La Cruz, -la locura y la
ciencia de la Cruz-, está en el centro y es medular al camino del discipulado.
La Cruz es el único eje para una auténtica educación en la fe y en el
seguimiento del Señor Jesús. “Quien quiera venir detrás de mí, que renuncie a
sí mismo, que cargue su cruz y me siga.”
Sin duda es la dinámica de la
Pascua el núcleo de toda la formación cristiana. Aprender a realizar la ofrenda
de la propia vida por amor; habituarnos a sumergirnos en la muerte de Cristo
para resurgir victoriosos con Él. Y así pasar de la esclavitud a la Libertad,
de la muerte a la Vida, de la oscuridad a la Luz y del pecado a la Gracia.
Evidentemente, en el comienzo
de la vida del discípulo, la Cruz ocasiona resistencias, rechazos y huidas.
¡Uno se esconde de la Cruz! Y también es posible -como veo que pasa a menudo,
lamentablemente-, que quienes ejercen el servicio de educar en la fe, no
presenten el camino de la Cruz. ¡Se suele caer en una fácil demagogia, en un
irresponsable “buenismo” pastoral o en un debilitante paternalismo! Pero todo
ese estilo de falso amor y naturalizada misericordia al final nos hará un gran
daño: nos sobreprotegerá, sí, pero también nos impedirá madurar. Sin Cruz no
podemos ser forjados fuertes y sólidos en el verdadero Amor y Misericordia de
Dios, quien sana purificando y rescata santificando. Una formación cristiana
sin Cruz nos obstaculizará pararnos con fidelidad creciente y bien fundada para
el seguimiento del Evangelio.
No presentaremos sin embargo la
Cruz de manera enfermiza, sino reconociendo que la vida del hombre encuentra su
sentido por hallarse ineludiblemente atravesada por el misterio de la Cruz.
¡Por la Gloria, la Luz y la Belleza de la Cruz! Por la experiencia del Amor,
que aquí en la historia para alcanzar la eternidad, toma forma de Cruz.
¡Insisto, sin presencia de la Cruz la educación en la fe no es seria ni
honesta! Una educación cristiana que prescindiera de la Cruz no podría jamás
ser prístina, transparente. Sin Cruz la educación en la fe se vuelve una
trampa, un disfraz, una postergación, un placebo. ¡Pero cuando en el centro de
la educación de la fe se planta el Árbol Salvífico de la Cruz, entonces y solo
entonces brotará un discipulado verdadero!


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