Es tan propio de la experiencia
contemplativa en la oración profunda, el deseo y anhelo de Dios. ¡Tener hambre
y sed de Dios! Pues se lo ha saboreado y ya se tiene paladar para el manjar
exquisito que es Dios dándose a Sí mismo, comunicándose por el amor. Y ya un
deseo ardiente alienta el corazón que secretamente ha sido visitado.
Justamente es signo de un trato
maduro y hondo con Dios estarlo buscando, no dejar de anhelarlo. La persona que
rehúye de la oración, que esquiva bajar a su interior, que evita adentrarse en
su corazón, que no muestra interés de silencio y soledad para la búsqueda y el
encuentro con el Señor, simplemente manifiesta que no tiene trato con Dios o
que es apenas superficial.
En cambio la persona que
sostiene una relación más profunda y frecuente, sobre todo quien ha sido
visitado y por la experiencia contemplativa o mística ya se goza de la
inhabitación Trinitaria, permanece en este deseo de unión con Dios que no deja
de crecer. Porque la comunicación de Dios en algún sentido parece paradójica:
por un lado nos sacia y da plenitud, mientras simultáneamente por otro, nos
deja más hambrientos y sedientos de Él. ¡Cuánto más recóndito y estable es
nuestro encuentro con Dios, más se busca y más se quiere!
Este deseo ha de crecer hasta
que en la Gloria, Eternidad o Cielo sea plenamente cumplido y reposemos en Él.
Pero aquí en la historia, quien es visitado, tiene trato, quien se encuentra,
vive anhelante, quiere encontrarlo más, existe en un fervoroso y urgente deseo
de Dios.


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