PROVERBIOS DE ERMITAÑO 20


Es tan propio de la experiencia contemplativa en la oración profunda, el deseo y anhelo de Dios. ¡Tener hambre y sed de Dios! Pues se lo ha saboreado y ya se tiene paladar para el manjar exquisito que es Dios dándose a Sí mismo, comunicándose por el amor. Y ya un deseo ardiente alienta el corazón que secretamente ha sido visitado.

Justamente es signo de un trato maduro y hondo con Dios estarlo buscando, no dejar de anhelarlo. La persona que rehúye de la oración, que esquiva bajar a su interior, que evita adentrarse en su corazón, que no muestra interés de silencio y soledad para la búsqueda y el encuentro con el Señor, simplemente manifiesta que no tiene trato con Dios o que es apenas superficial.

En cambio la persona que sostiene una relación más profunda y frecuente, sobre todo quien ha sido visitado y por la experiencia contemplativa o mística ya se goza de la inhabitación Trinitaria, permanece en este deseo de unión con Dios que no deja de crecer. Porque la comunicación de Dios en algún sentido parece paradójica: por un lado nos sacia y da plenitud, mientras simultáneamente por otro, nos deja más hambrientos y sedientos de Él. ¡Cuánto más recóndito y estable es nuestro encuentro con Dios, más se busca y más se quiere!

Este deseo ha de crecer hasta que en la Gloria, Eternidad o Cielo sea plenamente cumplido y reposemos en Él. Pero aquí en la historia, quien es visitado, tiene trato, quien se encuentra, vive anhelante, quiere encontrarlo más, existe en un fervoroso y urgente deseo de Dios.

 


 

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EVANGELIO DE FUEGO 21 de Septiembre de 2026