PROVERBIOS DE ERMITAÑO 19


 

Un cristiano que cultiva en profundidad la oración personal no se escapa, no la evade; todo lo contrario, se siente atraído, es gustoso de soledad y de silencio.

A veces puede parecer un poco huraño, un tanto tosco o demasiado reservado. No quiere decir que no sea afable, tal vez sea muy empático, pero seguramente no es una persona atolondrada, llena de ruidos y alborotada. No se la haya ajetreada, tiene pausa y sabe reposar. Sigue teniendo sus defectos y aciertos pero el temple de su vida es reposado, sereno. Y gusta de retirarse a la soledad y al silencio.

Jesús nos recomendaba en el Evangelio según San Mateo, en aquella formulación del Sermón de la Montaña, que quien ora se retire a su habitación o celda, cierre la puerta y se quede con su Padre que ve en lo secreto.

Esa búsqueda de soledad y silencio no es un escape, no es una evasión. Es deseo de intimidad con su Señor, con su Amado y Esposo. Y quien practica la oración, quien tiene espíritu de oración va disponiendo y diseñando en su vida diaria estos espacios. Si no los busca, simplemente quiere decir que no está la fuente abierta del deseo hacia el encuentro con Dios. Podrá quizás ejercitarse en alguna devoción, quizás incluso a las apuradas o con cierta superficialidad dedicarse a la piedad. Pero si realmente cultiva el espíritu de oración, se da el tiempo diario, sin apuros, sin controles o límites horarios que lo acoten, sino dejando que fluya según el Espíritu Santo lo vaya generando. Se da un tiempo sereno y amplio para buscar en el silencio y la soledad al Señor que lo está esperando.


 

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EVANGELIO DE FUEGO 21 de Septiembre de 2026