Reconoce
tus necesidades, abandónate en Dios y procura necesitar cada vez menos hasta
que sólo en Él te sacies.
¡Las necesidades… el amplio
mundo de nuestras necesidades… aunque no siempre necesitamos tanto lo que tanto
creemos necesitar! Probablemente podríamos vivir con tantísimas menos
necesidades. Podríamos llevar una vida serena, austera, sobria, sustentable
como pobres de espíritu.
Pero el mundo en el que transitamos
nos vive implantando necesidades, nos invita a acumular necesidades.
Necesidades para el consumo material y para un estilo económico de vida. Y
también necesidades de reconocimiento social y de visibilidad pública, de
afecto en términos de popularidad y de dependencia de diversas mediaciones de
mercado. Siempre de alguna forma parece que terminamos esclavos de una red de
múltiples y crecientes necesidades.
Un biógrafo de San Francisco de
Asís afirmaba: “lo poco que necesitaba, lo necesitaba poco”. Y ojalá descubriéramos
que al final el único verdaderamente necesario para nuestra vida es Dios. Lo
que debemos es necesitar del Señor. Necesitamos estar en sus manos y
abandonarnos a Él. Entonces Dios con su Providencia y con su cuidado, educará
nuestras necesidades, las purificará, las sanará, las pondrá a tono con su
proyecto según el orden de la creación y redención.
Nuestras necesidades, -ya sean las
que son inherentes a nuestra condición humana o las que nos publicita la
cultura mundana en la que vivimos inmersos-, deben ser discernidas. ¿Cómo serían
las necesidades humanas según Dios? ¿Qué necesitamos en nuestro proceso de
humanización según el dinamismo de su plan de Salvación? Probablemente muy
diferentes a las pretendidas “necesidades humanas” que el mundo nos presenta
sin Dios, apartados de su Gracia.
A veces rezamos aquella
oración: “Quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. ¿Pero realmente
vivimos lo que rezamos? Pues bien, creo que también tenemos que evangelizar
nuestras necesidades. Tomarnos en serio un tiempo para trabajar en la
conversión de nuestras necesidades. Necesitar a Dios y todo aquello que Dios
nos invita a necesitar para tener Vida. Necesitar en definitiva y por sobre
todo, el Evangelio de su Gracia y no mucho más.
¡Reconoce tus necesidades, llámalas
por su nombre, comprende de dónde vienen y a dónde te llevan! Respóndete:
¿quién las sembró?, ¿son sanas o son enfermizas?. Tus necesidades: ¿saciadas te
hacen libre y te dan plenitud como persona, entrando en una fructífera y
luminosa comunicación con toda la creación? ¿O por lo contrario son necesidades
desordenadas, que llevan al pecado y rompen la comunión?
¡Reconoce tus necesidades,
abandónate en Dios! Porque solo Él conoce tus necesidades reales y es
Providente. Y procura necesitar cada vez menos. Desarrolla un estilo de vida
centrado en Dios, fundado en su Palabra. “No solo de pan vive el hombre sino de
toda Palabra que sale de la boca de Dios.” Procura necesitar cada vez menos
hasta que solo en Él, tu Señor, te sacies. Porque al fin en la Gloria, no habrá ya
necesidades sino Comunión con Dios; un eterno saciarnos de Él, de su Vida
Divina!


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