DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 69

 




UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (III)

 

“De no ser así ¿a qué viene el bautizarse por los muertos? Si los muertos no resucitan en manera alguna ¿por qué bautizarse por ellos? Y nosotros mismos ¿por qué nos ponemos en peligro a todas horas? Cada día estoy a la muerte ¡sí hermanos! gloria mía en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte. Si por motivos humanos luché en Efeso contra las bestias ¿qué provecho saqué? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.” 1 Cor 15,29-32

 

Verdaderamente, estimado Apóstol de Cristo, comentar este pasaje y hacerlo oración personal me produce un cúmulo de sentimientos encontrados. Por supuesto me llena de alegría y entusiasmo el testimonio valeroso de la generación apostólica, de los inicios cristianos y de tantos santos a lo largo de la historia. No puedo sin embargo sustraerme a considerar que en tantas otras ocasiones y aún en períodos temporales, eclesialmente pudimos rehuir el buen combate de la fe, correr cobardes para salvar algunos días de esta efímera vida temporal y hemos llegado a negar a Cristo como Señor nuestro y de todos o al menos lo hemos escondido avergonzados.

 “Y nosotros mismos ¿por qué nos ponemos en peligro a todas horas? Cada día estoy a la muerte…” ¡Vaya forma de vivir, ponerse en peligro cotidianamente por Cristo y el anuncio de su Evangelio! “¡Sí hermanos! gloria mía en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte.” ¡Impresionante, llamar “gloria” el estar en peligro de muerte, justamente por estar y permanecer en Cristo Jesús, confesándolo Señor! Estremece semejante madurez de vida en gracia, conmueve tamaño talante y fervor misionero! O quizás ya no.

Ciertamente, cuando yo era joven, todos sabíamos que ir al encuentro de San Pablo en la Escritura era como entrar en un incendio. Pasión sobrenatural, inflamación mística y un amor desbordado por Cristo… no era esperable hallar otra cosa. Aún hoy, porque es Palabra santa e inspirada de Dios, sigue siendo así. Más al pobre Apóstol me parece que últimamente, algunos tratan de depreciarlo como un fanático exagerado o un radical de otra época que ya carece de vigencia, mientras otros intentan censurarlo, recortarlo, suavizarlo y hasta reescribirlo. ¿Por qué? Quizás la situación es atemporal: “Díme cuál es tu fe en la Resurrección y tu esperanza de Gloria y yo podré decirte cómo vives y anuncias el Evangelio.”

Sin duda San Pablo, la generación apostólica y todos los santos a lo largo de dos milenios, vivieron y murieron -digámoslo sin reparo-, “para irse al Cielo con Cristo”. Pero cuando ya no se anhela el Cielo se termina viviendo atrapado en la tierra.

Perdón, no logro evitar traer a la memoria aquella globalizada experiencia que llamé: “la pascua de la pandemia”; cuando la crisis por Covid 19 entre 2020 y 2021. No quiero ni es oportuno remitirme a la experiencia personal, baste decir que desde el comienzo propuse un axioma simple: mirar cómo reaccionaron los santos en las “pestes” del pasado, aprender e intentar emularlos. Supongo que no ha sido la opción de la mayoría del pueblo cristiano ni de las autoridades eclesiales. Las razones son múltiples, a veces con una intención caritativa tal vez erróneamente concebida, otras por dudosos cuidados pastorales o respetos institucionales con el mundo civil o quien sabe cuántas variables más que entraron en juego. Pero simplemente, para quien pueda aceptarlo, en la Iglesia se respiraba un profundo miedo a la muerte. ¿Qué tipo de fe viven los miembros peregrinos del Cuerpo de Cristo cuando la muerte los aterra, paraliza y descuidan el testimonio del servicio y sacan de sus vidas como si nada el culto a Dios y la vida de los sacramentos? Mis hermanos, lo siento si alguno se ofende, pero mirando la historia uno sabe que en otros tiempos en la Iglesia se hubiese ocasionado un grave escándalo y empezarían a surgir las controversias y las denuncias de apostasía. Pero en esta Iglesia que tímidamente ha traspasado el umbral del tercer milenio, al comienzo del siglo XXI, estos sucesos pasaron sin demasiada inquietud de conciencia y menos aún necesidad de penitencia. ¿Queremos ir al Cielo y esperamos la Gloria de Dios? Probablemente solo queremos vivir esta vida y postergar la muerte lo más posible. ¿Somos cristianos y creemos en la Resurrección? Pues no me parece que busquemos algo distinto de los que no tienen fe en Cristo. Posiblemente debamos sincerarnos y digerir la evidencia de que el amor propio es mucho más preponderante en nuestra vida que el Amor a Cristo.

Por eso en aquellos días del pasado reciente, desde mi diminuta atalaya, exhortaba a volver a formar discípulos con “espiritualidad martirial y dimensión escatológica”. En términos llanos, que quieran vivir y morir por Cristo y que sean capaces de entregar la propia vida con alegría y esperanza de Cielo si les es requerido. ¿Acaso pedía demasiado o algo distinto a lo que leemos en las Escrituras y se ha enseñado en la Tradición de la Iglesia?

Como decía, no deseo hablar de mí mismo, aunque yo también puedo mostrar algunas cicatrices que han quedado del buen combate. Pero debo empatizar con tantos hermanos y hermanas que en aquella circunstancia y en tantas otras del día a día, en lugar de ser aclamados como antiguamente, “mártires gloriosos o victoriosos confesores de la fe”, lamentablemente terminan siendo ignorados, escondidos, ignorados, sospechados o aún sancionados por una creciente mediocridad eclesiástica.

Vuelvo a pedir disculpas por traer de nuevo este ejemplo reciente, del que la mayoría ya quiere olvidar y no tornar a tratar, pero me resulta una circunstancia donde estuvimos en peligro de muerte pero como Iglesia no supimos o no quisimos dar la vida con y por Cristo. Y vale entonces como un excelente testeo de realidad. Sin duda contrasta vivamente con el celo apostólico de San Pablo: “Y nosotros mismos ¿por qué nos ponemos en peligro a todas horas? Cada día estoy a la muerte ¡sí hermanos! gloria mía en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día estoy en peligro de muerte.”

¡Basta de rodeos y eufemismos! Nuestro actual y escandaloso pavor a la muerte, el habitual proceso angustioso y desesperado de tantos ancianos cristianos que se aferran con uñas y dientes a estos días y que de ningún modo quieren partir, como las tremendas crisis de fe y los duelos interminables de sus familiares que no pueden aceptar este ineludible tránsito, ¿qué nos dice? Nos grita silenciosamente la fragilidad y la miseria de nuestra fe: lo que creemos es que los muertos no resucitan y que Cristo tal vez tampoco resucitó. Por tanto se entiende nuestra praxis que ya no cuenta con fervor evangelizador y que agrava la disminución de nuestras comunidades cristianas: “vivamos y bebamos que mañana moriremos”; o en expresión coloquial: “el último que apague la luz”.

Esta prolongada crisis eclesial, entre otros factores, cuenta en su centro con éste: ya no queremos ir al Cielo ni anhelamos vivir y morir por Cristo Jesús. No es “gloria” para nosotros ofrecer la vida. Se trata de un rechazo implícito pero masivo de la Cruz. Dejo resonando en los oídos eclesiales de todos el consejo del Apóstol:

 

“No se engañen: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.» Despiértense, como conviene, y no pequen; que hay entre ustedes quienes desconocen a Dios. Para vergüenza suya lo digo.” 1 Cor 15,33-34

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 69

  UNA FE VICTORIOSA EN CRISTO, SEÑOR RESUCITADO (III)   “De no ser así ¿a qué viene el bautizarse por los muertos? Si los muertos no res...