Lo que está oculto, lo puede
estar por diversos motivos.
A veces, intencionalmente
oculto por nosotros. Porque nos avergonzamos, tenemos mala conciencia, sabemos que
no es de Dios ni bueno para los demás o quizás tememos quede expuesta nuestra
fragilidad. En fin, hay mucho oculto en nosotros, en nuestro corazón. Ojalá no
lo hubiere y fuésemos transparentes. Sin embargo, hay cosas ocultas intencionalmente
porque las negamos, escondemos y no aceptamos. Nos dicen incluso que pueden
existir mecanismos inconscientes de negación y ocultamiento que operan en
nosotros producto de cierta defensa que hace nuestra propia psique, ya que no
podríamos admitir nuestra realidad personal sin angustia. Lo oculto no deja empero
de ser parte de nuestra identidad, dinamismo e historia. Hay cosas ocultas pues
que son oscuras y que hay que sacar a la luz para que sanen, sean liberadas y lleguemos
a ser serenamente translúcidos.
Pero hay otro tipo de
ocultamiento, el de la vida escondida en la fe humilde. Yo suelo decir que las
cosas de la alcoba matrimonial deben quedar en la alcoba matrimonial. Y no
estoy hablando de la relación íntima entre un varón y una mujer. Partiendo de
esa analogía me refiero a esa relación profunda, secreta y amorosa entre Dios y
el alma, el Señor y nosotros. Ese lenguaje único y personal del amor queda
allí, en lo interior. Y desde allí oculto en fe humilde, irradia. Suele ser
luminoso, trasciende sin necesidad de explicitarlo o publicitarlo. Sin dar explicaciones,
ese vínculo de amor con Dios se trasunta. Lo hace en nuestras obras,
decisiones, temperamento, forma de vivir y de ser. Allí en ese fondo escondido
donde vivimos el amor con Dios, allí se produce una luz potente que irradia y
transforma.


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