Un cristiano que cultiva en
profundidad la oración personal no se escapa, no la evade; todo lo contrario,
se siente atraído, es gustoso de soledad y de silencio.
A veces puede parecer un poco
huraño, un tanto tosco o demasiado reservado. No quiere decir que no sea
afable, tal vez sea muy empático, pero seguramente no es una persona
atolondrada, llena de ruidos y alborotada. No se la haya ajetreada, tiene pausa
y sabe reposar. Sigue teniendo sus defectos y aciertos pero el temple de su
vida es reposado, sereno. Y gusta de retirarse a la soledad y al silencio.
Jesús nos recomendaba en el
Evangelio según San Mateo, en aquella formulación del Sermón de la Montaña, que
quien ora se retire a su habitación o celda, cierre la puerta y se quede con su
Padre que ve en lo secreto.
Esa búsqueda de soledad y
silencio no es un escape, no es una evasión. Es deseo de intimidad con su
Señor, con su Amado y Esposo. Y quien practica la oración, quien tiene espíritu
de oración va disponiendo y diseñando en su vida diaria estos espacios. Si no
los busca, simplemente quiere decir que no está la fuente abierta del deseo
hacia el encuentro con Dios. Podrá quizás ejercitarse en alguna devoción,
quizás incluso a las apuradas o con cierta superficialidad dedicarse a la
piedad. Pero si realmente cultiva el espíritu de oración, se da el tiempo
diario, sin apuros, sin controles o límites horarios que lo acoten, sino
dejando que fluya según el Espíritu Santo lo vaya generando. Se da un tiempo
sereno y amplio para buscar en el silencio y la soledad al Señor que lo está
esperando.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario