la Gloria,  a una inmanencia mundana que en el fondo es solipsista y nihilista. “Todo acaba acá y no hay un más allá”, es la cantilena que se ejecuta constantemente en la cultura racionalista, que en todo caso en el idealismo intenta divinizar intramundanamente la historia. Quiero decir, que en nuestros días creemos que lo real es el aquí y ahora de la historia que pasa. Sin embargo en la fe cristiana la realidad más sólida y definitiva, lo más plenamente real, es el mundo futuro y estos días una sombra y apenas un reflejo de una herencia que ya incoada aún no se goza sino en primicias que aguardan consumación. No tengo dudas que el pensamiento cristiano contemporáneo, impactado por la modernidad, se ha desvinculado dramáticamente de la primacía escatológica. El olvido del fin último, la debilidad del dinamismo teleológico, constituyen entre nosotros un verdadero pecado contra la esperanza. Hemos –con o sin conciencia, Dios lo sabe- criado un cristianismo atrapado en lo inconsistente y que ya no aspira a las realidades últimas, las que dan sentido y que son donadas gratuitamente en su amor misericordioso y salvífico por el Señor de la historia. Terráqueos y no celestes resultan una innumerable multitud de malogrados cristianos de hoy.

 

“En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste. Les digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos: ni la corrupción hereda la incorrupción.” 1 Cor 15,45-50

 

Lamentablemente el estilo de publicación y el auditorio al que me dirijo habitualmente, no me permiten explayarme como quisiera en temáticas filosóficas y teológicas subyacentes que son demasiado técnicas y académicas. Sin embargo creo poder decirlo de un modo simple así: es inevitable que nuestra primera mirada sea como miramos los hombres, sin embargo debemos ser alcanzados por otra mirada, como mira Dios. En cierto tiempo esto se expresó con el binomio natural-sobrenatural. La razón humana, que tiene la potencia que Dios le ha dado sin embargo experimenta sus límites. Debe abrirse humildemente y dejarse conducir por la luz de la Fe. Toda la ciencia del hombre podrá elaborar una mirada humana del cosmos y su sentido, y quizás cuando hay recta intención tocar el umbral del Misterio que la sobrepasa. Solo la ciencia de Dios, comunicada gratuitamente en la Revelación cristiana, le hará conocer al hombre el plan de su Creador y Redentor, el sentido último de todas las cosas y el tesoro de Gloria al cuál es convocado. Sin la Fe este salto de nivel permanece inaccesible y la mirada terráquea no acierta a apuntar claramente en dirección a la eternidad celeste. Nuestra fe en la Resurrección de Jesucristo y en la nuestra en Él, nos habilita el camino para pasar de este mundo que pasa al Padre que permanece.

Finalmente, como otras veces, me permito citar algunos pasajes del catecismo de la Iglesia Católica que pueden orientarnos.

 

Nº 990  El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8,11) volverán a tener vida.

 

Nº 991  Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella".

 

Nº 997  ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

 

Nº 1000  Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la  invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía,  constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros  cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección.” [San Ireneo de Lyon]




EVANGELIO DE FUEGO 16 de Mayo de 2026