Estamos como invadidos todo el
tiempo por multiplicidad de estímulos. Los medios de comunicación globalizada,
sobre todo por vía digital o por instrumentos anteriores y aún vigentes como la radio o la televisión, las películas o la publicidad, en fin nos hacen vivir
como bombardeados de estímulos.
Estímulos que provocar
reacciones distintas. ¿Y si uno no introduce una pausa para discernirlos?¿De
dónde vienen y adónde me llevan?
Tal vez se trata de aquellos
vecinos que son chismosos, que se pasan todo el tiempo hablando de otros. Y uno
les presta atención y se engancha. Uno se queda en esos comentarios y termina
desconfiando y juzgando a medio mundo. De arranque se consiente un pecado pues
se está escuchando lo que no tiene buena procedencia ni recta intención. ¿Y si
uno no pone un corte? ¿Y si uno no se dice: “estos vecinos son chismosos, no
debo involucrarme y si es posible debo corregirlos”?
O las publicidades que todo el
tiempo te insisten que necesitas esto o aquello o lo otro.
Si quieren podemos hilar más
fino, advirtiendo los estímulos que proceden de nosotros mismos, de mi
naturaleza, de mi propia psicología, historia, forma de ser.
O si es de carácter sobrenatural:
proviene del mal espíritu, del Adversario, o por lo contrario del Espíritu
Santo, el Espíritu de Dios.
Si no discernimos, si frente a
los estímulos automáticamente reaccionamos: ¿somos esclavos no? Nos parecemos a
esos ratoncitos de laboratorio que encierran en un laberinto y que con choques
eléctricos los van dirigiendo de un lugar a otro.
Discernir es importante para tener
libertad, para no ser llevados de las narices. ¿Estímulos?, ¡un bombardeo
constante! Hay que hacer la pausa y discernirlos para no ser esclavizados.


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