Manantial de Contemplación Pbro. Silvio Dante Pereira Carro
Escritos espirituales y florecillas de oración personal. Contemplaciones teologales tanto bíblicas como sobre la actualidad eclesial.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 61
EL
MISTERIO DE LA COMUNIÓN ECLESIAL (II)
Queridísimo
Apóstol de Dios, continuamos contemplando contigo el misterio de la comunión
eclesial.
“Pues
del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los
miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo,
así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados,
para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos
hemos bebido de un solo Espíritu. Así
también el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si dijera
el pie: «Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo» ¿dejaría de ser parte
del cuerpo por eso? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no soy del
cuerpo» ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo
¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿donde el olfato?” 1 Cor 12,12-17
En
verdad tu enseñanza es tan clara que no reclama demasiado comentario sino más
bien un intenso ejercicio de meditación y oración. Varias veces utilizarás (ya
lo habíamos considerado en tu carta a los Romanos) la comparación con el cuerpo
para explicitar el misterio de la Iglesia configurada así como Cuerpo de
Cristo. Aunque en otros escritos
distinguirás mejor a Cristo como Cabeza y a la Iglesia como su Cuerpo.
Por
lo pronto, nos invitas a reconocernos en la comunidad eclesial como miembros
que interdependen unos de otros. Ningún miembro agota la totalidad del cuerpo
sino que el cuerpo resulta de la organización armónica de muchos miembros diversos.
Como a veces se dice, el “nosotros” es mucho más que la sumatoria de los “yo”.
Y cada miembro, cada uno de nosotros en la Iglesia, ha sido ubicado en un lugar
del cuerpo con una misión única en favor de todo el organismo.
¿Cómo
es posible que esta pluralidad tan diversa encuentre cohesión? “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos
bautizados, para no formar más que un cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo
Espíritu.” Insistamos pues en el
hecho de que la Iglesia es un misterio de comunión solo posible por la acción
del Espíritu de Dios. Realmente siempre me ha parecido imposible que personas
tan diversas en su historia y personalidad como pueblos tan plurales
culturalmente hablando, puedan alcanzar alguna unidad por la sola acción
humana. Es muy bonito y queda siempre bien afirmar aquello de la “unidad en la
diversidad”, pero en la práctica ningún ser humano, ningún procedimiento,
ningún reglamento podrá jamás lograrlo. Se trataría solo de una ilusión de
omnipotencia. Por eso las fraternidades universales de corte humanista y las
organizaciones globalistas con sus agendas siempre fracasarán: simplemente se
proponen un fin para el cual carecen de recursos suficientes. Lo de la “unidad
en la diversidad” suele terminar en un uniforme autoritario que anula la
diversidad o en una diversidad anárquica que impide la unidad. La Comunión de
los hombres solo puede ser posible como obra de Dios –no sin nosotros pero obra
de su Gracia sin duda-. La Iglesia como Cuerpo y misterio de Comunión debe ser
profesada entonces como un auténtico milagro de la acción del Espíritu Santo.
“Ahora
bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si
todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son
los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: «¡No te
necesito!» Ni la cabeza a los pies: «¡No os necesito!» Más bien los miembros
del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables. Y a los que nos
parecen los más viles del cuerpo, los rodeamos de mayor honor. Así a nuestras
partes deshonestas las vestimos con mayor honestidad. Pues nuestras partes
honestas no lo necesitan. Dios ha formado el cuerpo dando más honor a los miembros
que carecían de él, para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que
todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un
miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los
demás toman parte en su gozo.” 1 Cor 12,18-26
Ahora
bien, siempre esta vigente la tentación en los miembros de querer imponerse
sobre los otros. Quizás porque un miembro de la comunidad se estime como más
importante o más necesario que los demás. Tal vez porque otro miembro quiera
reducirlos a todos a su discurso, pensamiento o modo de acción. Lo sabemos bien
por experiencia, la vida eclesial está llena de tensiones de este tipo.
Obviamente estas divisiones y disenciones son resultado de nuestros pecados
personales, inmadureces y heridas por sanar. Y si todos los miembros de este
Cuerpo que peregrina en la historia –porque quienes ya han sido admitidos a la Jerusalén
celeste, santificados gozan de la Comunión-, debemos partir de esta fragilidad
que nos aflige y disgrega… ¿cómo seremos reunidos al fin en la unidad?
“Dios puso cada uno de
los miembros en el cuerpo según su voluntad.” Entonces
respondemos lo habitual: ¡necesitamos convertirnos! Cada quien debe
preguntarse: ¿qué miembro me ha llamado a ser el Señor en el Cuerpo de su
Iglesia?, ¿y qué funciones y misión me ha querido encargar? Más aun, ¿con qué
otros miembros más cercanos a mi posición debo interactuar en favor de todo el
Cuerpo?, ¿y a qué otros miembros debo servir y ayudar a veces dirigiendo,
nutriendo y animando o a veces recibiendo, dejándome modelar y obedeciendo? ¿Quién
soy yo en la Iglesia y qué lugar ocupo? ¿Cómo Dios ha querido ubicarme en el
Cuerpo de Cristo?
Necesitamos
convertirnos claro, pues sucede a menudo que nos rebelamos contra el puesto que
nos ha sido asignado, que pretendemos ocupar otro lugar distinto y a veces
ambicionamos con malas artes desplazar a otros, lesionando al cuerpo entero.
¡Cuánta humildad nos hará falta para reconocernos en el Cuerpo de la Iglesia
como Dios con su sabia voluntad ha querido ubicarnos para el propio provecho y
para el bien de todos!
“Que no hubiera
división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo
los unos de los otros.” He aquí la orientación que el
Apóstol descubre en el plan de Dios sobre su Iglesia. “Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es
honrado, todos los demás toman parte en su gozo.” Esta solidaridad de todos
los miembros en un mismo cuerpo, este resonar todo en cada uno en la armonía de un mismo organismo, requiere mucho más que aceptación humilde de la voluntad de
Dios, requiere amor.
“Ahora
bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte. Y
así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar
como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el
don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso
todos son apóstoles? O ¿todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de
milagros? ¿Todos con carisma de
curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? ¡Aspirad a los carismas
superiores! Y aun os voy a mostrar un camino más excelente.” 1 Cor 12,27-31
Así
San Pablo vuelve al tema de los dones y carismas del Espíritu que deben ser
ejercitados rectamente, pues de lo contrario, lo que el Señor da para la unidad
lo transformamos nosotros en elemento de disturbio y división. Y de nuevo,
lamentablemente, es una experiencia tan frecuente en la vida comunitaria de los
creyentes.
En
principio el Apóstol nos adelanta que los dones han sido jerarquizados y
ordenados en el plan de Dios y que obviamente debemos ceñirnos a esa
organización querida por el Señor para su Cuerpo. Ya en el capítulo 14 volverá
San Pablo muy concretamente a enseñarnos acerca del recto ejercicio de los
carismas. Ahora en el capítulo 13 introducirá la clave fundamental sin la cual
nada sería posible. No podrá Dios realizar la “unidad en la diversidad” si en
el Cuerpo de la Iglesia no circula su Amor.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 60
EL
MISTERIO DE LA COMUNIÓN ECLESIAL (I)
Nos
hallamos, augusto San Pablo, frente a una de tus grandes elaboraciones
teológicas. La vida eclesial de la comunidad de Corinto es rica, pujante y
diversa, incluso tiene rasgos extraordinarios, pero también se halla por ello
en peligro de tensiones que provoquen rupturas, desorden y desviaciones.
Un
par de fenómenos carismáticos referidos a la palabra resaltan en tu
consideración: esa palabra en el Espíritu que es una plegaria dirigida a Dios,
denominada como “don de lenguas”, y aquella otra palabra que inspirada por el Espíritu
se dirige a los hombres, “la profecía”. Si antes, arrastrados hacia los ídolos
mudos se hallaban incapaces de conectar con la Palabra de Dios, ahora por la fe
en Jesucristo han escuchado y pueden expresar la Palabra de Dios, pero deben
aún aprender a hacerlo rectamente en el Espíritu. Obviamente la Caridad será la
clave pedagógica de todo el planteo.
Así
en los capítulos 12-14 abordarás la temática de la unidad eclesial y de la
diversidad de carismas en un mismo Espíritu. Intentaremos acompañarte en tu
proceso de predicación con hondura contemplativa pues nos anunciarás el gran
misterio de la Iglesia.
“Hay
diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios,
pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que
obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para
provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a
otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo
Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder
de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro,
diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas
las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular
según su voluntad.” 1 Cor 12,4-11
“El
Espíritu es el mismo, el Señor es el mismo, es el mismo Dios”. Y todo es
manifestación y obra de un “mismo y único Espíritu”. Con mirada simple
comprendemos que la misma Iglesia es un misterio fruto de la manifestación y
obra del Espíritu Santo. Pentecostés no debe ser reducido a un momento puntual
en la historia, por lo contrario Pentecostés es una efusión del Espíritu -por
la Pascua de Cristo- que permanece vigente en la Iglesia. Es este Don de lo
Alto, Unción y Sello, que distribuye en el Cuerpo de Cristo diversidad de
carismas, ministerios y operaciones. Sin embargo a cada quien se le otorga no
todas sino algunas de las capacidades con las cuales nos dota el Espíritu. ¿Para
qué regala sus dones a los miembros de la Iglesia? “Para provecho común”. ¿Y
qué criterio de distribución utiliza? “Según su voluntad”.
De
esta bella enseñanza del Apóstol emerge la imagen de una Iglesia que es obra
del Espíritu, que Él mismo enriquece, organiza y anima. El Cuerpo de Cristo es vivo
bajo el influjo del Espíritu Santo, por eso aquello de que el Espíritu es “como
el alma de la Iglesia”.
Creo
que podríamos detenernos aquí, meditar largamente y hacer oración. ¿Pues no es
verdad que tantas veces nos falta esta mirada sobrenatural sobre la Iglesia?
Solemos con demasiada frecuencia observarla bajo categorías exclusivamente humanas
y solo la percibimos como un fenómeno político de entrecruzamiento de poderes y
tendencias o una institución con estatutos, organización jerárquica y
funciones. Y aunque este rostro visible de la Iglesia es real y constatable,
incluso ineludible, ella es tanto más. El rostro profundo y más invisible del
Cuerpo de Cristo nos deja entrever la permanente efusión del Espíritu de Dios.
Debemos
detenernos y contemplar. En éstas o aquellas capacidades de los hermanos,
confesaremos que hay un don del Espíritu que los regala a ellos como a nosotros
y tan diversamente. Y en esta distribución de carismas comprenderemos que hay
un plan que nos supera; ni construimos ni modelamos principalmente nosotros la Iglesia, sino
que somos invitados a participar del misterioso diseño que el Espíritu hace
posible con sus dones y sobre el cual dará ciencia a los pastores que han sido
llamados a representar en ella a Cristo
Cabeza.
¿De
dónde entonces, esta pretensión nuestra de meter tanta mano en la vida de la
Iglesia, con orgulloso protagonismo, en lugar de secundar humildemente al
Espíritu que va delante y tiene primacía? Seguramente aquí se trata de
convertirnos al Espíritu Santo, sin lo cual podríamos caer en la tentación de
adueñarnos del Cuerpo; o de usar carismas, ministerios y operaciones para el
propio provecho; en fin, de obstaculizar la comunión en armonía de dones
diversos que el Paráclito intenta. ¿Se imaginan una competencia y
enfrentamiento de dones contra dones, de carismas contra carismas y de
ministerios contra ministerios? Lamentablemente no solo la imaginamos sino que
la reconocemos como una triste realidad que a veces nos aflige y amarga la vida
eclesial.
Mis
hermanos, el Señor Jesús nos advirtió que hay un pecado imperdonable, el pecado
contra el Espíritu Santo. Ríos de tinta han corrido para intentar identificar
este pecado. No sé si hay que ir más allá de lo que Cristo quiso revelar. En
todo caso me inclino a suponer por el contexto de aquella cita bíblica y a otros
elementos de cristología y pneumatología neotestamentaria, que podría tratarse
de no reconocer a Cristo, Hijo y Salvador, a quien llamamos Mesías es decir
Ungido, portador y comunicador con el Padre del Espíritu santificador, del cual
se manifiesta en el Bautismo que está rebosante de su compañía y acción.
En
una suerte de analogía diría, que de algún modo se participa de aquel pecado sin
perdón contra el Espíritu cuando se niega, mal utiliza o impide la presencia y
operación del Don de Dios que viene de lo alto, Sello y Unción, en la Iglesia
que es el Cuerpo de la Cabeza, Jesucristo Señor.
Contemplemos
todos maravillados este rostro no tan conocido de la Iglesia: ella es el fruto
de un permanente y renovado Pentecostés. E imploremos a la Virgen María, llena
de Gracia y siempre disponible y dócil al Espíritu, tipo y modelo de la Iglesia,
que interceda para que el Espíritu también nos cubra con su sombra y poder
desde lo alto y nos configure y una a Cristo, el Señor. Pues nada es imposible
para Dios.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 59
EL
ESPIRITU SANTO, TESTIGO DEL SEÑOR JESÚS
Estimadísimo
Apóstol Pablo, nos introducimos en dos capítulos, fundamentales y famosísimos,
de esta primera carta a los corintios. Si en Rom 5,5 habías afirmado que “…el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” y en Rom
8,39 sentenciado que estabas seguro de que nada ni nadie “…podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor
nuestro”; ahora nos invitarás a contemplar cómo éste Espíritu Santo derrama
el amor de Dios sobre el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, reuniéndolo en comunión
a la vez que generando las diversas funciones de sus miembros, capacitando a
todos con diversidad de gracias y organizando la cohesión orgánica. Pero antes
de introducirnos en la cuestión de los dones espirituales colocas esta premisa.
“En
cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estén en la
ignorancia. Saben que cuando eran gentiles, se dejaban arrastrar ciegamente
hacia los ídolos mudos. Por eso les hago saber que nadie, hablando con el
Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es Jesús!»; y nadie puede decir:
«¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo.” 1 Cor 12,1-3
Anticipando
y coincidiendo con la tradición sinóptica –sobre todo lucana- y con la joánica,
nos enseñas que la misión básica del Espíritu es dar testimonio de Jesús como
Señor. Sólo puede el que es llamado Don y Unción derramar la Caridad divina en
los fieles y adornarlos con carismas y dones si previamente ha suscitado y
animado la fe en el Cristo de Dios. Permítanme mi forma de expresarlo: el
Espíritu con su unción permite reconocer y adherirse al Hijo Ungido del Padre.
¿Qué
sucedía cuando estos fieles cristianos aún no conocían la acción del Espíritu? “Cuando eran gentiles, se dejaban arrastrar
ciegamente hacia los ídolos mudos.” ¿Quién los arrastraba y a quién le
permitían influenciarlos de ese modo? Pues claramente a otro espíritu –el Adversario
y sus demonios- o a sus pasiones desordenadas e inteligencia enceguecida por
permanecer aún bajo la herida del pecado irredento.
San
Pablo, en clara continuidad con la mirada de los Profetas, quiere arrancar a
las gentes de la mano de los ídolos y de las potencias demoníacas para que sean
libres en Cristo. En todo el testimonio neotestamentario se percibe una
unanimidad de acción: traer a todos los pueblos y a los que profesan otras
creencias hacia la única fe verdadera en el Señor Jesús. El Espíritu que sopló
en Pentecostés y los hizo andar todos los caminos conocidos, adelantándose a
los Apóstoles, les abrió el mundo de los paganos para rescatarlos por la
predicación del Evangelio de la Salvación.
No
dejo de inquietarme en nuestros días por la forma en la cual algunos, en la
Iglesia peregrina, comprenden el llamado “diálogo interreligioso”. Obviamente
la caridad nunca se puede exceptuar en el trato con ninguna persona o comunidad.
¿Pero cuál es el fin del diálogo de la Iglesia del Señor con otras creencias? ¿Evangelizarlas?
¿Realmente es respeto no anunciarles al Cristo o se trata de esa “tolerancia”
que brota del relativismo, del indiferentismo y del irenismo? ¿No proclamar con
claridad la unicidad de la salvación en el Hijo Unigénito no nos lleva a la
desevangelizacion? La invitación a la conversión al cristianismo en el contacto
con otras visiones religiosas, ¿en serio es una actitud invasiva, supremacista
y discriminatoria? Me resulta paradojal que el Espíritu Santo, que es Amor de
Dios, quiera rescatar a todos los hombres arrojados a los falsos dioses, mientras
que algunos eclesiásticos quieren dejarlos en las manos de los ídolos mudos y
parecen contentarse con que allí quizás puedan atisbar de lejos y nebulosamente
algunos reflejos de la Luz potente de la Verdad que no han abrazado en su plenitud
liberadora. El Espíritu de Dios, uno de los dos enviados del Padre que en
Pentecostés empujó a la “Iglesia en salida” hacia los confines del mundo, ¿terminará
enjuiciado hoy por “proselitismo” bajo la mirada ideológica de los
inquisidores de una nueva teología secularizada, muy moderna y alineada con la
agenda global?
Pero
el Apóstol es contundente en su principio de discernimiento hacia el interior
de la vida eclesial. “Por eso les hago
saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es
Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo.” Quien
disminuya o niegue la Divinidad de Jesucristo, quien pretenda emparejarlo como
uno más entre otros o quien considere que no sea necesaria la fe en el Hijo Redentor
para la Salvación, simplemente no puede estar animado por el Espíritu Santo,
que básicamente es el Divino Testigo Trinitario de que el Hijo ha sido enviado
por el Padre. Diríamos en términos clásicos: “allí huele a mal espíritu”.
Porque el Adversario, que no solo es homicida desde el principio sino también maestro
de la división y promotor de mentira y engaño, es un espíritu de confusión y
ambigüedad, que extiende las tinieblas para que no permitan ver con claridad la
Luz de Dios. ¿Cómo el Espíritu del Amor y la Verdad va a desear que nos
quedemos lejos de las manos de Cristo,
en otras manos que no son divinas? No dudo que el Demonio en nuestro tiempo
está intentando incoar una suerte de anti-Pentecostés, seduciendo a la Iglesia
que camina a retrotraerse sobre sí misma, en vanas disquisiciones tan
autoreferenciales como estériles, para paralizar la Misión evangelizadora del
mundo entero.
Sin
embargo, cuando oigas que se proclama fuerte y caritativamente que “Jesucristo
es el Señor” y que “solo en Él, Cordero de Dios inmolado por nosotros, se
halla Salvación”, sabrás que el Espíritu Santo está obrando como ayer, hoy y
siempre en la Iglesia: dando testimonio del Señorío de Jesús.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 58
PARTICIPACIÓN
DIGNA EN LA CENA DEL SEÑOR
“Y al dar estas disposiciones, no los alabo,
porque sus reuniones son más para mal que para bien. Pues, ante todo, oigo que,
al reunirse en la asamblea, hay entre ustedes divisiones, y lo creo en parte. Desde
luego, tiene que haber entre ustedes también disensiones, para que se ponga de
manifiesto quiénes son de probada virtud entre ustedes. Cuando se reúnen, pues,
en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su
propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tienen casas
para comer y beber? ¿O es que desprecian a la Iglesia de Dios y avergüenzan a
los que no tienen? ¿Qué voy a decirles? ¿Alabarlos? ¡En eso no los alabo!” 1
Cor 11,17-22
Como ya habíamos
anticipado, queridísimo Apóstol de Dios, esta sección de tu carta se dirige a
realizar correcciones y dar orientaciones para las asambleas litúrgicas.
Seguramente no pocos de nuestros lectores se sorprenderán, pues les impactará
que aquellas Eucaristías aparezcan como muy entremezcladas con verdaderas cenas
o banquetes fraternos. Pues entonces hagamos un alto para un primer
acercamiento.
Las
religiones de la antigüedad solían practicar verdaderas comidas sacrificiales
de comunión con la divinidad. Muchas veces vinculadas al ofrecimiento de
primicias de la cosecha o para invocar con sacrificios de animales protección y
fecundidad para el futuro. También las realizaban en otras circunstancias
presentes, ya sean festivas o trágicas. Y en el Antiguo Testamento vemos como
Israel ritualiza este tipo de acciones de comunión con Dios a través de comidas
sacrificiales o de ofrenda. La más famosa y central, sin duda, es la Pascua.
Cuando
en la Última Cena el Señor Jesús instituye la Eucaristía, el contexto es la
cena pascual judía. Era una verdadera cena, solo que con alimentos especialmente
preparados para ella y con una serie de oraciones, bendiciones y hasta diálogos
rituales, a los cuales se añadían algunos gestos significativos. Cristo toma
algunos gestos de ese formato (la fracción del pan y la circulación de la copa)
mientras celebraban el rito judío y los resignifica de un modo superador y
definitivo: ya ha pasado el antiguo sacrificio del cordero pascual que evoca la
salida de Egipto, ahora el Cordero Pascual es el Hijo de Dios que se ofrece en
la Cruz por nuestra redención y la Cena será el memorial de su Sacrificio por
nosotros.
Sin
querer escandalizar a nadie, no es fácil reproducir con exactitud cómo era el
rito celebrativo de las primeras Eucaristías de la Iglesia primitiva. Además de
los aportes neotestamentarios, desde fines del siglo I tenemos otras fuentes y
testigos que transmiten datos acerca de oraciones y vestigios de antiquísimas plegarias
de consagración, tradiciones litúrgicas y normativas rituales, que van apareciendo
y evolucionando en una creciente dirección sacral. Hasta que claramente en el
siglo IV, al salir de la clandestinidad y finalizar el período de
persecuciones, la Cena del Señor se independiza de los banquetes y ágapes
fraternos, al ser celebrada habitualmente en contextos más sacralizados como las
basílicas y templos. Sin embargo se mantiene la “disciplina del arcano” que no
permite la participación a quienes no han sido aún bautizados e iniciados en
los Misterios.
Nos
damos cuenta pues, que aquellas asambleas litúrgicas en Corinto resultaban de
una continuidad con las comidas rituales de comunión conocidas en diversos cultos
y de una inmensa novedad: la Cena del Señor que se introducía en el contexto de
los banquetes fraternos. Muchas más precisiones no podemos hacer con certeza.
A
San Pablo han llegado noticias de diversas dificultades. Algunas tienen que ver
con excesos como las borracheras de algunos y la gula desenfrenada de otros.
Otras, con la injusticia y la falta de virtud: hay quienes comen lo propio sin
compartir con los hermanos, y su voracidad y egoísmo no les permite registrar que
los más pobres de la comunidad en esos banquetes pasan hambre. Incluso tal vez
se refiera a ciertas distinciones que se hacían, ya que en las casas los
señores o amos no comían en el mismo recinto que los servidores y esclavos.
¿Cómo pretender celebrar un banquete de comunión con el Señor a la vez que esa
comunión no se establece también con todos los hermanos?
“¿No tienen casas para
comer y beber? ¿O es que desprecian a la Iglesia de Dios?” Esta
expresión parece invitar a reconocer el carácter sagrado de las asambleas
litúrgicas. La Cena del Señor no es una comilona o fiesta mundana.
Una
advertencia que hace el Apóstol llega hasta nuestos días con lamentable
vigencia: cuando los cristianos se reúnen existen divisiones y disensiones
entre ellos. Y comenta que de ello deben comprender que no todos se acercan y
participan virtuosamente o con la misma maduración de fe y caridad.
Nuestras
Misas actuales, ya totalmente separadas del banquete fraterno, sin embargo
siguen expresando faltas de comunión. Que aquel no le da la paz ni saluda a este otro, que el de allá se pasa mirando y
criticando a todos los servidores que desempeñan algún ministerio en la celebración
y que los de más acá apenas salen de la Eucaristía se quedan parloteando en el
atrio sobre temas totalmente ajenos y distantes o simplemente murmurando contra
sus hermanos. Y ustedes podrán elencar seguramente incontables ejemplos.
Es
que a la Cena del Señor entramos todos con nuestros pecados pero con demasiada
frecuencia salimos permaneciendo en ellos. ¿Cómo entrar en comunión con Dios
sin purificarnos y convertirnos para vivir en la caridad fraterna?
“Porque
yo recibí del Señor lo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en
que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este
es mi cuerpo que se da por ustedes; hagan esto en recuerdo mío.» Asimismo
también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi
sangre. Cuantas veces la beban, háganlo en recuerdo mío.» Pues cada vez que
comen este pan y beben esta copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que
venga.” 1 Cor 11,23-26
San
Pablo junto a San Lucas, San Mateo y San Marcos es testigo apostólico de la
tradición central de nuestra fe católica: la Pascua del Señor, por la que somos
salvados entrando en Alianza con Dios, y es celebrada según su mandato por la
Iglesia en cada Cena del Señor. Así el mismo Jesucristo sigue presente entre los
suyos hasta su segunda venida en gloria en el sacramento del altar.
“Por
tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del
Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan
y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe
su propio castigo. Por eso hay entre ustedes muchos enfermos y muchos débiles,
y mueren no pocos.” 1 Cor 11,27-30
Frente
a la inmensidad del Misterio celebrado y de la Gracia comunicada resuena la
advertencia: sean concientes de lo que viven y realizan en cada Eucaristía. Sin
duda es referencia inmediata a las divisiones, excesos y conductas poco
virtuosas que rompen la caridad fraterna de las que hemos hablado. Pero se
extiende la cuestión más allá: ¿qué significa comer el Cuerpo del Señor
indignamente?, ¿qué disposiciones son necesarias? Hay que examinarse y
discernir para no comer y beber el propio castigo.
“Si
nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados. Mas, al ser
castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el
mundo. Así pues, hermanos míos, cuando se reunan para la Cena, espérense los
unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no se
reúnan para castigo suyo. Lo demás lo dispondré cuando vaya.” 1 Cor 11,31-34
A
lo largo de los siglos, la Iglesia ha discernido las disposiciones necesarias y
ha establecido una disciplina de los sacramentos, tanto de su celebración como
de su recepción. Penosamente en nuestros días no solo las Misas se van vaciando
de participantes, sino que también se han ido banalizando y no faltan quienes
incumplen o violentan la disciplina eclesial o simplemente la desautorizan.
¿Estamos hoy comiendo el Cuerpo y bebiendo la Sangre del Señor con superficial
conciencia y escaso discernimiento?
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 57
NORMAS
PARA VARONES Y MUJERES
QUE PARTICIPAN DE LAS ASAMBLEAS
LITÚRGICAS
Queridísimo
San Pablo, confieso que al comenzar este “Diálogo vivo” contigo, solo pretendía
comentar en clima de oración, algunos pasajes de tus escritos que me habían resultado
significativos durante toda mi vida. Se trataba pues de un empeño totalmente
subjetivo que seleccionaría solo algunos
textos entre tantos. Sin embargo, pronto me topé con la necesidad interior de
un ejercicio de diálogo más profundo, abriéndome enteramente a ti, incluso
redescubriendo diversas enseñanzas tuyas que quizás había pasado un poco por
alto. Y realmente no dejo de sorprenderme al comprender la lógica de tu
razonamiento y la delicadeza con la cuál entretejes tantas temáticas, que fuera
de parecerme ya secciones o apartados distintos, las veo inmersas en un
dinamismo más abarcador.
Ahora
propondré un comentario a uno de esos pasajes que cualquiera –incluso yo- de
primera mano quisiera evitar por su dificultad aparente. Pero en mis días,
querido Apóstol, debo advertirte que estás siendo enjuiciado. No faltan quienes
desean desautorizar algunas de tus enseñanzas –sobre todo de carácter moral- ya
que les parecen incompatibles con la sensibilidad de nuestra época. Los
consejos que darás sobre la participación litúrgica de varones y mujeres se
encontrará hoy en colición directa con los diversos planteos de género y será
acusada de discriminación y machismo con certeza. Por fidelidad fraterna y
amistad, me veo obligado a presentar tu enseñanza con toda inteligencia y
corazón por mi parte. Vayamos sin más demora al texto en cuestión, el cual se
encuentra subsumido en una sección más amplia dedicada a correcciones a excesos
en las asambleas litúrgicas en Corinto.
“Sin
embargo, quiero que sepan que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza
de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre que ora o
profetiza con la cabeza cubierta, afrenta a su cabeza. Y toda mujer que ora o
profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza; es como si estuviera
rapada. Por tanto, si una mujer no se cubre la cabeza, que se corte el pelo. Y
si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o raparse, ¡que se cubra! El
hombre no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen y reflejo de Dios; pero la
mujer es reflejo del hombre.
En
efecto, no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni fue
creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre. He
ahí por qué debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por
razón de los ángeles. Por lo demás, ni la mujer sin el hombre, ni el hombre sin
la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su
vez, nace mediante la mujer. Y todo proviene de Dios. Juzguen por ustedes
mismos. ¿Está bien que la mujer ore a Dios con la cabeza descubierta? ¿No se
enseña la misma naturaleza que es una afrenta para el hombre la cabellera, mientras
es una gloria para la mujer la cabellera? En efecto, la cabellera le ha sido
dada a modo de velo. De todos modos, si alguien quiere discutir, no es ésa
nuestra costumbre ni la de las Iglesias de Dios.” 1 Cor 11,3-16
Supongo
que ya se pudo haber levantado polvareda. Desgranemos algunas líneas maestras.
“Sin embargo, quiero
que sepan que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el
hombre; y la cabeza de Cristo es Dios.” Aquí debemos detenernos
serenamente. ¿Qué significa esto de la cabeza? Pues de este principio se
derivarán luego los consejos prácticos. Uno podría mal entender el concepto
pues en nuestros días el “ser cabeza” o “encabezar” suele asimilarse a una cuestión
de mando o poder, la forma de designar al jefe y sugerir una cadena de
subordinación. Sin embargo el concepto semítico de “cabeza” remite más bien a
la idea de fuente, origen y procedencia. Sin duda quien es cabeza precede pero
esta precedencia no tiene por qué significar desigualdad y superioridad sino
fuente y origen de identidad.
Se
aclara al considerar la expresión acerca de que “Dios, el Padre, es la cabeza
de Cristo”. Por supuesto que San Pablo está comenzando a delinear una teología
trinitaria. No es el momento ahora de abordar este tema que supondría una
ponderación global de toda su obra y específicamente de las formulas
trinitarias que utiliza. Pero sabemos que en el desarrollo doctrinal, la
Iglesia ha afirmado y confesado solemnemente al mismo tiempo la fontalidad del
Padre de quien el Hijo procede eternamente y su cosubstancialidad. Que el Padre
preceda eternamente –no en sentido temporal sino ontológico- no supone que el
Hijo sea menor o inferior al Padre.
“La
cabeza de la mujer es el hombre” no tiene por qué leerse obligadamente en clave
de desigualdad. En el estilo propio de la lectura rabínica de aquel tiempo y
como con sentido común se desprende de una lectura literal no afectada del
relato de la creación, se podría descriptivamente decir que “la mujer procede
del hombre”. Esta precedencia o fuente de origen no implica desigualdad y nos
guste o no, así está relatado y así Dios proveyó que se consignara. Ciertamente
una lectura más ajustada del pasaje descubrirá que solo al ser dos –uno frente
al otro- se esclarece que son él y ella, varón y mujer.
“Por lo demás, ni la
mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer
procede del hombre, el hombre, a su vez, nace mediante la mujer. Y todo
proviene de Dios.” Esta otra aseveración deja en claro que
San Pablo no está enseñando una desigualdad en dignidad entre varón y mujer. Lo
que afirma con la fórmula ”en el Señor” y que se corresponde con el “todo
proviene de Dios” es que hay un orden que nos precede, el de la mente o razón
creadora de Dios. Este orden supone una “jerarquización por precedencia”. De
nuevo tendemos a pensar “jerarquía” en términos de poder, desde el binomio
superior-inferior o señor-súbdito, es decir en una cadena donde uno manda y el
otro obedece. Pero también se puede
entender “jerarquía” como una lógica de procedencia que intenta narrar cómo del
origen y fuente todo proviene y depende en su identidad.
Esta
dinámica de procedencia, San Pablo intenta mostrarla con el concepto “reflejo”.
Nuestra sensibilidad contemporánea se siente más cómoda afirmando que ambos,
varón y mujer en su complementariedad, son “reflejo e imagen” de Dios.
Lo
que me lleva –antes de continuar con las sentencias más polémicas-, a traer la
cuestión del “anacronismo”. Se trata de un grave error de la ciencia histórica
y consiste en introducir descontextualizados elementos de una época en otra, o
lo que es más frecuente, juzgar un período histórico con categorías del presente.
Por ejemplo, para juzgar que San Pablo puede ser “machista”, primero deberíamos
asegurarnos que un concepto como “machismo” es concebido en su época.
Evidentemente la dignidad de la mujer a la par con el varón –en su
diferenciación complementaria- es un principio supratemporal, atestiguado por
la Revelación o en otros términos un “absoluto moral”. Pero cómo cada época lo
interpretó y plasmó en la relación varón-mujer en su propio contexto cultural
puede variar. Hoy algunas feministas llamarían machismo o pretensión de
superioridad a lo que en otro tiempo se consideraba galantería o
caballerosidad. Lo que hoy en día se considera un gesto de humildad y
acompañamiento del varón en las tareas domésticas en otro tiempo se consideraba
falta de autoridad o virilidad.
Dicho
esto, acometamos la aclaración en cuanto sea posible sobre la costumbre de
participar el varón en las asambleas litúrgicas con la cabeza descubierta y la mujer
al contrario. Algunas precisiones:
·
En la asamblea litúrgica, ambos varón y
mujer, pueden orar y profetizar. Por cuestión de su género uno debe cubrirse la
cabeza y otro no. No hay desigualdad en la participación sino en el modo.
·
La mentalidad paulina sugiere que el
varón en la asamblea representa al Señor, el Esposo y la mujer a la esposa, la
Iglesia. Solo de ese modo dialógico podría entenderse la idea de “sujeción” –descartada
una disparidad en dignidad-, expresando que a uno como “reflejo del Señor” le
toca preceder fontalmente y al otro recibir y responder configurando lo mutuo.
·
En cuanto a por qué la cabellera puede
ser afrenta para uno y no para otro género o la introducción de la “sujeción por
razón de los ángeles”, el sentido permanece incierto. Se han propuesto variadas
hipótesis, desde cánones estéticos acerca de la cabellera recogida en peinado
de la mujer como signo cultural de honestidad y belleza hasta la cabellera
suelta de la mujer como signo de desenfreno en los cultos paganos. Y también
sobre la participación de los ángeles en la liturgia guardando en el culto el
orden jerárquico de precedencia hasta la intromisión de los demonios. Por lo
pronto no parece relevante la incertidumbre acerca del sentido de estos
términos para afectar substancialmente a la interpretación.
·
Ciertamente destaca el deseo de San
Pablo de poner orden en las asambleas litúrgicas. Por un lado, debido a la
introducción de costumbres o excesos que desvirtúan el sentido del culto; por
otro, dada la necesidad de distinguirse la asamblea cristiana y no ser
confundida con las prácticas religiosas paganas y finalmente quizás, para
guardar una cierta conducta externa que no escandalice o provoque malas
interpretaciones, generando el rechazo.
·
Por último diría que es importante
delimitar el nivel que el Apóstol adjudica a su intervención. No se trata de “un
mandato recibido del Señor”, ni de un consejo Apostólico en virtud “de la
asistencia del Espíritu Santo”, sino de costumbres comunitarias que se han ido
asentando en la Iglesia primitiva.
Quisiera
terminar esta lectura invitándonos a todos a encontrarnos siempre serena y
respetuosamente con la Palabra de Dios, sin prejuicios que sesguen nuestra
mirada, implorando a Dios que nos auxilie con esa sabiduría que permite discernir
lo que es esencial y profundo de lo que es más superficial y periférico,
pudiendo reconocer a qué debemos adherir indefectiblemente pues viene del Señor
y en todo caso ubicar en su justo nivel las costumbres y experiencias
personales y comunitarias en las cuales la fe se contiene y expresa pero que
tal vez no deban permanecer inmutables. Ya lo hemos hablado al distinguir entre
Tradición y tradiciones. Sobre todo que nos de una inteligencia humilde y un
corazón simple, que no busque revolver lo que parece oscuro de modo imprudente
y que sepa acoger con sencillez cuanto nos es dado recibir del Espíritu.
DIÁLOGO VIVO CON SAN PABLO 56
SEAMOS
IMITADORES DE CRISTO
“Sean
mis imitadores, como lo soy de Cristo. Les alabo porque en todas las cosas se
acuerdan de mí y conservan las tradiciones tal como se las he
transmitido.” 1 Cor 11,1-2
Querido
San Pablo, estas breves expresiones tuyas bastan para quedarnos detenidos aquí,
oteando en su profundidad. ¿Sabes?, me resulta bastante habitual expresar
–sobre todo en el contexto de las celebraciones bautismales-, algo así: “Lo que
significa ser cristiano se define simplemente pero se lleva a cabo durante toda
una vida. Ser cristiano es pensar como el Señor Jesús, sentir como Él, decidir
y actuar siempre en Cristo, permanecer unidos a su mente y a su corazón”. O tal
vez esto otro: “El Espíritu Santo desde ahora, comenzando a inhabitar la
Santísima Trinidad el alma, no dejará de sugerirnos desde lo más interior de
nosotros siempre lo mismo de maneras diversas. ¿Qué nos insinuará de continuo? “Aseméjate
a Jesús, configúrate a tu Esposo”.
Uno
de los libros más famosos de la espiritualidad cristiana, conocido vulgarmente
como “el Kempis”, se intitula justamente: “La imitación de Cristo”. Recuerdo
algunas pocas clases de teatro que tomé en la adolescencia y aquellos “juegos
de espejo”, cuando uno parado delante del otro, en silencio como mimos,
debíamos reproducir exactamente los movimientos del compañero como un fiel
reflejo suyo. Así en el medioevo era frecuente el tema espiritual del espejo.
“Mírate en el Espejo”, le recomienda Santa Clara a la Beata Inés de Praga. Ese
Espejo era Jesucristo, y en ese Espejo debía contemplar su bienaventurada Encarnación,
ministerio público y Pascua redentora. ¿Para qué? Pues para reproducir en ella -arreglandose,
retocándose y adornándose con la Gracia y las virtudes-, la semejanza de su
Imagen.
¡Cuánta
consolación habrán experimentado tus hijos en la fe como nosotros hoy, al
hallar verdaderos imitadores de Cristo! Realmente es una gran bendición hallar
hermanos para admirar y de los cuales aprender cómo asemejarnos al Señor. Una
incontable muchedumbre de santos atestiguan a la Iglesia que es posible por la
Gracia identificarse con Cristo y ser uno con Él.
Pero
además introduces otro tema que en nuestros días está tan olvidado y a la vez
tan vigente: la Tradición. Hay que conservar las tradiciones recibidas que se
nos han transmitido fielmente. Pero: ¿qué es la Tradición?, ¿de dónde viene? y
¿cuánta es su importancia? Remitámonos nuevamente al Catecismo de la Iglesia
Católica, por ser untexto simple, tan sintético y erudito como testigo de
doctrina segura. De hecho para esta temática su gran referencia será la
Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación del Concilio Vaticano II,
llamada Dei Verbum.
Catecismo
Nº 75 "Cristo nuestro Señor,
plenitud de la revelación, mandó a los apóstoles predicar a todos los hombres
el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta,
comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas,
que El mismo cumplió y promulgó con su voz". (Dei Verbum 7)
Catecismo
Nº 76 La transmisión del Evangelio,
según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: oralmente: "los apóstoles, con su
predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que
habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo
les enseñó"; por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su
generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el
Espíritu Santo". (Dei Verbum 7)
¿Por
qué en la Iglesia hay Tradición y hay transmisión? Pues por fidelidad a Cristo
y a la Revelación que hemos recibido en Él, Hijo del Padre, quien es propiamente
la Palabra de Dios para los hombres. Y de esta única fuente, Jesucristo, brotan
como dos canales.
Por
un lado, lo que los Apóstoles bajo la guía del Espíritu Santo –en este caso San
Pablo- han transmitido oralmente con su predicación a la Iglesia fundando comunidades.
Esta predicación consta de palabras pero también de gestos, ejemplos e
instituciones. ¿Qué han transmitido los Apóstoles? Pues todo lo recibido de
Cristo para nuestra salvación.
Por
otro, bajo la inspiración del Espíritu Santo, los mismos Apóstoles y otros
elegidos por Dios de aquellas primeras generaciones han puesto por escrito esta
Tradición.
Catecismo
Nº 77 "Para que este Evangelio se
conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como
sucesores a los obispos, "dejándoles su cargo en el magisterio". En
efecto, "la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los
libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de
los tiempos". (Dei Verbum 8)
Ya
vimos que San Pablo se alegra porque los de Corinto se acuerdan de él y conservan las tradiciones que les ha transmitido. Para que la Tradición se
conserve pues debe transmitirse ininterrumpidamente de forma íntegra y Dios ha
dispuesto que se realice en la Iglesia mediante la sucesión apostólica, es
decir, un continuo encadenamiento de sucesores de los Apóstoles, los Obispos.
Catecismo
Nº 78 Esta transmisión viva, llevada a
cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la
Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, "la
Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las
edades lo que es y lo que cree". "Las palabras de los Santos Padres
atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la
práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora". (Dei Verbum 8)
Junto
a las Sagradas Escrituras, la Sagrada Tradición es esa corriente viva, animada
y sostenida por el Espíritu Santo, que iniciada con los Apóstoles permanece
llegando a las nuevas generaciones cristianas por medio de sus sucesores,
quienes como aquellos atestiguan lo que la Iglesia es y cree.
Catecismo
Nº 79 Así, la comunicación que el Padre
ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa
en la Iglesia: "Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando
siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz
viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va
introduciendo a los creyentes en la verdad plena y hace que habite en ellos
intensamente la palabra de Cristo". (Dei Verbum 8)
Ahora
bien, ¿cómo se realiza ordinariamente en la Iglesia la relación entre Tradición
y Escritura?
Catecismo
Nº 80 La Tradición y la Sagrada Escritura "están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto
modo y tienden a un mismo fin". (Dei Verbum 9) Una y otra hacen presente y
fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo que ha prometido estar con los
suyos "para siempre hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
Catecismo
Nº 81 "La Sagrada Escritura es la
palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu
Santo". "La Tradición recibe
la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles,
y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el
Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su
predicación". (Dei Verbum 9)
Catecismo
Nº 82 De ahí resulta que la Iglesia, a
la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación,
"no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y
así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción". (Dei
Verbum 9)
Deberíamos
estar alegres pues de modo tan abundante sigue llegando a nosotros la Palabra
de Cristo. Los católicos, además de escucharla en la Sagrada Escritura,
confesamos también que la escuchamos en la vigente predicación de los Apóstoles
que siguen dando testimonio de lo recibido del Señor a través de sus
ininterrumpidos sucesores.
Pero
quise abordar este tema a veces difícil para algunos, pues la Sagrada Escritura
se les aparece como más concreta y la Sagrada Tradición como más intangible,
porque hay un ambiente polémico hoy sobre el “tradicionalismo” en la Iglesia.
¿De qué se trata? Como diría un profesor habría que distinguir “Tradición” con mayúscula
de “tradiciones” con minúscula. ¿Qué se debe conservar en la Iglesia y transmitir
fielmente? ¿Todo entonces ya está fijo y nada se puede cambiar o hay aspectos
adaptables en el correr de los tiempos? Una rápida mirada a la historia de la
Iglesia nos dice que hay continuidad en la identidad pero también adaptación en
las formas.
Catecismo
Nº 83 La Tradición de que hablamos aquí
es la que viene de los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las
enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo.
En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento
escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es
preciso distinguir de ella las "tradiciones" teológicas,
disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en
las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran
Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas
épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas,
modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.
Es
decir, el gran error suele ser concebir a la Tradición como un artefacto arqueológico
que pasa de mano en mano inalterado, no solo en su contenido sino también en su
expresión o forma cultural. Si fuese así, la multiplicidad de ritos litúrgicos
o las sucesivas codificaciones disciplinares, deberían interpretarse como una
grave infidelidad. La historia de la Iglesia sería entonces una historia de
traición constante. Pues por ejemplo más
discutido y manifiesto tenemos la Santa Misa. No celebramos ni en el siglo VI
ni en el XVII ni en el XXI exactamente igual que en el siglo I; incluso ni
siquiera podríamos reproducir rigurosamente en todos sus detalles aquellas primeras
Eucaristías apostólicas salvo por algunos elementos que se nos han atestiguado.
¿Por ello diremos que la Eucaristía ha cambiado y ya no es la misma? Es la
misma Eucaristía que el Señor nos ha mandado perpetuar en memoria suya en la Última
Cena y no por ello debemos celebrarla solo en Jerusalén y hacerlo en el mismo
domicilio con los mismos almohadones e idéntica cantidad de concurrentes,
usando exclusivamente aquella copa. La Tradición es una corriente viva animada
y sostenida por el Espíritu Santo, en la cual se recibe y se transmite fielmente lo que Cristo nos ha comunicado. La
Tradición se expresa en tradiciones y esas tradiciones que la expresan son
discernidas y adaptadas bajo el cuidado solícito del Magisterio.
¿Es
importante la Tradición? Claro, es constitutiva de nuestra identidad. Pero
ciertamente hay que comprenderla rectamente.
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El Pbro. Silvio Dante Pereira Carro nació el 26 de Mayo de 1969 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se graduó como Profesor en Filosof...





