DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 70

 


UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (IV)

 

 “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta.  Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar.” 1 Cor 15,35-38

 

Estimado Maestro de la Fe, Apóstol San Pablo, nos sigues esclareciendo acerca del misterio de la Resurrección. En el fondo de tu enseñanza nos muestras que se trata de una “transformación”. El ejemplo es simple pero contundente: este cuerpo que hoy tenemos y somos en la historia es como un grano que tras ser enterrado produce la planta y los frutos. Nadie viendo un grano por primera vez puede anticipar la planta que llegará a ser. La planta futura ya está en el grano, en su desarrollo el grano desaparece o “muere” bajo la tierra y aflora a la superficie la novedad de la planta y sus frutos. Así este cuerpo mortal y corruptible contiene el cuerpo resucitado pero habrá un proceso de transformación entre este cuerpo terreno y el bienaventurado cuerpo celeste.

En la disciplina teológica conocida como “escatología”, o sea el tratado sobre el final de los tiempos en la segunda venida gloriosa de Cristo y la realidad de la Vida o Bienaventuranza Eterna, suele afirmarse que entre el acá de la historia y el más allá, existe a la vez continuidad y ruptura. Continuidad en el sentido de la misma identidad pero ruptura en cuanto a un proceso de transfiguración novedoso, luminoso, desbordante y sorprendente. Obviamente hay un cambio de nivel y una plenitud o consumación de la imagen y semejanza con Dios en la cual fuimos creados.

Por ejemplo, es interesante ver como en los relatos evangélicos de las apariciones del Señor Resucitado no siempre sus discípulos lo reconocen. Es Él mismo pero su cuerpo ahora destella toda la victoria de la Resurrección y es más capaz de transparentar la Gloria divina del Hijo. Esa carne o cuerpo asumido en la Encarnación junto a un alma humana, unido a la Persona Divina del Hijo-Logos, ahora resucitado parece capaz de realizar apariciones en ambientes cerrados o de estar presente sin dificultades en múltiples lugares y con distintas personas. Causa en quienes lo contemplan el asombro y la necesidad de tocar sus llagas o de verlo ingerir alimentos para dar crédito de su realidad pero también provoca una inmensa alegría y un profundo entendimiento de la envergadura de su victoria sobre la muerte.

 

“No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los cuerpos terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor. Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción;  se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.” 1 Cor 15,39-44

 

No es ahora tiempo de ahondar en cuestiones cruciales del pensamiento cristiano contemporáneo. Me limito a una breve indicación. Solemos afirmar que del medioevo a la modernidad transitamos de una concepción teocéntrica a una antropocéntrica. Diría más, de una primacía escatológica que tenía como fin último la Gloria,  a una inmanencia mundana que en el fondo es solipsista y nihilista. “Todo acaba acá y no hay un más allá”, es la cantilena que se ejecuta constantemente en la cultura racionalista, que en todo caso en el idealismo intenta divinizar intramundanamente la historia. Quiero decir, que en nuestros días creemos que lo real es el aquí y ahora de la historia que pasa. Sin embargo en la fe cristiana la realidad más sólida y definitiva, lo más plenamente real, es el mundo futuro y estos días una sombra y apenas un reflejo de una herencia que ya incoada aún no se goza sino en primicias que aguardan consumación. No tengo dudas que el pensamiento cristiano contemporáneo, impactado por la modernidad, se ha desvinculado dramáticamente de la primacía escatológica. El olvido del fin último, la debilidad del dinamismo teleológico, constituyen entre nosotros un verdadero pecado contra la esperanza. Hemos –con o sin conciencia, Dios lo sabe- criado un cristianismo atrapado en lo inconsistente y que ya no aspira a las realidades últimas, las que dan sentido y que son donadas gratuitamente en su amor misericordioso y salvífico por el Señor de la historia. Terráqueos y no celestes resultan una innumerable multitud de malogrados cristianos de hoy.

 

“En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste. Les digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos: ni la corrupción hereda la incorrupción.” 1 Cor 15,45-50

 

Lamentablemente el estilo de publicación y el auditorio al que me dirijo habitualmente, no me permiten explayarme como quisiera en temáticas filosóficas y teológicas subyacentes que son demasiado técnicas y académicas. Sin embargo creo poder decirlo de un modo simple así: es inevitable que nuestra primera mirada sea como miramos los hombres, sin embargo debemos ser alcanzados por otra mirada, como mira Dios. En cierto tiempo esto se expresó con el binomio natural-sobrenatural. La razón humana, que tiene la potencia que Dios le ha dado sin embargo experimenta sus límites. Debe abrirse humildemente y dejarse conducir por la luz de la Fe. Toda la ciencia del hombre podrá elaborar una mirada humana del cosmos y su sentido, y quizás cuando hay recta intención tocar el umbral del Misterio que la sobrepasa. Solo la ciencia de Dios, comunicada gratuitamente en la Revelación cristiana, le hará conocer al hombre el plan de su Creador y Redentor, el sentido último de todas las cosas y el tesoro de Gloria al cuál es convocado. Sin la Fe este salto de nivel permanece inaccesible y la mirada terráquea no acierta a apuntar claramente en dirección a la eternidad celeste. Nuestra fe en la Resurrección de Jesucristo y en la nuestra en Él, nos habilita el camino para pasar de este mundo que pasa al Padre que permanece.

Finalmente, como otras veces, me permito citar algunos pasajes del catecismo de la Iglesia Católica que pueden orientarnos.

 

Nº 990  El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8,11) volverán a tener vida.

 

Nº 991  Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella".

 

Nº 997  ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

 

Nº 1000  Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la  invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía,  constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros  cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección.” [San Ireneo de Lyon]




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