Hacer silencio y levantar la voz. Es mi camino
personal éste llamado, diría, a llevar una vida mixta: tanto al silencio como a
la predicación, tanto a la contemplación como al celo apostólico. Hacer
silencio para sumergirse en el Misterio y contemplar: tocar, ver, oír,
saborear. Hacer experiencia de Alianza, de Comunión con Dios y así, siendo de
los de su intimidad y cercanía, justamente desde esa hondura de corazón en el
Amor de Dios, levantar la voz. Una voz que será como una consecuencia, un replicar,
un dejar que resuene la Alianza celebrada. Comunicar el amor degustado como
quien lleno de Dios, que excede, se desborda compartiendo el tesoro que le fue
donado y ha sido descubierto.
Una vocación al servicio de que Jesucristo, Amado del
corazón y Esposo de la vida, sea reconocido. ¡Que Jesucristo sea todo para
todos! Que nadie quede sin proclamar: ¡Jesucristo es mi Dios, mi Señor y mi
todo! Sólo Él es el sentido fuerte y perenne de mi persona y de la humanidad
entera, cuanto de la historia rumbo a la eternidad.
La Iglesia de nuestro tiempo necesita recurrir a sus
reservas contemplativas y producir reservas contemplativas para que pueda ser
anunciado Jesucristo con verdadero celo apostólico.


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