Esta sabiduría interior, fruto
de la vida de oración, de la vida en el Espíritu, parece una locura para
nuestra época. Despreocuparse de las cosas de este mundo suena mal. Se
interpreta como una falta de compromiso y de interés por la realidad; sobre
todo una omisión acerca de tantas causas que necesitan que nos involucremos.
Sin embargo, no significa lo que se presume, este proverbio de ermitaño.
Es que quien ha gustado más de
lo que se ofrece en este mundo, percibe que las cosas temporales son justamente
transitorias, pasajeras. Diría San Pablo: “la escena de este mundo que pasa”.
Así, el contemplativo extasiado, embelesado y pleno en cuanta primicia de
Gloria y de Eternidad se le regala por el encuentro con Dios, en la Alianza viva
en Amor con Él, se pregunta: ¿cuánto vale el mundo? Sí, el mundo, tan bella
creación de Dios y apenas un reflejo del mundo futuro prometido. El mundo en el
sentido de las circunstancias humanas, repleto de tantas preocupaciones no
exentas de obsesiones y ajetreos, se sopesa al fin fútil, vano y superficial,
frente al inmenso tesoro de Gloria que nos aguarda.
Por tanto, el contemplativo
recupera la concepción de la historia y del mundo como el escenario de una
peregrinación. El camino del hombre en tránsito a la Casa del Padre, a la
Bienaventuranza eterna, a la Comunión definitiva, a la Jerusalén Celeste. No se
descompromete con la historia, quiere que en la historia se exprese la epifanía
del Reino de Dios con todo su poder, y sin embargo, sabe que ese Reino solo
será pleno mucho más allá de este mundo.
Pues como avisé, por la Gracia
de la experiencia mística o contemplativa, en primicia y adelanto ya ha
gustado, olfateado, saboreado y tocado algo de lo que viene y será perpetuo.
Tan lleno de gozo, con tanta vivacidad nueva, percibe que cuanto se ofrece en
este mundo en realidad son sombras, apenas sombras del inmenso tesoro de la Luz
inextinguible que espera por delante.
Quizás habría que recuperar un
poco, con los matices que le hagan falta a la sensibilidad contemporánea, la
idea de que en cierto modo estamos como exilados, en el destierro, intentando
alcanzar nuestra Patria. “Volver al Paraíso”, diría alguien; o como San Felipe
Neri ante las tentaciones mundanas: “yo prefiero el Paraíso”. ¡Nos esperan
cosas más grandes, Dios mismo! ¡La Eternidad, la Gloria y la Comunión en su
Amor!
Es normal que la historia y las
cosas de este mundo parezcan desabridos para quien algo ya ha gustado de cuanto
está por delante. El contemplativo, el varón y la mujer hondos en el Espíritu,
el místico, aquí tienen su gran capacidad y fuerza como su cruz y fragilidad.
¿Cómo interesarse por las cosas de este mundo cuando ya se les ha anticipado una
vislumbre del Cielo en lo alto? Quien de alguna forma ha experimentado toques y
avances de la Gloria, de la Alianza definitiva, mira este mundo con un amor
relativo. Lo mira como una escalera, esperando que sirva lo más pronto posible
para encontrarse con Cristo. “Lo que quiero –diría San Pablo-, es estar con
Cristo en su Gloria”.
El contemplativo vive “como”
despreocupado de las cosas de este mundo. Ese “como” expresa el punto justo que
reza la Liturgia: “que bajo tu guía providente usemos los bienes pasajeros de
tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos”. El místico
siempre será en el mundo y también en la Iglesia, una profecía –a menudo
demasiado incomoda- que señala hacia el horizonte escatológico.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario