DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 68

 


UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (II)

 

“Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando diga que «todo está sometido», es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.” 1 Cor 15,21-28

 

Querido San Pablo, una vez más nos propones esa clave interpretativa tan tuya: Adán-Cristo. Adán por el pecado y la muerte, Cristo por la santidad y la vida. Creer en Cristo es un itinerario en el cual dejamos atrás a Adán (el hombre viejo) y revivimos con Cristo (el Hombre nuevo). El marco semántico de la Resurrección como resurgimiento, ascensión o exaltación desde los inicios de la Iglesia queda conexo al Bautismo como reengendramiento, nuevo nacimiento o renovación. La Vida de Cristo en nosotros. La Pascua como misterio central de la gracia transformadora concedida misericordiosa y gratuitamente al Adán caído para que reciba el germen que le anima a ascender hacia el Adán Celeste.

Ahora bien, luego introduce el queridísimo Apóstol de Dios, una cierta diferenciación jerárquica: la Resurrección se dice propiamente de Cristo, el Verbo eterno que ha descendido a la temporalidad asumiendo una naturaleza humana. Por motivo de la Encarnación pués se vuelve primicias, es decir, tanto novedad y adelanto de la obra que se promete a los renacidos por la fe, como también primer e inmejorable fruto ofrecido al Padre. Sobre esta dimensión cúltica del pasaje volveremos luego.

Pero también resurrección se dice de los que son de Cristo en el horizonte de su Venida. Según ya vimos, la resurrección pertenece al ámbito de la escatología y por tanto del mundo futuro. La resurrección de los creyentes –que en cuanto germen es incoada por el Bautismo-, alcanza su cumplimiento con la Parusía o segunda venida gloriosa de Cristo, la cual coincide claro con el final de los tiempos.

Esta Venida, que es culmen de la historia que cesa y da acceso a toda la creación al telos definitivo –la eternidad y la participación en la Gloria divina-, se enmarca tanto  en un combate apocalíptico como en un acto de culto.

El sentido de esta Venida es la victoria total del Reino de Dios. Ese Reino está constituido por los que “son de Cristo”, quienes lo han aceptado como su Señor y han configurado su vida a Él. Pero un combate final se desarrolla: todos los enemigos de ese Reino deben ser derrotados: las fuerzas demoníacas que aquí son representadas con la fórmula “Principado, Dominación y Potestad”; pero también “todos los enemigos” y probablemente en esta generalidad haya que incluir a quienes permanecen libremente cerrados a la Salvación en Cristo, rechazándolo. El combate se describe en términos de sometimiento bajo los pies del Señor Resucitado que vuelve Glorioso para reinar ya sin oposiciones. El último enemigo derrotado será la muerte que ha sido engendrada por el pecado y no solo ella sino todos los oponentes parecen alcanzados por un término con matices en sus acepciones: “destruido-desactivado-inoperante-anulado-abolido”.

Tras esta victoria final del Cristo Resucitado-Glorioso, el Señor realiza un acto de culto: ofrece el Reino a Dios su Padre quien es en definitiva el que ha querido que todo quede sometido a los pies de su Hijo. ¡Bellísima imagen la de Cristo arrodillado y elevando entre sus manos el Reino que somos nosotros a su Padre! ¡Fue enviado por su Padre a entregarse a sí mismo en rescate por nosotros en el sacrificio de la Cruz y ahora Resucitado nos devuelve al Padre como obsequio de Amor que el Hijo le hace! ¡Y aún más Él mismo se devuelve al Padre sujeto eternamente en Amor filial y nos hace participar de esa Comunión gloriosa!

No puedo finalmente dejar de señalar que como dice el axioma teológico el Crucificado es el Resucitado y viceversa. No sé por qué tendemos a separar la Cruz de la Resurrección como si ésta última borrase o dejase en el pasado a la primera. Es la misma realidad del único Señor de la Pascua. La Cruz es amor victorioso y en la Resurrección podemos contemplar cómo refulge la gloria de tal Sacrificio!

En esta ocasión rápidamente me llamo al silencio. Es hora de contemplar, de alabar y adorar exultantes la Gloria del Amor de Dios manifestada en la Pascua de su Hijo, Cristo Jesús.

 

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EVANGELIO DE FUEGO 18 de Marzo de 2026