¡La mediocridad es una tremenda
tentación! No despuntar por encima, no despuntar por debajo, ser del montón. Es
la tentación hacia un promedio, hacia un estándar, hacia una masificación
impersonal. La mediocridad no tiene por antípoda la excelencia, sino que en
términos espirituales, la antípoda de la mediocridad es la santidad.
Ojala fueses frío o fueses
caliente, pudieras ser alguien definido, porque a los tibios que en el fondo
son insulsos, a esos los vomitaré de mi boca. La mediocridad es esa tentación que
nos dice: “¡No es para tanto! No te fanatices, no te radicalices.” Como toda
hábil tentación tiene apariencia de bien, de razonabilidad. Pero el peligro es
que en verdad nos está diciendo: “¡No seas santo! ¡No te entregues a Dios sin
reserva!” Nos susurra: “Ándala llevando”, en términos coloquiales. “Intenta ir
aprobando con el mínimo necesario, no te esfuerces, no aspires a más.” Y aquí
en éste estándar, éste promedio, éste montón, iremos sobreviviendo.
La mediocridad es una tremenda
tentación porque nos detiene, nos estanca y nos paraliza. Nos dice: “Bien, en
pecado no estás del todo, porque los pecados que tú tienes, los tiene la gran mayoría;
¿cuál es el problema? No son en el fondo tan pecados, mientras no caigas en los
grandes son normales.” Al mismo tiempo no nos ayuda –obviamente- a salir del
pecado pero tampoco necesita meternos más en él, solo busca dejarnos en una
vida a medias: una vida que no es del todo de Dios, ni es del todo del Demonio
y es a la vez tan nuestra. Una vida a medias que no parece dirigirse al
Infierno pero tampoco parece dirigirse al Cielo. ¿A dónde se dirige? ¡A ningún
lado! Está detenida en esa mediocridad, en esa indefinición y en esa
sobrevivencia que a Salvación no alcanza, que no aspira a la Gloria. Una vida
empantanada en el cumplimiento de los mínimos.
El mal espíritu de la
mediocridad con astucia nos obtura el camino hacia la Gloria y la Salvación.
Nos desalienta de aspirar a Dios con todo nuestro ser, alegría y deseo. Nos
convence de quedarnos satisfechos con poco, a medias. “¡No es para tanto,
mientras vayas cumpliendo, mientras pertenezcas al montón del estándar mínimo!”
Un mal espíritu de la
mediocridad que en la Iglesia actualmente es abonado por el populismo. ¡Y no es
que yo crea que tenemos que ser aristócratas de la fe! Todo lo contrario, se
trata de reconocer que el verdaderamente simple y pobre de espíritu, el humilde
del Señor, es quien se entrega sin medida y sin reservas; quien quiere amar a
Dios con todas sus fuerzas. Sin embargo la “pastoral populista” afirma: ¡Ah son
pobres, son débiles, son frágiles, no les pidas más”. Y se disfraza de
paternalismo. No nos invita a conversión y menos a creer que con la Gracia del
Señor podremos aspirar a más. Se trata de una pastoral infestada por el mal
espíritu de la mediocridad que no propone madurar en Gracia y según la Gracia
hacia la santidad. Más bien el populismo pastoralista tiene lástima y no confía
en las capacidades de las personas y del Pueblo de Dios. Y menos cree en la
fuerza transformadora, sanante y elevante de la Gracia de Dios.
“Quédate acá en el montón, en
el estándar mínimo.” Mal espíritu de la mediocridad, el Demonio más peligroso
que en estos tiempos de la Iglesia peregrina suele ser la tentación más
cotidiana y habitual. Incluso bajo esta
tentación se realizan nombramientos y se eligen personas para la tarea pastoral
y las diversas responsabilidades eclesiásticas. Caminamos imbuidos, sin darnos
demasiada cuenta, de ese insano y peligroso espíritu de la mediocridad que
parece no nos llevará al Infierno pero tampoco al Cielo. Nos deja estancados y
aquí la trampa: en verdad a medias, todo imperceptiblemente se va degradando y
retrocedemos como quien derrapa y se desmorona en cámara lenta. A medias no
crecemos y al fin nos hundimos cada vez más hondo hacia el abismo.
El Demonio de la mediocridad es
terrible porque no parece tan demoníaco, sin embargo es artero, traicionero y
mortal. ¡Dios nos preserve a cada uno y a la Iglesia de este mal espíritu de
la mediocridad, este Demonio que camina tan suelto y libre por la vida
eclesiástica de hoy!


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