Porque quien es verdaderamente pobre, quien no considera
nada como propio, está y permanece desasido. Practica constantemente el
desapego. Ama y se entrega pero no se queda pegoteado. No ata ni se deja atar
posesivamente. Vive en la gratuidad.
Esto supone una gran capacidad de desinstalación. Es la
pobreza que da libertad. Libertad para que sople el Espíritu. Libertad para que
cuando sople el Espíritu con su viento sorpresivo, no nos encuentre retenidos,
pegoteados y atados. Que no nos halle aferrados de algún modo a cualquier cosa
o circunstancia que nos impida o retrase seguir a Dios en el Espíritu.
Insisto, no se trata de un desamor, sino de vivirlo todo
en gratuidad; no apropiándose ni poseyendo, recibiendo y devolviendo, dejando
que circule lo que Dios da.
Gran doctrina espiritual es el desasimiento; clave en
toda la sabiduría cristiana y siempre presente con sus matices en toda la
teología de los místicos y contemplativos. La purificación interior es
simplemente desasimiento, desapego y aquella renuncia a sí mismo que solicitaba
el Señor Jesús como condición del seguimiento. Lenguaje de la entrega y de la
ofrenda como también de la acción de gracias. Lenguaje de la Pascua. En
definitiva, lenguaje de la Cruz.
Quien permanece desasido es pobre y por tanto es libre
para que sople el Espíritu.


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