He crecido mirando esas
representaciones pictóricas de los santos, sobre todo de los santos
franciscanos, con la Cruz en sus manos, mostrando la Cruz y evangelizando,
invitando a la conversión.
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”, es la expresión de alguien que está enamorado y que ha
descubierto el tesoro de Jesucristo. Es la exclamación de alguien que está
profundamente convencido de que Jesucristo es el Salvador del mundo; el Único
que da sentido a toda la historia, a todos los anhelos del corazón humano. ¡Es
el Señor de la Gloria!
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”, lo cual coincide con el mandato del Señor en la
Ascensión: “vayan por todo el mundo, a todos los pueblos, hagan discípulos,
bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. ¡Que todos
se conviertan a Jesucristo y que toda rodilla se doble y todo hombre proclame:
Jesucristo es el Señor para Gloria de Dios, su Padre!
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”. Un contemplativo, aquellos que viven una
espiritualidad profunda, los que buscan y permanecen en la Unión, esa unión que
podríamos llamar “mística” o “transformadora”, están encendidos y son simples:
todo pasa por Jesús, todo para el Señor Jesús y nada sin Él, todo en Él. “Todos
serán atraídos hacia Mí cuando sea levantado en alto”. Levantar en alto a
Jesucristo y que todos se sientan atraídos, parece ser la misión tanto de la
vida de oración como de la vida apostólica.
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”. ¿Acaso esa no fue la reacción de la primitiva Iglesia
tras la Pascua? Cuando en los comienzos llevan a los discípulos frente al
Sanedrín para intentar amedrentarlos, los acusan: “Nosotros les habíamos
prohibido predicar en ese Nombre y ustedes han llenado con ese Nombre toda la
ciudad”. Y luego intentarán llenar con ese Nombre el mundo entero conocido, con
el Nombre de Jesucristo.
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”. El contemplativo, el varón y la mujer con profundidad
espiritual, el ermitaño, no son personas desencarnadas –a veces así se las
presenta, como si no vivieran la realidad de las cosas, apartadas de la
realidad-, y sin embargo, desde la profunda Unión con Dios la realidad se ve
simple: la realidad se sostiene solo en
Jesucristo. Todo ha sido creado según la Luz y la Vida del Logos, el Hijo de
Dios y debe ser recapitulado en Él. No hay realidad más real que Cristo: Camino,
Verdad y Vida, Redentor y Salvador, Principio y Fin, Alfa y Omega, el mismo ayer
que hoy y para siempre. Entonces el anhelo: ¡reconducirlo todo a Cristo; que
todo quede impregnado de Cristo y lleno de su Nombre!
“Solo quiero llenar con tu
Nombre el mundo entero”. Oremos, ofrezcamos la Eucaristía para que la Iglesia
en nuestro tiempo recupere la cordura y la conciencia de su misión. Que el
mundo se queje, ¡sí que el mundo se queje: “Nos están llenando el mundo con ese
Nombre”! Y la Iglesia de nuevo, como siempre, pueda responder: “Sí, por el bien
de ustedes y por su Salvación, solo queremos llenar con su Nombre, con el Nombre
de Jesucristo el Señor, el mundo entero”.


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