Se
obedece a Dios sin dilaciones. Y a quienes ha constituido como mediaciones: con
gusto en su Santa Voluntad, con humildad en lo opinable y nunca en el pecado.
Claro que es muy importante la
obediencia en la vida cristiana, por eso afirmamos que se obedece a Dios sin
dilaciones, con prontitud. Voy a introducir un término técnico que se utiliza
en el Magisterio: ofrecerle religioso obsequio de inteligencia y voluntad. Es
decir, ponernos en las manos de Dios que manda, sabiendo que obedecer es lo
mejor para nosotros pues lo que Él manda es santo. Su mandato es camino de
salvación y plenitud.
Pero obviamente esta
experiencia del Dios que habla -por medio de una moción interior, una
experiencia profundamente espiritual, mística, una revelación privada-, igualmente
necesita ser sometida al discernimiento eclesial. Sin embargo hay en ella una presunta
certeza de una escucha directa del Señor.
Mas otras veces la obediencia
se reviste de un carácter indirecto. En el camino de la Iglesia Dios nos habla
a través de mediaciones: los superiores. Son mediaciones que Dios mismo ha
querido y dependen de nuestro estado de vida y servicio eclesial: el Papa, el
Obispo, el Párroco, quizás el encargado de una pastoral específica, capellanes,
responsables o coordinadores de un servicio, el fundador de un carisma, quien
preside una institución y otros. Mediaciones que se ejercen por el Ministerio
del Orden Sagrado y otras delegadas o por dinámica carismática. Personas que
Dios ha dispuesto en la Iglesia o que la Iglesia ha propuesto para animar,
conducir, enseñar, gobernar, pastorear, santificar. Aquí debemos reconocer que
usualmente la obediencia suele tornarse más difícil.
¿Cómo se obedece a estas
mediaciones de la voz de Dios? Se las obedece con gusto en su Santa Voluntad.
Cuando vibramos al descubrir que en ellas resuena con claridad para nosotros la
voz del Señor, obedecemos con alegría.
Pero también nos puede suceder
que en las mediaciones eclesiales y en lo que nos expresan no percibamos con
certeza la Voluntad de Dios. Podemos tener diferencias con lo que expresa
nuestro superior eclesial legítimo. Podemos incluso concluir tras un
aconsejable tiempo de oración y discernimiento que la materia que se nos presenta
es opinable y de carácter práctico o prudencial. Si tengo la posibilidad es muy
prudente dialogar con esta mediación y exponer con serena madurez y fraterna
franqueza el propio discernimiento. Pero como es opinable y es la mediación que
la Iglesia ha colocado para acompañarme en mi vida cristiana, la mediación que
Dios ha querido en su Providencia, lo más virtuoso cuando no haya consenso es
obedecer con humildad. Podemos declinar nuestro parecer e inclinarnos al
parecer de nuestro superior, con intención de obedecer a Dios en esta mediación
que ha constituido. Ya habrá tiempo de evaluarla por sus frutos. Lo mejor es no
exponernos al pecado de la desobediencia pues estaríamos quizás desobedeciendo
al mismo Señor.
Lamentablemente puede suceder -como
ya ha ocurrido no pocas veces en la historia de la Iglesia peregrina-, que el
superior nos proponga realizar un pecado. Si pues tenemos claridad de que su
mandato se trata de un pecado -sin duda alguna en evidente contradicción con la
Revelación divina y el sagrado Magisterio, opuesto al constante sentido moral
testimoniado y enseñado por la Iglesia-, simplemente no hay que obedecer.
Porque obedecemos a Dios y solo a Dios. Si el mandato nos llega por una
experiencia personal más directa o de modo indirecto a través de mediaciones legítimas,
es a Él a quien obedecemos y solo debemos seguir la voz del Señor.


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