Recuerdo que cuando realizaba
mi discernimiento vocacional, haciendo experiencia en un convento Franciscano
Capuchino, observé que el superior de la casa le pedía acceso a la celda a un
fraile mayor. Era un hombre anciano que ya tenía esas manías que adquirimos
cuando nos vamos poniendo grandes. El superior le pedía ingresar a su
habitación para certificar que estaba viviendo en buen espíritu de pobreza. Se
trataba de un fraile entrado en años, quien acumulaba cosas que le donaban y
que en vez de ponerlo en común o de avisarle a su superior –llamado
“guardián”-, cuanto recinía lo escondía ávidamente, posesivamente. Quizás ni
siquiera usaba personalmente aquellas cosas, ni le servían para nada, pero
había desarrollado ese vicio posesivo, ese afán de acumulación quizás por tener
alguna seguridad. Por eso el guardián anoticiado de la situación le pedía
acceso a la celda para supervisarla. Claro, luego de hacerlo le pidió que
vaciara su habitación de un montón de elementos acumulados que no tenía sentido
que poseyera. Hasta aquí la anécdota.
Con el tiempo me di cuenta que
este superior sostenía la misma práctica en todas las comunidades donde era
enviado como custodio de la vida de sus hermanos. Los frailes sabían que de
tanto en tanto los visitaba en su celda y una de las motivaciones era discernir
si estaban guardando el espíritu de desapropiación tan medular en la Orden de
Hermanos Menores.
“Desapropiación”, de allí viene
este proverbio de ermitaño: camina liviano y ningún pegote le retrasa. Recuerdo
entonces que yo mismo comencé a desarrollar la actitud de revisarme a mí mismo
para descubrir mis pegotes. Llamaba a esta práctica “ejercicio de desnudamiento”.
Al principio se trató de observar periódicamente la celda y ver cuánto ropa
había acumulado, si cuando me tocase mudarme a otro convento sería realmente
fácil y estaría ligero de equipaje. Solía decirme: “tu límite será tener lo que
puedas cargar tú mismo en un solo viaje y nada más”.
Después comprendí que se
trataba de ir más allá de lo exterior y material, hacia lo interior y
espiritual. ¿Qué había acumulado interiormente: proyectos, sentimientos,
deseos, ideas? ¿Había vuelto secretamente a revolcarme –como decía San Francisco
de Asís- en el vómito de la voluntad propia? Trataba de reconocer –a veces
dolorosamente- todo aquello a lo que me encontraba adherido y que me era muy
difícil dejar atrás. Lo que me impedía caminar en libertad detrás del Señor, pobre
de espíritu. Y así lo sigo realizando, no dejé de hacer esta revisión acerca de
lo que poseo con la intención de llegar a no poseer, de permanecer
desapropiado.
Bien, cada vocación tiene por
así decirlo, su estándar de vida evangélico. No es lo mismo un laico que
requiere su estabilidad familiar y laboral; que un sacerdote o consagrado quien
va de comunidad en comunidad, de casa en casa, peregrino. Pero a todos aconsejo
por igual que de tanto en tanto se revisen para evitar los pegotes y
adherencias que les impidan caminar e irse detrás del Señor, cuando Él
imprevistamente pase y llame. A veces, incluso nuestro modo de vincularnos con
las personas pueden ser verdaderos pegotes donde no hay libertad sino posesión.
Estos vínculos desordenados son de una gran dificultad cuando sopla el Espíritu
y nos invita a abandonarnos. La clave pues es intentar superar el mal espíritu
de la apropiación, para poder recibirlo todo libremente y poder entregarlo todo
libremente. Que todo pase por nuestras manos como un don recibido de Dios y que
nada permanezca en nuestras manos sino para ofrecerlo y devolvérselo a Dios. Y
como hacemos con el Señor también practicarlo con nuestro prójimo.
Toda apropiación ya sea
material, espiritual o de los vínculos, se trata de un pegote o adherencia que
nos impide andar libres y pobres en el Espíritu. Seguro por detrás hay temores
y heridas, sospechas y falta de fe, la tentación de querer asegurarse la propia
vida. Pero justamente la apropiación es contraria al Amor que es don de sí
mismo y entrega a otro sin reservas. Seamos libres para el Amor, para amar y
ser amados. Amar según Cristo requiere desapropiación y abandono.


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