Lamentablemente, y es un gran desacierto, en la Iglesia
de nuestro tiempo se ha abandonado en ostensible medida la práctica ascética.
Ese entrenamiento o adiestramiento para la fidelidad y así poder perseverar en
el camino del Evangelio. Allí, en la dimensión ascética, se encuentra toda la
amplia tradición penitencial y un rico tesoro de vida eclesial en el testimonio
de los santos.
La tradición acerca del combate espiritual ha quedado
relegada a un tema que parece adjudicado a ciertos sectores conservadores o
ultra-conservadores caracterizados como cerrados, rígidos, incapaces de
dialogar, fundamentalistas que huelen a cosas del pasado, anticuados, no
adaptados a la actualidad. ¡Qué tremendo desacierto esta falsa e ideológica identificación
restrictiva!
No solo es necesario para todos los bautizados el combate
espiritual ad extra -hacia el afuera-, dándose cuenta que inmersos en el mundo
y en una cantidad de impulsos que ingresan por nuestros sentidos, sedimentando en nuestro interior, somos pasibles de tentaciones perjudiciales, daños,
peligros y amenazas; en definitiva de la propuesta del mal y del pecado que hay
que rechazar y desechar. Sino que es un gran desacierto no asumir que ese
combate para todos también es ad intra -hacia adentro-, porque enseñaba el
Señor Jesús que no es del exterior sino del corazón de los hombres desde donde
surgen todos los males. ¿Quién con un mínimo de sentido común no puede
reconocer que en su interior crece también la hierba mala, la cizaña? Será otra
tarea después descubrir cómo llego allí, cómo se sembró y cómo creció. Pero
estamos todo el tiempo necesitando reconocer que hay que remover de nosotros
mismos sentimientos, emociones, tendencias, pensamientos, fantasías, actitudes…
Un formador mío de los comienzos, solía decir que, para
vivir el Evangelio, hace falta hacer mucha violencia contra sí mismo. Utilizaba
la imagen no de un modo insano o enfermizo sino realista y didáctico. Hacer violencia
contra uno mismo quería expresar que tantas veces tenemos que remar contra
nuestros impulsos, contra nuestras pasiones, contra nuestros desórdenes, contra
nuestros apetitos y contra nuestros deseos. He buscado enfatizar este “contra”
porque: ¡La batalla está adentro y la batalla es permanente! Toda la vida
necesitamos vigilar, purificar y convertirnos. ¡Ardua tarea la de cuidar y
guardar el propio corazón!
Si no podemos reconocer esta verdad fundamental acerca de
los primeros rudimentos de la vida en el Espíritu, mal podremos intentar algo,
no lograremos nada. Debemos partir seguramente del amor y de la elección que
Dios ha hecho por nosotros y de la confianza en su Gracia victoriosa. Como
también debemos partir de la necesidad de combatir mucho dentro de nosotros
mismos. ¡Allí está la pelea, adentro, en el propio corazón hasta que con la
ayuda de la Gracia podamos pacificarnos, reconciliarnos y ser purificados para
perseverar en Dios, para tener unidad de vida y unidad interior! Bajo la acción
del Espíritu rechazar el pecado y estabilizar un programa sustentable de santidad.
¡Hay que combatir mucho dentro de uno mismo!





